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Atrapados en el ranking

Las universidades españolas han desaparecido de los puestos destacados de los principales ranking internacionales. Ni una, en estos momentos, entre las 200 mejores del mundo. Existe una cierta tendencia a minusvalorar este tipo de clasificaciones mientras que no son pocos los expertos de las listas por especialidades o áreas de conocimiento, mucho más ajustadas, dicen, a la realidad. Pero quiérase o no, o gusten más o menos, el caso es que se ha dado una pérdida de posiciones. ¿Podría inferirse una pérdida asociada de calidad o cuanto menos de resultados?

  • Xavier Pujol Gebellí

Dan Levy, profesor e investigador de Políticas Públicas en la Universidad de Harvard, sostiene que en el mundo que viene, más cercano de lo que imaginamos, ser referente es lo que va a prevalecer en el sector del conocimiento y su difusión. Ocurrirá en la enseñanza, particularmente en la universitaria, en el periodismo y la formación de opinión, en la economía e incluso en la política. Ser referencia en muchos aspectos significa ser el mejor. Pero también se trata de conciliar la calidad con el valor diferencial o, si se prefiere, con el valor añadido.

 

De acuerdo con su concepción de ese futuro, ser el mejor o el referente, debe asociarse con valores que a menudo pasamos por alto. En periodismo, por ejemplo, no siempre se trata de ser el primero en lanzar la noticia, sino que es imprescindible elaborarla con el máximo rigor y ofreciendo análisis contrastados que aporten contexto e información complementaria. Solo así un medio consigue ser referencia. El resto, señala Levy, suelen acabar copiando cuando no tergiversando al anteponer ideología.

 

Para ser el referente, sin embargo, no es imprescindible ni ser el mayor ni ser el que más recursos económicos o humanos emplea. La especialización, opina, puede ser el valor diferencial. O el trato que se dispensa a la información, el modelo de cobertura, la red de interacciones, el conocimiento o el manejo de los canales de difusión.

 

Levy va mucho más allá cuando aplica estos mismos criterios a la universidad y los métodos de enseñanza. En su opinión, gran parte de las universidades actuales deberán reconfigurarse o, a la larga, acabarán desapareciendo. Entre otras razones porque en un mundo global y absolutamente interconectado, el universitario va a tener acceso a profesores que son referente en su ámbito. Un referente al que, por cierto, otros muchos profesores seguirán y tratarán de emular en sus aulas.

 

ENTRAR EN EL RANKING

Los radicales planteamientos de Levy tal vez estén lejos de cumplirse y, en cualquier caso, alguien habrá que los tome como más que discutibles. Sin embargo, dibujan un escenario que, en lo que se refiere a las universidades, lleva un tiempo aposentándose. Es el criterio de los mejores que, traducido al extremo, puede llevar al de perdedores y ganadores, aspecto que entraña peligros evidentes. El asentamiento de los ranking a través de los que se evalúa la presunta calidad de las universidades, podría ser uno de ellos. A través de clasificaciones cuyo cariz tiende a ser universal pueden acabar decidiéndose políticas científicas y de enseñanza, la asignación de recursos, la concentración de talentos o la concreción de unas elites en las que se aúne, salvo excepciones, poder económico y acceso a las aulas.

 

Esta evidente falta de equidad que se desprende de las predicciones del polémico investigador de la Universidad de Harvard, pudiera parecer anacrónica en pleno siglo XXI, cuando justamente la globalización de las tecnologías de la información podrían contribuir a universalizar el acceso a una educación universitaria de calidad.

 

 

Pero no es tanto una contradicción como un debate de modelos en el que los ranking, las clasificaciones que definen a las mejores universidades, no hacen otra cosa que imponer las inercias y acrecentar la brecha entre las mejores y las no tan buenas. Y es en esa dinámica en las que las universidades del “notable” ven como sus resultados globales pierden enteros. En esta línea, como defienden algunos autores, ganar o perder unos puestos en uno de estos ranking, puede ser simplemente coyuntural. Otros, sin embargo, cuando la pérdida se da en esa amplia franja que sigue a la mucho más reducida de “las mejores”, sostienen que es un indicador de merma cualitativa. Tal vez ambas posiciones tengan puntos en común.

 

Entre esos puntos, el de la financiación. Joan Elías, rector de la Universidad de Barcelona, hacía una clara referencia a los efectos negativos de la infrafinanciación de las universidades públicas. Al respecto, recordaba que en el sistema público cataláncada uno de sus contribuyentes paga una media de 190 euros anuales. En Austria, son 525 euros; en Irlanda son 600 y en Dinamarca, 780 euros anuales. Se comparan estos casos por tratarse de territorios de dimensiones similares y población equivalente. Y para llegar a la conclusión de que la universidad pública tiene poco recorrido frente a la privada en un futuro no lejano y que, de este modo, mantenerse en el selectivo de los mejores es tarea harto difícil.

 

Otros muchos factores influyen en la posición que se ocupe finalmente en cualquier ranking. La reputación, asociada necesariamente a la financiación, es el más determinante. La universidad española, en su conjunto, ha venido cumpliendo parcialmente, con unos índices de productividad altos y nos índices de calidad de lo publicado ciertamente notables. Queda más alejada en cuanto a propuesta de innovación, patentes y, en estos años de crisis recientes, en capacidad de captación y retención de talento. Sigue fallando, como es habitual, en su capacidad de generar referentes internacionales, algo que va más allá de la capacidad de generar la posibilidad de que algún premio Nobel recaiga en investigadores españoles. Pero este factor también cuenta.

 

LOS NÚMEROS

Una de las clasificaciones que mayor prestigio ha conseguido en los últimos años es ARWU (Clasificación Académica de Universidades del Mundo), conocida como Ranking de Shanghái. Unas pocas universidades españolas solían aparecer entre las posiciones 150 y 200. Sin ser posible avanzar mucho más en este baremo, en el que Harvard, Stanford, Cambridge, Oxford, Berkeley o el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) copan siempre los puestos de cabeza, sí que es cierto que la posición habitual de esas universidades españolas les conferían un cierto atractivo. Por decirlo de un modo gráfico, aunque lejos del excelente académico, sí que se podía hablar de un notable, ni que fuera bajo.

 

Sin embargo, en la lista de este año no hay ni una sola universidad española entre las 200 primeras. Y entre las 500 primeras tan solo aparecen 11, lo que tiene pinta, si no de fiasco, de merma en los principales indicadores que definen los ranking. En el caso de Shanghái, los indicadores están centrados en la reputación y la producción investigadora. Se toman como valores el número de graduados y académicos galardonados con el Nobel o la Medalla Fields; artículos publicados en los últimos cinco años en las revistas de referencia científica Nature y Science, la productividad propia de cada universidad y el número de citas conseguidas por estas publicaciones y sus autores.

 

Las cifras coinciden más o menos si nos alejamos de Shanghái y prestamos atención a otros dos de los ranking de referencia, Times Higher Education (THE) y el Quacquarelli Symonds World Universitary Rankings (QS). En QS los datos son más benévolos, puesto que la Universidad de Barcelona, la primera de las españolas, se cuela hasta el puesto 156 y la Universidad Autónoma de Madrid en el 187. En cualquier caso, lejos de la cabeza y, lo que tal vez sea peor, sin posibilidades reales por ahora ni tan solo de acercarse.

 

Los índices especializados

 

Las listas de universidades punteras clasificadas de acuerdo con criterios de reputación docente e investigadora tienen su contrapunto en las que fragmentan por áreas de saber o por especialización. En los índices fragmentados las universidades españolas alcanzan puestos notorios. Este aspecto resulta de especial interés, puesto que vinculado a la posición aparecen factores no menores como la captación de recursos, las preferencias de los estudiantes (grado, posgrado o máster), la atracción de talento docente e investigador o la explotación de resultados de investigación en forma de patentes, licencias o acuerdos de desarrollo empresarial.

 

El ranking parcelado o desagregado no debe confundirse; sin embargo, con los de carácter nacional, que se asemejan a los globales de referencia y que, en general, comparten los mismos resultados. Podrían acercarse a las clasificaciones de centros o campus basados en los llamados grupos estratégicos. Son listas, en su inicio muy focalizadas con eventuales salidas profesionales, pero que hoy incorporan aspectos más globales.

 

Sea como sea, los índices fragmentados ajustan mucho mejor áreas del saber concretas, y a menudo estratégicas, con los intereses de los llamado usuarios del sistema universitario e incluso su localización geográfica. Los ejemplos que se repiten de forma recurrente estos últimos años son el de la Universidad de Barcelona, que se sitúa en el puesto 65 del mundo en Medicina Clínica; la Universidad Politécnica de Valencia, que es la 82 en Ciencias Agrarias; o la Universidad de Granada, que se aúpa a la posición 33 en Informática. Los datos proceden del informe oficial FICUE.

 

Las escuelas de negocios y los institutos, departamentos o facultades de Ciencias Económicas, son las grandes excepciones del sistema universitario español. De forma recurrente, ocupan posiciones punteras en los grandes listados internacionales, lo que les da un plus de competitividad. 

 


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