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Pulseras magnéticas para curar el cáncer

El tema de esta Tribuna es el de los enfermos que voluntariamente renuncian al tratamiento racional de enfermedades orgánicas, bien definidas y graves, particularmente el cáncer, para ponerse en manos del primer charlatán o del primer iluminado que se presente.

  • Félix M. Goñi

  • Presidente de la SEBBM

Pulseras magnéticas, o perlas homeopáticas, o emplastos de hierbas “naturales”, ¿qué más da? Nuestra sociedad padece tal grado de ignorancia científica que acepta de buen grado supuestos tratamientos sin ninguna base racional para tratar las enfermedades más graves, incluso rehusando tratamientos científicos que la Seguridad Social ofrece sin gasto alguno. Todos conocemos el efecto placebo. Todos sabemos que los medicamentos caros, los médicos con bata impoluta, secretaria vistosa y consulta privada, los hospitales de fama, por supuesto también privados, lo mismo que algunos santos muy milagrosos, obran maravillas en la salud de cuantos los consumen, visitan y rezan. Pero sabemos también que una fracción importante de los pacientes, quizá hasta el 50%, que visitan una consulta de medicina interna, no tienen ninguna lesión orgánica demostrable; es decir, que su enfermedad es un producto de su mente y que, por lo tanto, su propia mente puede curar (más bien, que solo su propia mente puede curar). 

 

La enfermedad psicosomática y el efecto placebo son dos caras de la misma moneda; a saber, la maravillosa complejidad de la mente humana, que a veces nos juega muy malas pasadas. Pero el tema de esta Tribuna no es ese, sino el mucho más grave de los enfermos que voluntariamente renuncian al tratamiento racional de enfermedades orgánicas, bien definidas y graves, particularmente el cáncer, para ponerse en manos del primer charlatán, o del primer iluminado. El número de esta revista de junio de 2015 ya dedicó su dosier científico a este tema, pero no está de más mantener viva la denuncia y recordar a los socios de la SEBBM la obligación ética de debelar estas ideas inicialmente estrafalarias, pero que pronto se convierten en criminales. Nuestra Sociedad divulgó hace poco entre sus miembros una carta de la joven científica Elena Campos Sánchez, presidenta de la “Asociación para proteger al enfermo de terapias pseudocientíficas”, en la que denunciaba con energía y pasión estas tropelías. No es, por cierto, que la SEBBM coincida exactamente con todos los planteamientos de dicha asociación, ni que quiera convertirse en su altavoz, pero sí parece más que justo saludar con alegría movimientos que, en último término, intentan presentar a lo que se llama “medicina basada en pruebas” como el único sistema terapéutico digno de crédito. 

 

Nunca deja de sorprenderme que, en una sociedad dependiente al máximo de la tecnología (¿qué ocurrirá si el suministro eléctrico de nuestras ciudades se interrumpiera durante 48h? ¿qué ocurrió cuando en 2010 las cenizas del volcán Eyjafjallajökull interrumpieron durante unos pocos días los vuelos en el norte de Europa?), esta misma tecnología sea vista con sospecha creciente por una parte, y no siempre la menos educada, de la población. Las antenas de la telefonía móvil, las vacunas, los organismos genéticamente modificados, toda una serie de objetos inocuos, cuando no utilísimos, se ponen en cuarentena. Y a cambio se propagan ideas absurdas sobre los beneficios de la homeopatía o de las dietas milagro. Los profesionales de la ciencia no podemos permanecer impasibles y debemos llamar ignorantes a los ignorantes, y criminales a los criminales. Está al alcance de muy pocos de entre nosotros hacer un descubrimiento importante, pero todos podemos y debemos poner en su lugar a nuestros conciudadanos mal informados o malintencionados.


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