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Mulet ma non troppo

Transgénicos sin miedo. Todo lo que necesitas saber sobre ellos de la mano de la ciencia

  • Juli Peretó

  • Departamento de Bioquímica y Biología Molecular (Universitat de València) Instituto de Biología Integrativa de Sistemas I2 SysBio (Universitat de València-CSIC)

José Miguel Mulet ha publicado su sexto libro (el primero “Los productos naturales, ¡vaya timo!” es de 2011) y en el momento de aparecer este comentario ya va por la segunda edición. Se trata de un alegato a favor de la biotecnología basada en las técnicas de DNA recombinante. Iba a escribir “un alegato más” pero en realidad el texto lleva el sello inconfundible de este profesor de la Universidad Politécnica de València e investigador del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas (CSIC-UPV) –Mulet, JM para los amigos. Ese toque sarcástico tan característico de JM, sazona todo el libro. Confieso que soy poco entusiasta de la moda de explicar la ciencia con humor, pero reconozco que, superado este escollo, el texto se lee bien.

 

El libro, cuya lectura recomiendo, tiene dos partes. En la primera, tras un breve recorrido por la historia de la domesticación de plantas y animales para su uso como alimentos, el autor explica qué son y para qué sirven los transgénicos. La segunda parte se centra en los aspectos sociológicos, económicos y (geo)políticos de la biotecnología con transgénicos. JM se recrea en la paradoja de que Europa fue la cuna de la tecnología del DNA recombinante aplicada a las plantas y, sin embargo, no ha sido posible disfrutar plenamente de sus aplicaciones agrícolas debido al éxito de la presión ecologista sobre los políticos europeos –esos “pigmeos” de los que hablaba Tony Judt. El último capítulo está dedicado a las tecnologías de edición de genomas basadas en el sistema CRISPR-Cas. Aquí hay una invitación a la reflexión –en especial, los que tenemos responsabilidades docentes en biotecnología o biomedicina– acerca de cómo la tecnología desborda los marcos mentales y legales hasta el punto de hacer obsoletos e inservibles los argumentos que se usaron hace muy pocos años en contra de los transgénicos. Pero no nos engañemos, las ideologías que sacralizan lo vivo (las de izquierdas y las de derechas) no se van a agotar con esto, ni renunciarán a su batalla basada en ignorar los datos científicos. Sería deseable que otras tecnologías emergentes, como las prometidas por la biología sintética, aprendieran de los errores –por acción u omisión– cometidos por la comunidad científica desde Asilomar que, al menos en el ámbito de la comunicación y divulgación, han sido muchos.

 

¿He dicho errores de omisión? Esto me lleva a una opinión personal suscitada por la lectura de Mulet al tiempo que se celebraba en la UIMP de Santander un interesante seminario sobre el papel de las Universidades y sus Unidades de Cultura Científica en la divulgación del conocimiento (“Divulgación y Cultura Científica: Diálogo UniversidadSociedad” dirigido por Ignacio López-Goñi y Juan Ignacio Pérez Iglesias) y que seguí por Twitter. Mulet es profesor de universidad y, además de las obligaciones del cargo, lleva una actividad frenética de divulgación que no es “solo” publicar un libro al año. Su presencia mediática es muy notable, mantiene un blog y es un tuitero empedernido –algunos de sus hilos no son aptos para pusilánimes. Tengo muy claro que no todo el mundo puede (ni debe) ser un JM –y soy consciente de que sus atrevimientos y provocaciones pueden generar anticuerpos–, pero no puedo dejar de preguntarme cuál ha de ser el papel de los científicos y los profesores universitarios en la difusión social de la ciencia. En el seminario de la UIMP se destacó que tanto la ley de universidades como la de la ciencia establecen que tenemos una misión en esa difusión. Docencia, investigación, gestión, divulgación... me imagino las caras de mis colegas de departamento, pero creo que el compromiso, personal e institucional, ha de ser creciente. No todos tenemos la vocación, ni la preparación, para salir a la palestra. Sin embargo, de un modo u otro, hemos de tratar de aportar nuestro granito de arena. Es cierto que ayudaría que las instituciones lo fomentaran y valoraran. Pero la urgencia de algunos retos a los que nos enfrentamos (¿qué planeta “sufrirán” nuestros nietos?) es un imperativo ético que no podemos soslayar. No me esperaré al cambio de actitud ajeno –ni a que mi universidad modifique sus infames baremos–, por eso me animo cada día a explicar lo que sabemos. Tenemos tantos frentes abiertos: creacionistas, negacionistas del cambio climático, antivacunas y propagadores de pseudoterapias, antitransgé- nicos, y, lo peor, la multitud de analfabetos científicos con responsabilidades políticas que ni saben ni se dejan asesorar –nada más llegar al cargo, Jean Claude Juncker destituyó fulminantemente a la consejera científica de la Comisión Europea Anne Glover; Donald Trump ha vaciado la Oficina de Ciencia de la Casa Blanca.

 

No tengo ninguna duda de que todavía falta mucho por saber del universo y de nosotros, que la ciencia no se apagará, pero negar o renunciar a lo que ya sabemos es una perversidad monstruosa e indigna. 


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