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SYDNEY BRENNER. Premio Nobel de Medicina 2002

«La educación es la única manipulación posible para mejorar al ser humano»

Sidney Brenner (Germiston, Sudáfrica, 1927) consta en los manuales de referencia científicos como uno de los grandes pioneros de las ciencias de la vida modernas y, muy particularmente, de la biología molecular tal como la entendemos hoy día. Sus aportaciones en la remozada genética de los inicios de la segunda mitad del siglo pasado, permitieron consolidar al nemátodo C. elegans como modelo al tiempo que establecer el vínculo entre genes y división celular, diferenciación y desarrollo. Gracias a sus descubrimientos, llevados a cabo mayormente en Cambridge, recibió el premio Nobel en 2002. Pese a su avanzada edad y a su fragilidad física, su cerebro sigue siendo ágil y lúcido. Lo suficiente como para demandar mayores esfuerzos en educación como la mejor fórmula para mejorar capacidades y actitudes humanas.

Xavier Pujol Gebellí

  • Xavier Pujol Gebellí

Consta usted como uno de los grandes pioneros de la biología molecular y, en general, de las ciencias de la vida modernas en los ya lejanos años cincuenta. ¿Qué recuerda de aquellos tiempos?

¡Lo recuerdo todo! Como ocurre con todos los ancianos, no puedo acordarme de lo que hice ayer, pero guardo un recuerdo nítido del pasado.

Ha sido protagonista de grandes cambios, de prácticamente una revolución.

Todo ha cambiado mucho en biología. Hoy hablamos de una gran ciencia con grandes tecnologías, equipamientos y capacidades a su servicio. Nada que ver con lo que yo viví en mis inicios. Pese a todo, es importante que los jóvenes investigadores sepan qué ocurrió y cómo ha ido avanzando esta ciencia. Algunos de los fundamentos establecidos entonces todavía se mantienen.

¿Cómo definiría el origen de esta revolución?

El gran cambio vino dado por el descubrimiento de lo que es la vida a partir de información codificada contenida en estructuras biológicas, la estructura en doble hélice del DNA. A partir de entonces todo fue diferente.

¿Fueron conscientes de su logro?

Cuando visité por primera vez a Watson y Crick, sabía que su descubrimiento era importante, pero no hasta qué punto tan trascendente. Lo iríamos viendo con el paso del tiempo y la aparición de nuevas técnicas y conceptos. No obstante, no tardamos en darnos cuenta de que acabábamos de asistir al parto de la base de la genética. De lo que había de suceder con ella apenas sabíamos nada.

¿Fue el inicio de un cambio de era?

La mayoría de científicos de aquella época trabajaban en parcelas alejadas de la genética. Trabajaban sobre compuestos o componentes de la célula. Investigaban la energía necesaria para activarla, pero nadie pensaba en la genética como la vemos hoy, nadie se daba cuenta de cuán importantes son los genes.

«Es un contrasentido exigir retornos inmediatos»

 

¿Qué recomendación le daría a un joven científico?

Debe saber, de entrada, que es un buen empleo, sin duda, mucho mejor que otros. Pero también debe saber que el 95 % de los científicos no se dedican a investigación, sino a resolver otro tipo de problemas. Son los que trabajan en empresas, por ejemplo, acaban su trabajo a las cinco de la tarde, se van a casa y cobran un buen sueldo a fin de mes. Solo una pequeñísima proporción de los que originalmente querían investigar lo acaban haciendo. Debe ser lo suficientemente abierto de miras para aceptar esta realidad.

Con este consejo no va a animar muchas vocaciones.

Siempre he pensado que si alguien quiere hacer algo debe tener la oportunidad de intentarlo; luego ya habrá tiempo de valorar si sirve o no.

Supongamos que tiene el talento necesario.

Si es así, debe intentar hacer algo diferente. Desde mediados del siglo pasado, cada nueva aportación en ciencia o tecnología ha sido producida por individuos, por científicos reconocibles o por muy pequeños grupos. Las grandes organizaciones, incluso las mayores, generan mucha ciencia, pueden secuenciar un genoma entero, poner un hombre en la Luna, seguir procesos de enorme complejidad. Un descubrimiento suele ser cosa de un individuo. Incluso ahora pese a la presión por generar retornos. A eso se dedica ese 5 %, o menos, para los que es indispensable una gran libertad para crear.

¿Cómo se consigue eso siendo un joven científico?

Se trata de verse capaz de lograr una meta, de alcanzar un sueño. Debes decirte «voy a curar una enfermedad».

¿No le gusta lo que hoy se conoce como gran ciencia?

No, no me gusta, pero es imprescindible. Conviene no olvidarse, no obstante, que la ciencia pequeña puede ser mayor que la gran ciencia.

¿Entonces, qué es lo conveniente?

Al investigador joven se le debe dar la oportunidad de explorar nuevos caminos, de pensar en cosas nuevas, de correr riesgos. Muy pocos son los se arriesgan ahora; todos, jóvenes y científicos consolidados, quieren garantías. También el inversor, por supuesto, sea público o privado. Es un contrasentido exigir retornos. Y más si son inmediatos.

 

Sydney Brenner entre Margarita Salas y José Manuel Bautista en el auditorio del Congreso SEBBM Madrid 2013. Fotos: Toni Vidal

Tal vez porque se vivía en una época dominada por otras disciplinas, como la física o la química.

Eso influyó, había otras disciplinas en boga. En algunas de ellas, como las citadas, incluso se estaba volviendo al estudio de principios fundamentales planteados en las décadas de los años treinta y cuarenta, mientras que en medicina o biología se estaba haciendo un trabajo básicamente descriptivo.

Vivimos ahora en plena era de la biología. ¿Pensaron entonces que eso iba a ser posible?

Se han dado muchísimos pasos, sin duda, y se ha avanzado a gran velocidad. Pero todavía nos quedan preguntas fundamentales por resolver. Una de las más importantes es entender por qué hay unas especies tan especiales de animales llamados humanos que son tan diferentes de cualquier otro. Todo lo que ha sucedido en estas últimas décadas nos abre la posibilidad de entenderlo. Por supuesto, el reto de mayor calado sigue siendo el cerebro. Todo cuanto se ha hecho en estas últimas décadas no son más que pasos en esta dirección y en la de hallar cura para las enfermedades.

Y en esa revolución la biología molecular es uno de sus actores principales.

Claro, y lo va a seguir siendo. La biología molecular dispone ahora de herramientas que le permiten avanzar con un nivel de detalle nunca antes visto. Los avances en genética son tan importantes y tan rápidos que podemos estudiar los cambios en las especies a través de la evolución y empezar a comprender qué nos separa a los humanos de las demás especies. Por supuesto que tuvo que haber cambios en los genes para posibilitarlo. Hoy estamos tratando de reconstruir esos caminos. Es uno de los más apasionantes retos a resolver en el futuro.

El otro gran reto, decía, es el conocimiento del cerebro.

Lo es, pero tal vez es tan o más importante saber cómo vivir más tiempo y con mejor calidad de vida y cómo curar enfermedades que hoy son incurables. Habrá grandes cambios en un futuro próximo. Es previsible que se dé con la solución para las enfermedades infecciosas, se mejorará en la lucha contra el cáncer o las enfermedades cardiovasculares.

 

Fotos: Toni Vidal

 

De todos estos retos, ¿con cuál se quedaría ahora mismo?

Mi gran interés sigue siendo el estudio de la evolución, aunque sigo muy de cerca los avances que se están dando en la comprensión de la formación y desarrollo del cerebro.

Otra de sus grandes pasiones ha sido la investigación del genoma humano. De él llegó a decir que lograr su secuencia era equivalente a viajar a la Luna.

En términos económicos, sin duda. Técnicamente, mandar un hombre a la Luna es fácil, el problema era cómo traerlo de regreso. El Proyecto Genoma Humano tenía mayor dificultad intelectual y su secuenciación era un reto fundamentalmente tecnológico.

En sus inicios, a mediados los años ochenta, el Proyecto Genoma Humano se acompañó de grandes promesas, muchas de las cuales todavía no son realidad.

Gracias al Proyecto Genoma Humano ha habido muchos cambios, incluso de paradigma. Por ejemplo, en el nacimiento de tecnologías ligadas al DNA o una mejor comprensión de ciertas enfermedades. También ha habido cambios organizativos, empresariales con la eclosión de lasbistec. No hay duda que surgió una nueva ciencia. Sin embargo, y eso hay que admitirlo, mucho de lo que antes no entendíamos seguimos sin entenderlo.

¿Demasiadas expectativas?

Cuando se invierte tanto dinero en un proyecto, es lógico hacer promesas. Todo el mundo busca algún retorno, todos, científicos, políticos y prensa, hablaban de lo que se iba a conseguir gracias a la secuenciación del genoma. Entender las enfermedades más graves, desarrollar nuevos fármacos… Todo tenía que ser beneficioso para la sociedad. Realmente, no creo que las cosas hayan cambiado tan drásticamente pasados casi 30 años.

Pero algo se ha avanzado, no puede negarlo.

Por supuesto que se ha avanzado. Pero los grandes retos siguen estando ahí. Le pondré un ejemplo. No tenemos ni idea de cómo atajar las grandes enfermedades crónicas. Sabemos abordar algún aspecto de ellas y tenemos algunos fármacos que nos ayudan. Eso sigue ocurriendo con multitud de patologías. Yo nunca hice una promesa de este tipo, nunca dije vamos a tener nuevos fármacos para combatir todas las enfermedades. Todos los científicos que lo hicieron se ha visto que estaban equivocados.

«Los científicos resolvemos problemas»

 

Ha invertido prácticamente toda su vida en su ciencia. Ha conseguido, además, grandes retornos. ¿Satisfecho?

Disculpe, pero qué significa retorno.

Puede valorarse de muchas maneras. Una podría ser satisfacción personal.

Satisfacción por haber logrado resolver un problema, eso es cierto. A menudo tengo la tentación de preguntarle a los políticos con los que me cruzo qué problema ha resuelto en su vida.

¿Es esa la mejor motivación para un científico?

Para un científico, si hay un problema hay una solución. Eso es lo que hacemos, resolver problemas. Y no importa el tiempo que tardemos en lograrla, hay que intentarlo una y otra vez hasta lograrlo.

Es un planteamiento que no siempre se comparte desde la sociedad o desde la Administración.

Cuesta mucho, en efecto. Probablemente porque durante siglos la sociedad en su conjunto ha estado dominada por la magia o por la religión.

Luego, está satisfecho consigo mismo.

¡Por supuesto! He hecho lo que he querido como científico y he contribuido a resolver problemas. Y todavía estoy interesado en resolverlos.

Ahora mismo ya es parte de la historia de la ciencia. ¿Le llena eso?

Verá, para la mayor parte del mundo la historia no es algo importante; y la mayor parte de los científicos creen que la historia se divide en dos épocas: los últimos dos años y todo los siglos anteriores. Pero ciertamente puedo sentirme satisfecho por mis contribuciones.

¿Cómo valora su actividad como científico?

Como en el ajedrez, todos queremos lograr un jaque pero la mayoría se acaban moviendo por el tablero en la parte media del juego, lo que está muy bien porque son los pasos necesarios para llegar al final. Lo más apasionante, sin embargo, es la apertura, el momento de plantear el juego, de iniciar cosas nuevas. Entonces debes decidir si quieres atreverte a ser capitán o prefieres ser marinero. Y si optas por ser capitán, a lo mejor eres un nuevo Cristóbal Colón.

 

Sydney Brenner durante la ceremonia de entrega de los Nobel en diciembre de 2002, en el Concert Hall de Estocolmo. Foto: Hans Mehlin. © The Nobel Foundation 2002

¿Los conocimientos que se adquieran en genómica van a marcar una nueva revolución?

Algo acabará sucediendo, está claro, porque hay muchísima gente haciendo aportaciones. Pero no estoy seguro de que sea el mejor camino.

Algunos se atrevieron con prometer un nuevo tipo de sociedad basado en el conocimiento de los genes.

Si de verdad se quiere entender hay que entender como funciona al menos una mínima porción del cerebro. Es lo que nos diferencia de los animales. Comprender los fenómenos y procesos que se dan en el córtex cerebral es básico. Solo así se podrán favorecer terapias para frenar o inhibir su deterioro, manipularlo de alguna forma vencer enfermedades o trastornos. Claro que hay otra forma de manipular el cerebro, se llama educación. No siempre son necesarios fármacos o manipulación genética, con la educación pueden lograrse mejores resultados.


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