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Oliver Sacks. Un científico con muchas aficiones

“La vida hay que vivirla hacia delante, pero sólo se puede comprender hacia atrás”. Esta frase de Kierkegaard inicia la autobiografía de Oliver Sacks (1933- 2015). Obra que es un cuidadoso ejercicio para que comprendamos la vida de una persona, si no excepcional, al menos poco común.

  • Francisco J. Morales-Olivas

  • Instituto Médico Valenciano

“La vida hay que vivirla hacia delante, pero sólo se puede comprender hacia atrás”. Esta frase de Kierkegaard inicia la autobiografía de Oliver Sacks (1933- 2015). Obra que es un cuidadoso ejercicio para que comprendamos la vida de una persona, si no excepcional, al menos poco común. Inclasificable. Lo habitual era etiquetarlo de neurólogo y/o escritor, pero Sacks era muchas más cosas y, por encima de todo, un ser con una curiosidad extraordinaria: sólo la curiosidad puede justificar como se implicó en todo lo que hizo, desde luego la neurología, pero también la botánica, la fotografía, la música, las motos, la natación y sorprendentemente la halterofilia.

 

Sacks recorre su vida desde que siendo niño va a un internado durante la segunda guerra mundial, hasta que cumple 75 años, y aunque el libro es en cierto modo un ejercicio de introspección, parece escrito para compartir todo lo que disfrutó de la vida. El relato, incluso los capítulos en que describe sus vivencias como afectado por el melanoma ocular que acabaría con su vida, es un permanente canto a la libertad y destila la vitalidad que debió caracterizarlo siempre. Cuando tenía 12 años su maestro escribió en un informe: “Sacks llegará lejos, si no va demasiado lejos” (p. 16). Debió vivir muy deprisa para tener tiempo de hacer todo lo que hizo, otra persona hubiera necesitado varias vidas. 

 

A lo largo de 12 capítulos son constantes las referencias a la medicina, en especial a su personal concepción de la práctica clí- nica y a la familia, pero sobre todo Sacks se manifiesta como escritor y habla de su relación con la escritura y del placer que le produce escribir. En las páginas iniciales explica cómo a pesar de sus poco brillantes notas en anatomía consiguió ganar un importante premio anatómico porque “se me dan mal los exámenes de datos…pero a la hora de desarrollar un tema puedo desplegar mis alas” (p. 28).

 

Las primeras 150 páginas son una descripción apresurada de su infancia y juventud: el internado durante la guerra, sus dudas sobre estudiar medicina (era hijo y hermano de médicos) o química, su paso por Oxford, su pasión por las motos, su afición al deporte y su decisión de emigrar a Estados Unidos. Allí al final de la década de los 50 y principios de los 60 encuentra una sólida formación como médico en una sociedad tolerante que le permite “ser de día el simpático Dr. Sacks que por la noche cambia la bata blanca por un traje de cuero de motorista y anónimo, como un lobo, pisa el acelerador por la carretera iluminada por la luna…” (p. 91). 

 

Las motos fueron parte importante de su vida. Entre la 94 y la 109 está el relato “Travel Happy (1961)”, uno de los diarios que envió al poeta Tom Gunn durante un largo viaje en moto programado para recorrer 12.000 km una vez conseguido el permiso de trabajo y tomada la decisión de convertirse en ciudadano estadounidense. El detalle con que describe las motos, el paisaje, las personas y las circunstancias deja constancia de su habilidad para observar y contar lo observado. En esta época se aficionó a la halterofilia y llegó a ser recordman de California en la modalidad de sentadillas en 1961. También entonces inició el contacto con las drogas. Describe experiencias con LSD y anfetaminas, de las que llego a ser adicto. 

 

A lo largo de toda la obra describe pacientes, experimentos, reflexiones y habla de sus libros. Unos reflejan vivencias propias como “Tío Tungsteno”, “Alucinaciones”, “Migraña” o “Con una sola pierna”; otros, describen de forma minuciosa casos clínicos, en especial “Despertares” y “El Hombre que confundió a su mujer con un sombrero”. En todos hay historias clínicas que muestran su forma de entender la medicina que el propio Sacks explica en el prólogo de “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”: “Mi trabajo, mi vida, giran en torno a los enfermos…pero el enfermo y su enfermedad me hacen pensar cosas que de otro modo no pensaría….”. Hay una recurrencia a “Despertares” (al que dedica un capítulo) y sobre todo a los pacientes supervivientes de la epidemia de encefalitis letárgica que trató en el Hospital Beth Abraham y con los que estableció una relación especial. El tratamiento con L-dopa que Sacks inició en estos pacientes fue una novedad absoluta como evidencian sus publicaciones en The Lancet, British Medical Journal o JAMA a principios de los años 70.

 

Otra cuestión es la relación con su familia, con su madre, a la que admiraba; con su padre cuyo ejercicio como médico de familia alaba y con sus hermanos, en especial con Michael que padeció esquizofrenia y del que habla a veces como paciente. Aunque no practicante, el judaísmo y la influencia de la religión en su vida aparece muchas veces. En las primeras páginas cuenta cómo a los 18 años informó a sus padres de su homosexualidad y la brutal reacción inicial de su madre. No escatima detalles sobre sus relaciones amorosas y sobre su castidad voluntaria a lo largo de 35 años hasta que se enamoró del escritor Billy Hayes (p. 427) con el que compartió sus últimos años y al que dedica el libro.

 

El libro incluye 58 fotografías que ayudan a entender la vida de Sacks. Además aparecen su familia, sus pacientes y sus aficiones, en especial las motos (una de ellas ilustra la portada del libro) y el mar.

 

Al final (p. 432) dice: “Para bien o para mal, soy un narrador”. Además refleja los cambios de la sociedad a lo largo de la segunda mitad del siglo XX . Es un canto a la vida y a la libertad y su lectura hace, como le pasaba a Sacks con lo que decían sus pacientes, pensar en muchas cosas más que en la vida de un hombre inclasificable.

 

 


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