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“Que no nos quite el sol”

El predominio de la orientación profesional en los estudios de educación superior, en detrimento del cultivo de ideas y la formación intelectual e integral de la persona, es objeto de particular preocupación.

  • Miguel Ángel de la Rosa

  • Editor de SEBBM

Ante la oferta de Alejandro Magno a Diógenes en la ciudad de Corinto: «Pídeme lo que quieras», el filósofo griego de la escuela cínica osó responder al gran emperador: «Quítate de donde estás, que me tapas el sol». La célebre anécdota, recogida en multitud de pinturas renacentistas y contemporáneas, es asimismo referida por Francisco Giner de los Ríos, fundador de la acreditada Institución Libre de Enseñanza, en su conocido ensayo Sobre reformas de nuestras universidades (1902): «¿Qué pedir al Estado o, para hablar con propiedad, al Gobierno? Sin duda, y ante todo, lo que Diógenes a Alejandro: que no nos quite el sol.»

 

Salvando las distancias, entre el contexto sociopolítico actual y el de principios del siglo pasado, la llamada de atención de Giner sobre el excesivo dirigismo estatal de la institución universitaria recobra plena vigencia, pues no son pocas las veces ni las voces que también hoy se alzan en contra de la creciente intervención del Estado en la política universitaria. En concreto, el predominio de la orientación profesional en los estudios de educación superior, en detrimento del cultivo de ideas y la formación intelectual e integral de la persona, es objeto de particular preocupación. La novelería del americanismo “profesionalizante” referido a los estudios universitarios es de por sí bien indicativa.

 

Hace más de cien años, Santiago Ramón y Cajal mostraba similar inquietud al proponer «transformar la Universidad, hasta hoy casi exclusivamente consagrada a la colación de títulos y a la enseñanza profesional, en un centro de impulsión intelectual, al modo de otros países, donde la Universidad representa el órgano principal de la producción filosófica, científica e industrial». Años después, Bernardo Houssay, investigador argentino que compartió el premio Nobel con el matrimonio Cori en 1947, se expresaba en términos similares al referirse a su país y advertía de que «las Facultades que no investigan son escuelas de oficio, subuniversitarias, marchan a remolque de las que lo hacen, de las que son tributarias sin reciprocidad». 

 

En la Universidad española de hoy, sin embargo, la generación de nuevo saber y conocimiento –y, por ende, el cultivo de la Ciencia (en mayúscula)– está pasando a ocupar un lugar secundario. La situación no es exclusiva de nuestro país. Llama la atención, por ejemplo, que un alto responsable tecnológico de una multinacional como Fujitsu, Joseph Reger, en una reciente entrevista asegure que: «La universidad empezó hace muchos años intentando enseñar conocimiento, pero el conocimiento es cada vez menos importante.»

 

La tendencia actual en educación superior de responder a la demanda empresarial relegando la “inteligencia creativa” (conocimiento, capacidad analítica, etcétera) en beneficio de la hoy tan de moda “inteligencia emocional” (gestión de emociones, habilidades interpersonales, etcétera) no es más que una prolongación de las modernas políticas educativas a niveles inferiores. Inger Enkvist, catedrática de la Universidad de Lund y asesora del Ministerio de Educación sueco, autora de los muy recomendables libros Buena y mala educación (Encuentro) y La educación en peligro (Eunsa), piensa que «vivir en lo inmediato y sin exigencias es lo contrario a la buena educación (…) los niños tienen que aprender contenidos, y no el llamado “aprender a aprender”». 

 

Urge un cambio de mentalidad y de política educativa, tanto a nivel universitario como de bachillerato y escuela primaria, en las que el afán por conocer y el interés por lo ignoto, junto al esfuerzo personal, motiven al alumno en su aprendizaje de contenidos y dominio de la lengua. Para ello, nada mejor que pedirle al Estado que confíe en la libertad de pensamiento y acción, verdadero sol que ilumina la generación del nuevo saber y, por ende, la realización individual y colectiva. ¡Que no nos quite el sol! 


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