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La cienciometría, una calamidad histórica para la ciencia

En la actualidad ya no hacen falta científicos para evaluar a otros científicos: cualquier persona capaz de leer y de teclear puede hacerlo… y de hecho, con gran frecuencia, lo hace.

  • Félix M. Goñi

  • Presidente SEBBM

Aunque a muchos de mis lectores les sorprenda, hubo un tiempo no lejano en que, para evaluar la labor de un científico, solo se necesitaban dos cosas: su lista de publicaciones y… un experto para valorarla. Desde la perspectiva actual parece casi asombroso, pero en aquellos tiempos las publicaciones eran leídas por los evaluadores, pues estos no disponían de otro método para conocer el nivel profesional de los colegas a evaluar.

 

Mientras tanto, en Filadelfia, a partir de los años cincuenta, en el que se llamó Institute of Scientific Information, Eugene Garfield hacía uso de las bases de datos de las publicaciones científicas, que entonces acababan de hacerse disponibles, para desarrollar una serie de estudios estadísticos sobre la frecuencia con que los datos publicados eran citados en otras publicaciones. Pudo así asociar a cada revista un “factor de impacto”, que reflejaba la mayor o menor frecuencia con la que sus artículos eran citados. Garfield proponía que su “factor de impacto” podría servir para medir la influencia de una determinada revista científica en su campo. Estos estudios darían luego origen a lo que el propio Garfield consideró como una nueva ciencia, que denominó “cienciometría”. Poco podía suponer este investigador que su propuesta iba a pervertir el venerable sistema de evaluación científica por pares (“peer review”) para convertirlo en una numerología con la que cualquier analfabeto computerizado iba a atreverse a clasificar a científicos de cualquier especialidad. En vano el propio Garfield ha insistido hasta desgañitarse en que el factor de impacto podría, en todo caso, ser utilizado para evaluar revistas, pero nunca para evaluar personas. Es inútil. Como Pandora abrió su caja, y de allí salieron todos los males del mundo, así la “cienciometría” ha liberado un vendaval de sinsentidos que ha barrido todo el campo de la evaluación científica.

 

Nos hemos acostumbrado, y ya parece normal, a tomar decisiones que afectan al porvenir de otros colegas sobre la base de factores de impacto y sus derivados (cuartiles, deciles, etcétera). La perversión llega a aceptar que la calidad de las revistas la hace el factor de impacto, cuando es exactamente al revés. Las consecuencias son bien conocidas. Ya no hacen falta científicos para evaluar a otros científicos: cualquier persona capaz de leer y de teclear puede hacerlo… y de hecho, con gran frecuencia, lo hace. Se invocan a favor de estas prácticas las virtudes de la objetividad y la transparencia. La objetividad es una propiedad encomiable de cualquier evaluación, pero se hace irrelevante si lo que de hecho se evalúa (con objetividad) no mide un parámetro adecuado: podemos medir con gran objetividad la talla de los zapatos de las monjas de un convento sin que eso nos aporte gran idea de su nivel de devoción religiosa. En cuanto a la transparencia, hablamos aquí de una entidad metafísica que recuerda a las tan españolas pruebas de limpieza de sangre. La transparencia supone que las operaciones mentales de un juez deben ser visibles al observador, de manera que este pueda, a su vez, juzgar al juez, en una cadena en principio infinita de jueces-juzgados. Estamos tan ocupados por la transparencia que se nos ha olvidado que son dos, y solo dos, las virtudes del buen evaluador; a saber: el conocimiento del tema y la imparcialidad, y que de estas solo la primera es insustituible. El Dr. Johnson escribió, según es fama, que el patriotismo es el último refugio del bribón. A imitación suya, yo estoy convencido de que la transparencia es el último refugio del estafador.

 

Y no dudo de la buena voluntad de Eugene Garfield al ofrecernos un instrumento que, usado con inteligencia, puede ser de gran utilidad en el diseño de políticas científicas. Pero, al fin y al cabo, también el Dr. Guillotin pasa, en ciertos ambientes, por ser un benefactor de la humanidad.


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