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Pensar los microbios

Philosophy of Microbiology

Maureen A. O’Malley

Cambridge University Press, Cambridge (2014), 269 p.

  • Juli Peretó

  • Instituto de Biología Integrativa de Sistemas (I2SysBio) Universitat de València-CSIC

La vida empezó en el planeta Tierra con algo parecido a las bacterias. Durante unos 3.000 millones de años no hubo más que evolución microscópica y quizá algún intento macroscópico submarino. Vivimos en un planeta infectado por microorganismos (se estima que la inmensa mayoría de las 1012 especies existentes son procarióticas) y los seres complejos han coevolucionado con ellos. Todo lo sucedido durante la historia de la vida terrestre ha tenido, pues, una causa directa o indirecta en los seres microscópicos. No parece descabellada entonces la tesis de Maureen O’Malley, actualmente en la Universidad de Burdeos, que reivindica una perspectiva microbiana para la filosofía de la biología. En esta disciplina, muchos temas de discusión, importantes y problemáticos, se han planteado desde una perspectiva zoocéntrica. O’Malley propone una reformulación desde la microbiología porque, como ella defiende, si no entendemos a los microbios (incluyendo los virus) solo podemos aspirar a alcanzar una comprensión limitada de la vida.

 

El libro se estructura en una introducción, seis capítulos y una conclusión. Tras argumentar la importancia de una indagación filosófica del y desde el mundo microbiano, la autora repasa algunos temas de ese programa: importancia de los microorganismos en el contexto de la historia de la vida, con un énfasis en las principales transiciones metabólicas (cap. 1), los debates sobre la clasificación biológica, el encaje de las bacterias y las arqueas y la noción de especie bacteriana (cap. 2 y 3), si la evolución microbiana y la de los organismos macroscópicos se articulan en una teoría evolutiva ampliada o si proceden con modos y tempos fundamentalmente diferentes (cap. 4), los problemas metodológicos de la ecología microbiana (cap. 5) y los microorganismos como sistemas modelo (cap. 6). En la conclusión, la autora confronta la perspectiva microbiana de la vida con el antropocentrismo.

 

Tomemos el caso de una teoría evolutiva completa, válida para todas las escalas de complejidad y organización. Los seres microscópicos llegaron tarde a una teoría pensada para los animales y las plantas. Existe el mito de que los microbios ocuparon un lugar marginal en la obra de Darwin, aunque lo que sucedió es que muy pocos microbiólogos de la segunda mitad del diecinueve vieron alguna implicación de la teoría de la selección natural en su disciplina. Lo cierto es que el reconocimiento de las bacterias como agentes en evolución se demoró: en 1942 Julian Huxley sostenía que los microorganimos podían ser ignorados por la teoría evolutiva sintética ya que “carecen de genes en el sentido de porciones cuánticas precisas de sustancia hereditaria”. Una afirmación chocante vista la historia de la biología molecular. O’Malley, que ha rescatado del olvido el verdadero interés de Darwin por los microorganismos, argumenta muy bien que cualquier teoría general de la evolución no solo puede sino que debe acomodar a los microorganismos.

 

El capítulo con más aroma bioquímico es el quinto, en el que se repasa la evolución de las ideas en ecología microbiana y los principales debates relacionados con la extraordinaria capacidad de adaptación bacteriana. Las técnicas que permiten conocer la diversidad taxonómica y metabólica de comunidades naturales sin depender del cultivo de aislados (los metagenomas de muestras ambientales y la genómica de una célula) han alimentado más la idea de que solo una pequeña fracción de microorganismos son cultivables en el laboratorio. La discordancia entre microorganismos visibles al microscopio (o detectables con técnicas ómicas) y células viables en cultivo se asocia a la creencia generalizada de que, en la mayoría de los ambientes, apenas un 1% de los microorganimos son cultivables. Sin embargo, técnicas novedosas de cultivo indican que quizá esa fracción podría ser mayor.

 

Hoy la tendencia va de la pura descripción de la diversidad a perspectivas más ecológicas y evolutivas con el foco en las interacciones metabólicas en comunidades. Y aún si se supera esa discrepancia entre la diversidad detectada por metagenómica y el cultivo, para O’Malley hay un problema pendiente aún mayor: el desarrollo de modelos que capturen la dinámica metabólica en esas comunidades. El árbol de la vida más reciente (Hug et al., Nature Microbiology, 2016) incluye una porción significativa de diversidad bacteriana constituida por bacterias ultra-pequeñas con redes metabólicas manifiestamente incompletas, lo que sugiere que quizá viven agrupadas. Un reto para la ecología reversa es simular redes metabólicas, no ya de una especie sino de una maraña de especies para deducir el medio óptimo de cultivo.

 

Si para la autora la microbiología es un tesoro filosófico poco explorado, no está claro que sus colegas filósofos (y quizá, en menor medida aún, los mismos microbiólogos) opinen lo mismo. No obstante, la lectura de este libro es muy recomendable pues nos acerca a grandes debates biológicos con una perspectiva más general, menos provinciana, y plantea preguntas y discusiones con una raíz histórica profunda pero que siguen sin respuesta satisfactoria. 


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