Artículo publicado en enero de 2018

DOI: http://dx.doi.org/10.18567/sebbmdiv_RPC.2018.01.1

Ismael Mingarro

Catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universitat de València (UV)

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Los descubrimientos científicos se publican en revistas científicas en forma de artículos. Para su publicación los artículos son sometidos a un proceso no remunerado de revisión por ‘pares’. Pero las editoriales científicas cobran tanto a los autores como a los lectores, a pesar de que las tecnologías digitales han reducido significativamente los costes de producción. En este escenario, ¿realmente necesitamos a las editoriales tal cual las hemos conocido en el pasado?

 

En la actualidad se publican más de 2 millones de artículos científicos anualmente, de los cuales un porcentaje muy elevado (de más del 50% en algunas áreas de conocimiento) nunca son citados. Quizá estas cifras deberían servir para hacernos reflexionar acerca de cómo funciona el propio sistema científico. Pero para ello debemos empezar por describir este proceso.

En primer lugar debemos tener claro que la publicación de los resultados científicos es una necesidad para el avance de la Ciencia. En sí mismo el método científico se basa en primera instancia en la reproducibilidad, lo que implica la capacidad de repetir un determinado experimento en cualquier lugar del mundo (adecuadamente equipado) y por cualquier persona (o grupo de personas) formada en la materia. Para ello los científicos deben redactar en un manuscrito los resultados obtenidos con el suficiente detalle para posibilitar su verificación por la comunidad científica. Si no hiciésemos públicos nuestros resultados podríamos entrar en la paradoja de ‘reinventar la rueda’ constantemente, es decir, que por desconocimiento de lo hallado por otros, investigásemos problemas ya resueltos.

Así pues, una vez admitida la necesidad de las publicaciones, debemos comentar qué son y cuál es el proceso que siguen los manuscritos científicos para acabar en publicaciones científicas.

Una publicación científica es un trabajo empírico o teórico que contribuye al avance del conocimiento. Una vez escrito, el manuscrito se envía a una revista científica (con el compromiso de los autores de que no está siendo evaluado en ninguna otra revista) en la que tras ser evaluado inicialmente por algún académico del equipo ‘editor’, si se cree adecuado, se somete a un proceso de ‘revisión por pares’. Este proceso consiste en que otros científicos de la misma área de conocimiento y, en principio, muy relacionados con el tema investigado, actúan como expertos ‘revisores’. Los revisores tras el estudio detallado del trabajo presentado recomiendan a los editores aceptar (total o parcialmente) o rechazar el trabajo para su publicación. Generalmente este proceso es unidireccionalmente ciego, puesto que los revisores conocen la identidad de los autores, pero los autores no conocen la identidad de los revisores para que estos últimos dispongan de la mayor libertad posible en el análisis concienzudo del trabajo. Normalmente los editores utilizan varios revisores y si estos expertos coinciden en su evaluación, tanto para aceptar como para rechazar el trabajo, los editores toman la decisión final. Si los revisores discrepan en su veredicto, los editores pueden o bien consultar a nuevos revisores o tomar una decisión basándose en sus propios conocimientos.

Para sufragar los gastos de publicación, las revistas científicas cobran a los autores por la publicación de sus resultados, lo que ha dado lugar (si tenemos en cuenta el volumen ingente de artículos científicos mencionado al inicio) a una floreciente industria. Inicialmente las revistas científicas estaban ligadas a las Sociedades Científicas que se encargaban de contrastar y diseminar el conocimiento a la comunidad científica. En su momento las revistas científicas supusieron un gran avance para el desarrollo del conocimiento, puesto que cambiaron el sistema epistolar de discusión de ideas y resultados entre científicos prevalente antes de la aparición de las revistas por la publicación estructurada, regular y con mayor grado de diseminación que aportaron éstas. Es por ello que desde su aparición en el siglo XVII, la importancia y el grado de especialización de las revistas científicas ha ido claramente en aumento, por lo que su número se ha incrementado varios órdenes de magnitud. Así, a partir del siglo XIX y sobre todo a lo largo del siglo XX, las Editoriales Científicas ‘comerciales’ han ido adquiriendo un mayor protagonismo, hasta el punto de que actualmente muchas de las Sociedades Científicas que mantienen sus propias revistas han delegado las responsabilidades derivadas de la publicación en los grandes grupos editoriales. Una de las notorias excepciones a este hecho lo simboliza nuestra sociedad ‘hermana’ la American Society for Biochemistry and Molecular Biology que sigue publicando la emblemática Journal of Biological Chemistry (JBC).

Realmente éste es un modelo de negocio bastante atípico dado que las editoriales en lugar de pagar a los que les proporcionamos su materia prima, es decir a los autores, lo que hacen es cobrarnos. Además de cobrar a los lectores, bien sea directamente o a través de su institución. Sin embargo, el proceso de revisión por pares antes mencionado es totalmente gratuito, dado que los revisores, que somos los propios científicos, actuamos bajo un criterio de reciprocidad, es decir, que asumimos la tarea de revisar el trabajo de otros porque cuando enviamos a publicar nuestros propios artículos nuestros colegas los revisan también de forma altruista. La consecuencia de todo esto es que el negocio sale bastante redondo, y el papel del revisor no se reconoce en absoluto dado su carácter anónimo. Para consuelo de los sufridos revisores, existe desde 2012 la plataforma Publons (http://publons.com/) que verifica y certifica, a petición de los revisores, la realización de estas tareas contactando con las revistas científicas. Actualmente (30 de nov. de 2017) esta comunidad cuenta ya con más de 230.000 investigadores.

En las últimas décadas (desde los años 90 del siglo pasado), la revolución digital ha irrumpido en el escenario de las publicaciones científicas, lo que sin duda ha mejorado significativamente el acceso, la búsqueda y el almacenamiento de la información. En la práctica hemos cambiado las ‘separatas’ impresas por los PDFs que se han convertido en el formato electrónico universal de las publicaciones científicas. Si bien desde el punto de vista económico uno tiene la impresión de que las tecnologías digitales deben haber contribuido a abaratar en gran medida los costes de publicación, lo que debería haber redundado en una mayor socialización del mercado, en la realidad lo que parece haber ocurrido es una mayor concentración de las revistas en unos pocos grupos editoriales.

Una consecuencia de esta revolución digital ha sido la irrupción del concepto open-access (acceso abierto), que implica el acceso gratuito a los lectores, pero cobran a los autores (con tarifas ciertamente muy dispares que pueden alcanzar los 5.000$) o a los organismos que les financian. El número de revistas open-access ha crecido exponencialmente en los últimos años, principalmente por su acceso gratuito y porque los organismos que financian la investigación pública incentivan que las publicaciones derivadas de ella sean gratuitas para los lectores. Esto ha llevado a la aparición de revistas ‘depredadoras’ (predatory open-access publishing) que aúnan tasas de publicación elevadas con baja calidad científica, en las que el control académico es prácticamente inexistente. En cualquier caso, el éxito incuestionable de las revistas open-access, dado su potencial de diseminación de la Ciencia, abre la posibilidad de una transición total de las revistas hacia esta forma de publicación, si bien el proceso no se vislumbra efectivo a corto plazo puesto que las revistas con mayor índice de impacto han optado por generar filiales open-access pero manteniendo el sistema tradicional para sus buques insignias, como es el caso de Nature, Science o Cell.

Finalmente, para ilustrar las tendencias derivadas del uso de internet en nuestro sistema de publicación científica quiero mencionar los repositorios de los manuscritos prepublicados. El primero de estos repositorios apareció a principios de los años 90 y fue creado por y para físicos teóricos (arXiv.og). La idea inicial fue el disponer de los artículos antes de su publicación para poder ser distribuidos y discutidos entre científicos. Su éxito ha hecho que se extienda a prácticamente todas las áreas de conocimiento. En nuestra área, el Cold Spring Harbor Laboratory lanzó en 2013 la plataforma bioRxiv (https://www.biorxiv.org/) como un servicio de archivo y distribución de manuscritos prepublicados. Mediante este sistema gratuito los autores hacen accesible su trabajo de forma inmediata para la comunidad científica y pueden recibir feedback de sus colegas antes de enviarlo para su publicación. Una vez el artículo se publica en una revista científica, bioRxiv actualiza el manuscrito prepublicado con un enlace a la versión publicada. En la actualidad este reservorio cuenta con un sistema de transferencia directa a un gran número de revistas científicas entre las que, como no, se encuentra JBC.

Ciertamente no sabemos cómo será el sistema de publicación científica en el futuro, pero más nos vale estar atentos a las innovaciones.

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 Figura. Los frutos del nuevo árbol de la Ciencia.

 

 

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Artículo publicado en diciembre de 2017

DOI: http://dx.doi.org/10.18567/sebbmdiv_RPC.2017.12.1

José Luis Caballero

Catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Córdoba

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Las plantas se defienden de sus patógenos mediante un complejo sistema de mecanismos moleculares en el que intervienen muchos genes. Es importante conocer cuáles son los genes implicados en defensa y cómo funcionan, ya que este conocimiento nos va a permitir mejorar la resistencia en plantas de interés agroalimentario, mediante estrategias biotecnológicas que puedan evitar un uso excesivo de químicos y pesticidas, contaminantes del medio ambiente.

 

Las plantas necesitan defenderse de organismos que las depredan y perjudican. Para ello, disponen de un arsenal de moléculas y estructuras celulares con capacidad defensiva que, permiten detener la invasión de la mayoría de agentes patógenos. Muchas de estas defensas se encuentran ya presentes cuando sus tejidos y células son atacados. Otras son rápidamente fabricadas como consecuencia de señales de alerta, que se transmiten desde la superficie de las células atacadas a su “centro logístico de coordinación de tareas”, el núcleo, donde se encuentran los cromosomas, y conducen a la activación de genes específicos para la defensa, a la vez que provoca una reprogramación del metabolismo celular, optimizándolo para responder al desafío del invasor. Muchas plantas han evolucionado mediante selección natural [1], conservando unos genes que codifican proteínas capaces de reconocer a determinados patógenos de manera muy específica (genes R o de resistencia) [2]. Por ello son capaces de transmitir la señal de alarma y organizar el sistema de defensa en la planta con tal rapidez y eficacia que les permite detener el desarrollo del patógeno o, incluso, eliminarlo. Sin embargo, muchos patógenos también han sido capaces de evolucionar, evitando o anulando este reconocimiento específico por parte de la planta y su sistema de defensa, por lo que finalmente pueden invadirla.

Desde su origen, la agricultura se ha centrado principalmente en obtener poblaciones de plantas (variedades) con características que fuesen beneficiosas, ya sea desde el punto de vista alimenticio, o de la salud, o el económico. El mantenimiento de estas características de interés en una variedad y en sucesivas generaciones de la misma, implica un proceso denominado selección artificial, en el que el hombre interfiere directamente. Esta selección artificial está basada en las características que las plantas manifiestan al medio que las rodea (fenotipo) y pueden, de algún modo, ser detectadas por el hombre (ej. la forma, el tamaño, el color o el sabor, etc. que la planta muestra como consecuencia de su composición génica o genotipo). La selección artificial procede a una velocidad mayor que la selección natural. Si bien la mejora de plantas se ha practicado desde hace miles de años, la selección artificial de los individuos de mayor interés ha provocado que el material genético de una planta cultivada llegue a ser muy diferente al de sus antecesores (ej. la fresa). Esto ha permitido la obtención de variedades de plantas que, o bien no contienen genes R de resistencia apropiados, o contienen “fallos” en la respuesta de defensa frente a la infección de determinados patógenos. La fresa es una planta de enorme importancia a nivel mundial por las características culinarias del fruto y por sus propiedades saludables para el consumo humano, pues es rico en sales minerales, vitaminas A, B, C y D, polifenoles y otros compuestos antioxidantes. La fresa cultivada (Fragaria x ananassa) es una especie octoploide. Es decir, posee ocho juegos de cromosomas y es consecuencia de un cruzamiento artificial y posterior selección para tamaño y sabor, a partir de las especies F. virginiana (notable por su sabor) y F. chiloensis (notable por su tamaño) [3]. Ninguna de las variedades de fresa que se comercializan actualmente son realmente resistentes a muchos de los patógenos que las atacan, por lo que gran parte de las cosechas se pierde por ataque de los mismos que impide su comercialización. Conocer cuáles son los genes R y los genes que se activan/desactivan en respuesta a patógenos es muy importante para la fresa u otras variedades de plantas de interés agroalimentario, ya que este conocimiento puede permitir, mediante ingeniería genética, modificarla de manera muy específica y dirigida, para hacerla más resistente. Asimismo, es importante que esta modificación genética se realizara sobre un único gen o grupo de genes concreto, a diferencia de la mejora mediante un cruzamiento clásico tradicional, donde se desconocería qué genes o combinación de genes implicados en la resistencia se seleccionan. Además, el proceso de selección tradicional puede conducir a la pérdida de otros caracteres agronómicos de interés. Más aún, en el caso de fresa, la selección artificial para resistencia por cruzamiento clásico es inviable, ya que las variedades cultivadas son octoploides, y a ella podrían contribuir múltiples loci distribuidos en los diferentes subgenomas.

Actualmente existen tecnologías génicas, como por ej. el uso de microarrays o la secuenciación masiva de RNA (RNAseq) [4], que permiten conocer cuántos y qué genes de la planta podrían estar involucrados en organizar una respuesta de defensa eficiente frente a un patógeno particular. Una vez identificados dichos genes, tecnologías de silenciamiento génico [5] permiten ver el efecto que produce en la planta la inactivación total o parcial de dicho gen, previo a la infección del patógeno (¿será la planta más o menos resistente?). También se puede determinar el efecto que tiene que el gen esté siempre activo (sobreexpresión génica) antes de que el patógeno trate de infectar la planta (¿estará la planta mejor o peor preparada para defenderse cuando el patógeno llegue?). Se pueden realizar ambos estudios introduciendo el gen identificado en plásmidos artificiales derivados del plásmido-Ti procedente de la bacteria Agrobacterium tumefaciens, capaz de transferir genes a plantas [6]. En general, esta técnica involucra el cultivo de células o tejidos de la planta en el laboratorio, dado que la transferencia de genes se realiza sólo a algunas células de la planta. A partir de estas células transformadas se regeneran plantas completas (plantas transgénicas), que llevan los genes transferidos de manera estable, los expresan y los transmiten a la descendencia para realizar los experimentos de susceptibilidad al patógeno. No obstante, el proceso descrito anteriormente es largo. Para poder conocer rápidamente la función de un gen, a menudo se utilizan técnicas de “transformación y expresión temporal del gen” en un tejido u órgano particular de la planta. En fresa, el fruto es un órgano ideal para este fin (Figura 1).

Así, células de A. tumefaciens portando el plásmido con el gen de interés se pueden infiltrar en el tejido del fruto, mediante inyección, para transferir el gen a las células de fresa. Esta transferencia permite observar si las células del fruto que han recibido el gen (transgen) y lo expresan manifiestan mayor o menor resistencia a una infección. Una vez conocida la función del gen, el paso siguiente es modificar genéticamente la planta, sobreexpresando o silenciando de forma estable el gen beneficioso para que pueda aportarle definitivamente una mayor resistencia a un patógeno, u otro carácter de interés agronómico. Las plantas transgénicas así obtenidas se pueden incluir luego en planes de mejora tradicional a través de reproducción sexual para transferir los genes de interés a variedades de alto rendimiento.

 

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 Figura. Bacteria A. tumefaciens portando el plásmido vacío (control) o con el gen de interés (transgen), se inyecta manualmente a cada mitad del fruto. Luego, en cada mitad del fruto se inocula el patógeno de fresa. Si el transgen está involucrado en la activación de la defensa, el crecimiento del patógeno y el daño que este produce en el fruto se verá disminuido en la cara del fruto en la que se ha infiltrado.

 

REFERENCIAS

[1] Selección natural:
http://www.actionbioscience.org/esp/evolucion/futuyma.html. http://www.actionbioscience.org/evolution/futuyma.html#learnmore
[2] Genes R y Mecanismos de defensa contra patógenos en plantas:
https://vimeo.com/89379054
http://www.biouls.cl/librofv/web/pdf_word/Capitulo%2013.pdf
[3] Fresa:
http://www.rjb.csic.es/jardinbotanico/ficheros/documentos/pdf/pubinv/RMV/181QUERCUS.pdf
http://www.juntadeandalucia.es/export/drupaljda/1337161077LIBRO_FRESA_HUELVA.pdf
[4] Microarrays:
https://www.youtube.com/watch?v=0ATUjAxNf6U
http://learn.genetics.utah.edu/content/labs/microarray/
[5] Silenciamiento génico:
http://porquebiotecnologia.com.ar/index.php?action=cuaderno&opt=5&tipo=1¬e=115
http://www.nature.com/nrg/multimedia/rnai/animation/index.html
https://www.youtube.com/watch?v=Kl8bOEPGwNc
[6] Agrobacterium, Ti y Plantas Transgénicas:
https://www.youtube.com/watch?annotation_id=annotation_2723528745&feature=iv&src_vid=hcdNsjX4yF4&v=8iaTBEZK1e4
https://www.youtube.com/watch?v=K1ZyzvsHhOE

 

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Artículo publicado en octubre de 2017

DOI: http://dx.doi.org/10.18567/sebbmdiv_RPC.2017.10.1

María Pardo Pérez

Grupo Obesidómica, Instituto de Investigación Sanitaria de Santiago (IDIS/SERGAS)

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El perfil secretor del tejido adiposo depende enormemente de su localización anatómica y además del estado metabólico del organismo; así la secreción alterada del tejido adiposo visceral en la obesidad se ha relacionado con el desarrollo de las patologías asociadas a esta enfermedad.

 

La obesidad es una enfermedad que debe ser tratada como tal ya que está asociada a patologías cardiovasculares o la diabetes tipo 2 entre otras, y a otras menos conocidas como el desarrollo de varios tipos de cáncer (1). Bajo este contexto, es necesario un mejor conocimiento de los factores que participan en su desarrollo, ya que hasta la fecha no existen tratamientos suficientemente satisfactorios. El tejido adiposo juega un papel primordial en la obesidad dada su capacidad de actuar como un órgano endocrino liberando señales implicadas en la regulación metabólica. Muchas de las señales liberadas, denominadas adipoquinas, están ahora bien establecidas y se sabe que permiten al tejido adiposo comunicar el estado metabólico a otros tejidos a nivel periférico (hígado, páncreas, músculo...) y a nivel central a las áreas reguladoras del apetito en el cerebro. En la obesidad, se ha visto que estas señales se encuentran alteradas o dejan de ser funcionales, y el exceso de acumulación de energía no es percibido por el organismo, que continúa acumulando cada vez más energía (2, 3). Existen dos tipos principales de depósitos de grasa, la grasa blanca, donde sus adipocitos almacenan energía en forma de triglicéridos, y la grasa parda/marrón, que consume energía liberándola en forma de calor en un proceso denominado termogénesis.
Pero no todos los depósitos de grasa son iguales, ni juegan el mismo papel; así, se ha visto que el perfil secretor del tejido adiposo depende enormemente de su localización anatómica y además del estado metabólico del individuo. Ahora se conoce que la grasa de tipo subcutánea (TAS: debajo de la piel) es más beneficiosa para el organismo que la de tipo visceral (TAV) acumulada en la cavidad abdominal; la acumulación de grasa entre las vísceras está asociada a las patologías asociadas a la obesidad porque libera una serie de señales específicas que serían responsables de estas patologías.
Por otro lado, la grasa parda se podría definir como un tipo especial de grasa caracterizada por poseer abundantes mitocondrias, donde la termogenina o proteína UCP-1 (del inglés: Uncoupling protein-1) cuando se activa, es capaz de generar calor (4). Además, existen evidencias sobre un tercer tipo de adipocitos denominados beis, que se encontrarían entre los blancos, y que serían susceptibles de comportarse como adipocitos marrones por su capacidad de expresar UCP-1 en respuesta a varios estímulos. Así, el tejido adiposo pardo y los adipocitos beis, han adquirido una gran relevancia en el estudio de la obesidad ya que su estimulación y activación se cree clave en la lucha contra esta enfermedad. La investigación ahora se centra en encontrar aquellas señales capaces de estimular y activar ambos tipos celulares.
Los estudios del perfil proteómico de las señales liberadas (secretoma) por el tejido adiposo blanco han permitido identificar señales específicas en función de la localización anatómica de la grasa. Así, en modelos animales se han podido caracterizar los mapas de referencia proteómicos del secretoma del tejido adiposo visceral, subcutáneo y gonadal. Este tipo de estudios, además de confirmar variaciones específicas en la identidad secretora de cada tipo de depósito graso, ha permitido identificar nuevas proteínas no descritas hasta la fecha como la fetuina A, capaz de unir e inhibir el receptor de insulina. Así, se ha descrito que el tejido adiposo, y en concreto el visceral, secreta mayores cantidades de esta proteína en el desarrollo de la obesidad participando probablemente en los niveles elevados encontrados en la circulación relacionados con la resistencia a insulina. Además, el análisis del perfil secretor diferencial de los tejidos adiposo subcutáneo y visceral obeso humano ha identificado diferentes proteínas de remodelación extracelular y mediadoras de la inflamación específicas de cada depósito graso. Finalmente, en estudios más recientes se ha demostrado la presencia de la proteína FNDC5/irisina, que se creía exclusiva del músculo, en los secretomas de tejido adiposo (5). El descubrimiento de esta proteína liberada por el músculo esquelético al hacer ejercicio físico, supuso un gran revuelo por su capacidad, en animales, de estimular la termogénesis en el tejido adiposo blanco mejorando el estado metabólico general, la sensibilidad a la insulina, y resistencia a la dieta alta en grasa. Sin embargo, en el tejido adiposo, se ha encontrado una elevada secreción de irisina en TAS y TAV obeso comparado con los tejidos de individuos delgados. Además, los niveles elevados de esta proteína estimuladora de la termogénesis en la sangre de las personas obesas sugiere una mayor secreción por parte del tejido adiposo acumulado, probablemente intentando contrarrestar el estado metabólico alterado. Así, la elevada presencia de esta proteína en pacientes obesos sería explicada por una resistencia generalizada a la misma, al igual que ocurre con otras adipoquinas conocidas reguladoras del metabolismo. Es por todo ello que la activación de la sensibilidad o la funcionalización de la irisina en obesos, se postula como una buena diana terapéutica para la obesidad.

 

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 Figura. No todas las grasas son iguales. Se muestran los diferentes tipos de grasa, su perfil secretor diferencial en función de su localización anatómica, y su papel en el desarrollo de la obesidad y sus enfermedades asociadas. SNC: Sistema Nervioso Central; TAP: Tejido Adiposo Pardo; TAV: Tejido Adiposo Visceral; TAS: Tejido Adiposo Subcutáneo.

 

REFERENCIAS

1. Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad: http://www.seedo.es/
2. Pérez MR, Medina-Gómez G. Obesidad, adipogenesis y resistencia a insulina. Endocrinol Nutr 2011;58(7):360—369: http://www.elsevier.es/es-revista-endocrinologia-nutricion-12-articulo-obesidad-adipogenesis-resistencia-insulina-S157509221100218X
3. Ezquerro S, Fruhber G, Rodriguez A. El tejido adiposo protagonista en las alteraciones metabólicas de la obesidad. Revista de la SEBBM: http://www.sebbm.es/revista/articulo.php?id=323&url=el-tejido-adiposo-protagonista-en-las-alteraciones-metabolicas-de-la-obesidad
4.Navarro AG, Villarroya F, Giralt M. La actividad de la grasa parda, factor emergente en el control del gasto energético en la obesidad. Revista de la SEBBM:
http://www.sebbm.es/revista/articulo.php?id=321&url=la-actividad-de-la-grasa-parda-factor-emergente-en-el-control-del-gasto-energetico-en-la-obesidad
5.Moreno M, Moreno-Navarrete JM, Fernádez-Real JM. Irisina: ¿trasmisor de mensajes del Olimpo? Clin Invest Arterioscl.2014; 26:140-146.

 

 

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Artículo publicado en noviembre de 2017

DOI: http://dx.doi.org/10.18567/sebbmdiv_RPC.2017.11.1

José Antonio López Guerrero

Profesor titular y director del laboratorio de NeuroVirología, Dpto. Biología Molecular de la UAM; director de Cultura Científica del CBMSO; miembro de la SEBBM; miembro de la Junta Directiva de la SEV

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Sin Ciencia NO hay futuro. Lo que no diga la Ciencia, lo hará la Pseudociencia. Detrás de estas frases, se manifiesta la legítima preocupación de científicos, médicos y académicos por la presencia en la Sociedad de técnicas y prácticas no basadas en el método científico, prácticas que llevan a cabo hasta la mitad de los españoles. Las NO medicinas matan hasta cuatro veces más...

 

La VIII encuesta FECYT de percepción social de la ciencia y la tecnología 2016 abordó, entre otras muchas cuestiones, el arraigo de las pseudociencias en la Sociedad. Es algo que debemos tomarnos con cierta preocupación. Sin ir más lejos, cerca del 15% de los españoles cree en los horóscopos, un 13% en curanderos y más del 20% en fenómenos paranormales. No veo claro cómo el creer en la astrología, que nunca llegamos a la Luna o que los alimentos ecológicos son, por definición, más saludables podría afectar a nuestra salud –aunque sí a nuestro bolsillo-. Sin embargo, los datos dicen cosas más preocupantes: en el mismo paquete de la pseudociencia se encuentran las mal llamadas pseudoterapias –mal llamadas puesto que tienen de terapias lo que yo de melenudo-: prácticas como la homeopatía, osteopatía, el reiki, la acupuntura denominada tradicional china o la cada vez más conocida, por desgracia, bioneuroemoción, entre otras muchas. Prácticas que, en muchos casos, además de saquearnos el bolsillo, sí pueden suponer un perjuicio serio para nuestra salud, sobre todo, si llegamos a abandonar las terapias médicas –las únicas que deben ser consideradas terapias-. Además, y por si fuera ya poco absurdo este submundo pseudoterapéutico, otro dato de las encuestas dice claramente que el sentido común y el nivel social, económico o cultural no tienen por qué ir de la mano. Un trabajo recientemente publicado en el Journal of the National Cancer Institute sorprendió a los propios autores: las personas que optan por las pseudomedicinas suelen tener más dinero y, paradójicamente, mayor nivel educativo. El titular que apareció en los medios a raíz de dicha publicación, no deja lugar a dudas: “Las NO medicinas matan cuatro veces más”. Así de claro. Así de peligroso.
Recurrir, con la dudosa legitimidad que otorga la desesperación de enfermos y familiares, a prácticas alejadas del rigor científico y médico solo aliviará, en el mejor de los casos, el bolsillo de quien las ofrezca. En el peor escenario, puede ocasionar un daño adicional que, incluso, podría llegar a ser fatal, sobre todo si se abandona el tratamiento médico reglado. La homeopatía, plantas tóxicas como el kalanchoe o técnicas surrealistas como la bioneuroemoción, entre otras “pseudocosas”, utilizadas, incluso, contra el cáncer, son una barbaridad que solo contribuirá a fortalecer una estafa.
En el trabajo presentado anteriormente, coordinado desde la Universidad de Yale, EE.UU., el oncólogo Skyler Johnson cuantifica el riesgo que supondría recurrir a prácticas pseudocientíficas contra determinadas enfermedades, aunque no se abandone el tratamiento médico reglado. Para ello, se compararon los casos de 281 personas con cáncer que optaron por pseudotratamientos y las historias de 560 pacientes que sí confiaron en la medicina: quimioterapia, radioterapia, cirugía y terapia hormonal. Los resultados son escalofriantes. Las mujeres con cáncer de mama que practicaron técnicas pseudocientíficas aumentaron su riesgo de muerte unas cuatro veces. Los pacientes con pseudoterapias en cáncer colorrectal y de pulmón tuvieron 3,6 y 1,5, respectivamente, más posibilidades de morir. Los autores –y yo mismo- concluyen: “los pacientes interesados en las medicinas alternativas deberían ser advertidos del riesgo de muerte asociado a esta decisión. Es importante que los oncólogos inviertan tiempo en hablar con sus pacientes sobre sus creencias particulares”. No obstante, y aunque tímidamente, algo parece estar cambiando. Perjudicar a un enfermo podría dejar de salir gratis...
La Audiencia Provincial de Valencia ordenó juzgar por intrusismo al curandero de un joven que murió tras abandonar la quimioterapia. Los hechos ocurrieron en julio de 2013. Mario Rodríguez falleció por una leucemia cuando tenía 21 años. Durante un tiempo, Mario estuvo compatibilizando la quimioterapia con unos remedios que le recomendaba José Ramón Llorente, quien se presentaba como médico naturista. Meses antes de morir, Mario eligió abandonar la quimio, de la que desconfiaba. Desde entonces, su padre Julián ha iniciado una cruzada para evitar que haya más enfermos a los que –y cito textualmente- les "coman el tarro" con la esperanza de curarse con “terapias alternativas”. Tras el fallecimiento de Mario, su padre acabó fundando una asociación para proteger a los enfermos de las terapias pseudocientíficas –la APETP-, asociación actualmente presidida por la biotecnóloga Elena Campos, investigadora del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, CBMSO (CSIC-UAM).
Finalmente señalar que, además de la APETP, organizaciones e instituciones profesionales tan importantes como la Organización Médica Colegial de España empiezan a salir de ese “bosque profundo” donde parecían habitar para anunciar su rechazo absoluto contra las pseudociencias, pseudoterapias, intrusismo y sectas sanitarias. Incluso, y aunque tímidamente, empiezan a surgir farmacias que, además de negarse a vender mentiras pseudocientíficas, informan a sus clientes de sus riesgos. Asimismo, con tesón y presión de colectivos científicos y académicos, se está logrando paralizar cursos, exposiciones y actividades –durante la Noche de los Investigadores o la Semana de la Ciencia- sobre pseudociencia/pseudoterapia en, al menos, universidades y centros públicos... Esperemos que estas iniciativas no caigan en saco roto; nuestra salud lo lamentaría.

 

 

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 Figura. Copyright Creative Commons.

 

REFERENCIAS

1. http://www.uam.es/personal_pdi/ciencias/jolope/ (Mi página personal, con enlaces a mis programas de divulgación científica y eventos y cursos para profesores de secundaria).
2. http://web4.cbm.uam.es/joomla-rl/index.php/es/servicios/cultura-cientifica?id=1175 (La página oficial del Departamento de Cultura Científica del CBMSO con todos los eventos semanales de divulgación científica: radio, tv, internet...
3. https://www.apetp.com/ (Página oficial de la asociación para proteger al enfermo de las terapias pseudocientíficas).
4. http://francis.naukas.com/2015/02/21/resena-medicina-sin-enganos-de-j-m-mulet/ (Artículo muy interesante de José Miguel Mulet sobre la presentación de su libro “Medicina sin engaños”, altamente recomendable).
5. https://academic.oup.com/jnci/article/110/1/djx145/4064136/Use-of-Alternative-Medicine-for-Cancer-and-Its (Artículo original de Skyler B. Johnson sobre el uso de las “medicinas alternativas” en el tratamiento contra el cáncer).

 

 

 

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Artículo publicado en septiembre de 2017

DOI: http://dx.doi.org/10.18567/sebbmdiv_RPC.2017.09.1

José Lozano Castro

Dpto. de Biología Molecular y Bioquímica, Universidad de Málaga

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La toma de decisiones a nivel celular es un proceso complejo que depende de la correcta detección y descodificación de una infinidad de señales originadas en el exterior de la célula. Cientos de proteína se organizan en rutas de señalización que transmiten la información recibida y generan una respuesta celular específica.

 

Tardarás apenas un segundo en leer esta frase. En este corto espacio de tiempo, unos 400 millones de fotones procedentes de cada letra impresa han atravesado tus pupilas y, más o menos la mitad, ha llegado hasta tus retinas. Allí, cada fotón ha impactado contra una de las 10.000 billones (1016) de moléculas de 11-cis retinal que yacen en el interior de otras tantas moléculas de opsina, una proteína localizada en unos discos membranosos que existen en cada una de los 126 millones de células fotorreceptoras que cubren tus retinas. La rodopsina, como así se nombra al complejo formado por el retinal y la opsina, es una proteína del tipo conocido como receptores celulares, que desempeñan la función de captar las señales de diversa naturaleza que la célula recibe de su exterior. No todas las señales contienen información interpretable por nuestras células pero, tras miles de millones de años de evolución, éstas disponen de una variedad de receptores suficiente para inferir el estado de su entorno (2, 3). La inmensa mayoría de receptores están asociados a la membrana plasmática; esa bicapa lipídica que separa el interior del exterior celular. La rodopsina, por ejemplo, es una proteína que se pliega sobre sí misma para atravesar la membrana exterior siete veces y conectar, en su porción intracelular, con un complejo de tres proteínas (Gα, Gβ y Gγ) denominado genéricamente proteínas G heterotriméricas. Estas características nos permiten clasificar a la rodopsina y proteínas similares como receptores asociados a proteínas G (GPCR, de sus siglas en inglés). El impacto de un fotón contra la molécula de 11-cis retinal provoca un cambio en su estructura a todo-trans retinal. Para acomodar esta nueva molécula, la rodopsina se reestructura en la membrana, es decir, se mueve ligeramente. Como los dedos de un ciego detectan el relieve cambiante de los caracteres braille, las proteínas G detectan los cambios conformacionales de los receptores a los que se asocian. El acomodo del todo-trans retinal en la rodopsina, por ejemplo, es detectado e interpretado por la proteína Gα como una señal para incorporar una pequeña molécula de GTP (trinucleótido de guanosina) y activarse. Mediante ese mecanismo, los GPCR detectan multitud de señales químicas y físicas: péptidos, proteínas, iones, luz, olores, etc (1). Aunque constituyen el grupo más numeroso, no todos los receptores celulares funcionan como los GPCR. Otros son proteínas que atraviesan la membrana plasmática solo una vez y poseen, en su porción intracelular, una actividad enzimática muy específica: la capacidad de fosforilar un aminoácido específico de la proteína como es la tirosina (4). Estos son los receptores con actividad tirosina quinasa (RTK, de sus siglas, en inglés).

La autorregulación de un organismo complejo depende del buen entendimiento entre sus células y gran parte de su comunicación se basa en pequeños péptidos que son liberados al medio extracelular por las células emisoras. Estos péptidos, que según su efecto se conocen como factores de crecimiento, hormonas o citoquinas, son detectados por aquellas células que expresan en su membrana plasmática los RTK especializados. De esta manera, las células regulan la toma de decisiones en procesos fundamentales como la proliferación, la diferenciación y la muerte celular. La proliferación, en particular, implica una serie de decisiones tan transcendentales que la célula se detiene hasta en tres ocasiones (checkpoints) para comprobar que el momento y las condiciones son óptimas para dividirse. En ocasiones, sin embargo, las células toman decisiones equivocadas y esto suele ocurrir porque sus genes cambian por exposición a agentes tóxicos o, simplemente, porque la propia maquinaria celular comete errores (mutaciones) durante el proceso de división. En humanos, por ejemplo, una proliferación desregulada de una sola célula puede dar lugar a una masa celular (tumor) que, en un contexto inestable, de acumulación de mutaciones, tenderá a malignizarse y causar cáncer. Muchos de los RTK especializados en captar señales proliferativas interaccionan, en la cara interna de la membrana plasmática, con otro tipo de proteínas G, esta vez monoméricas, denominadas Ras. En realidad, no lo hacen directamente sino por mediación de otras proteínas adaptadoras. Así, por ejemplo, la interacción del adaptador Sos con Ras provoca que ésta altere su conformación para acomodar una molécula de GTP y asociarse con otra proteína señalizadora, denominada RAF. RAF también es capaz de fosforilar proteínas, pero no en tirosinas, como los RTK, sino en serinas y treoninas. Esta actividad quinasa, es estimulada unas 100 veces al interaccionar con Ras-GTP. RAF fosforila y activa a otra quinasa, MEK y ésta, a su vez, fosforila y activa a una tercera, ERK. Las proteínas ERK son capaces de regular, también mediante fosforilación, numerosas proteínas que orquestarán la respuesta proliferativa de la célula. Esta forma de actuar no es exclusiva de las proteínas mencionadas. Antes, al contrario, la activación secuencial y ordenada de proteínas señalizadoras es el mecanismo habitual que las células utilizan para captar señales, descodificarlas y amplificarlas. La denominada “Señalización Celular” es la apasionante área de investigación que se ocupa de su estudio (5-7).

 

figura jose lozano

 Figura 1. Esquema simplificado de las principales vías de señalización en células de mamífero (Wikipedia: https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=12081090).

 

REFERENCIAS

1.-Video explicativo del mecanismo general de activación de las proteínas G heterotriméricas por GPCR. https://youtu.be/V_0EcUr_txk
2.- Curso introductorio gratuito de la Khan Academy (español) sobre señalización celular:
https://es.khanacademy.org/science/biology/cell-signaling
3.- Compendio bastante completo de las principales vías de señalización celular. Los mapas pueden descargarse (inglés).
https://www.cellsignal.com/common/content/content.jsp?id=science-pathways
4.-El mecanismo de fosforilación de proteínas mediado por quinasas, explicado en detalle y de manera sencilla (inglés).
https://www.youtube.com/watch?v=xG2WOd_fWqo
5.-Estupenda conferencia de uno de los grandes expertos en señalización celular, Wendell Lim, sobre la lógica de los circuitos de señalización y su manipulación experimental (inglés).
https://www.youtube.com/watch?v=K2A3C-v41_A
6.-Hunter T. 2000. Signaling-2000 and beyond. Cell100:113–127 (Open Archive). Sigue siendo un estupendo resumen de los principales descubrimientos en Señalización Celular.
7.-Mitogen Activated Protein Kinases (Open Access). Colección de 14 artículos, varios de ellos escritos por investigadores españoles, sobre esta importante familia de quinasas.
http://journal.frontiersin.org/researchtopic/4006/mitogen-activated-protein-kinases#articles

 

 

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