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La utilidad del conocimiento inútil

La estrategia de la política científica actual de ignorar la incertidumbre se traduce, en esencia, en renunciar al gran descubrimiento, revolucionario y único.

  • Miguel Ángel de la Rosa

  • Editor de SEBBM

A finales de junio coincidí con Helga Nowotny, miembro fundador y expresidenta del ERC (European Research Council), en un acto celebrado en Rehovot en homenaje a Israel Pecht, anterior secretario general de FEBS, con motivo de su ochenta cumpleaños (pág. 48). La conferencia de Helga se titulaba Navigating uncertainty: the usefulness of the useless knowledge. Fue todo un alegato a la incertidumbre como incentivo esencial en el camino de búsqueda del conocimiento y, por ende, como componente inherente a la investigación científica. Toda una apuesta por la incertidumbre propia de cualquier evento futuro, a la incertidumbre inevitablemente entrelazada con el regular devenir de la existencia de la humanidad.

 

Según la expresidenta del ERC, «la investigación científica puede hacernos deambular en la cima de la incertidumbre y, en ocasiones, transformar en certeza la incertidumbre, pero en una certeza siempre provisional». La incertidumbre nunca es estática, está siempre en evolución, ya sea al compás de los cambios geológicos, ya sea al nivel de nuestra experiencia diaria. Las células toman decisiones entre vivir o morir en apenas un guiñar de ojos, en tanto las interacciones del hombre con el medio ambiente pueden dejar su huella durante miles de años. La incertidumbre es maliciosa. Aparece en el momento inesperado, evita la línea recta, sigue rutas curvadas y a veces toma el atajo. Aceptamos, por tanto, que las preguntas científicas que nos hacemos pueden producir resultados provisionales e inciertos.

 

La política científica, en cambio, se suele regir hoy por criterios prácticos y funcionales, viéndose el científico equiparado al ingeniero y apremiado a predecir resultados con años de antelación, a renunciar al cambio de dirección en marcha si la observación de hechos inesperados lo hiciera sugerente. Al igual que el ingeniero diseña el proyecto de construcción de un puente en base a la necesidad social de unir las dos orillas de un río, con objetivos concretos en un plazo preciso de tiempo para la ejecución de la obra, así el científico se ve obligado a diseñar su proyecto con el fin de afrontar un reto social determinado, al que tiene que dar solución con objetivos asimismo concretos y escalonados. De este modo se impide la serendipia, la profundización en el hallazgo casual e inesperado, base de infinidad de descubrimientos cruciales en la historia de la ciencia, como son la penicilina, el viagra, los rayos X y tantos otros. 

 

Helga también nos recordaba en Rehovot que «la ciencia de hoy se ve condicionada por un sistema de evaluación dominado por los índices bibliométricos». En efecto, los evaluadores, seleccionados como especialistas expertos, caen con frecuencia en la cómoda tentación de actuar como administrativos “pesadores” más que como científicos “pensadores” de las publicaciones y logros de los investigadores. Y de manera involuntaria contribuyen al lucrativo negocio impuesto por las casas editoriales y sus revistas indexadas, un negocio privado, ideado por Robert Maxwell en la pasada década de los años cincuenta, a cuyo florecimiento asimismo contribuyen los responsables políticos con los fondos públicos que gestionan y del que se encuentran excluidos los actores principales, cuales son los científicos y sus conciudadanos (véase The Guardian, 27 de junio de 2017). Pero esto sería objeto de otro debate.

 

La estrategia de la política científica actual de ignorar la incertidumbre se traduce, en esencia, en renunciar al gran descubrimiento, revolucionario y único. El mensaje final de Helga Nowotny a los gobernantes fue claro: «No se dejen tentar por ganancias pequeñas, controlables a corto plazo, a cambio de renunciar a oportunidades grandes e inciertas. Antes al contrario, apuesten por la utilidad del conocimiento inútil». 


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