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Mirando en derredor

El pasado 25 de abril, el ministro de Hacienda británico, George Osborne, anunciaba, en presencia del ministro de Ciencia, David Willetts, el compromiso de su Gobierno de invertir en investigación e infraestructura científicas más que nunca anteriormente hasta el final de la década. 

  • Miguel Ángel de la Rosa

  • Editor de SEBBM

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l pasado 25 de abril, el ministro de Hacienda británico, George Osborne, anunciaba, en presencia del ministro de Ciencia, David Willetts, el compromiso de su Gobierno de invertir en investigación e infraestructura científicas más que nunca anteriormente hasta el final de la década. Lo hacía, no sin sabia intención, en un escenario singular: el emblemático Laboratorio de Biología Molecular de Cambridge, donde Watson y Crick desvelaron los entresijos estructurales de la doble hélice de DNA, la molécula clave de la vida que revolucionó la ciencia de las últimas décadas. La propuesta presentada consistía en elevar el presupuesto estatal en ciencia a 1,1 miles de millones de libras esterlinas anuales y mantenerlo de forma continuada, con el correspondiente ajuste según los cambios del índice de precios, hasta alcanzar un total de unos siete mil millones de libras en los próximos seis años. Según los ministros, el objetivo gubernamental no es otro que conseguir que el Reino Unido sea uno de los mejores lugares del mundo, si no el mejor, para investigar en ciencia en 2020.

En ese mismo acto, el Chancellor of the Exchequer George Osborne anunciaba la apertura de un período de consulta electrónica vía internet a fin de conocer cuáles serían las áreas de interés o los proyectos de vanguardia hacia los que dirigir los mayores esfuerzos. De hecho, los científicos y empresarios británicos tendrán la oportunidad, hasta el 4 de julio, de hacer llegar su opinión a los dirigentes gubernamentales, ya sea de forma individual o colectiva. La previsión es que el Gobierno dé a conocer, hacia finales de otoño, su hoja de ruta con el marco y las directrices principales, a la luz de las sugerencias recibidas, para una óptima inversión del capital público en ciencia.

Repetidas veces nos hemos pronunciado los científicos españoles solicitando algo similar a nuestros gobernantes, una especie de acuerdo global por la ciencia que transcienda no solo a la lógica alternancia política y a los propios partidos en el poder, sino también a la coyuntura económica del momento y a los consiguientes reequilibrios presupuestarios. Muchos de estos reclamos han ido saliendo de la SEBBM. En 2003, por ejemplo, fue el Pacto de Estado por la Ciencia, avalado por una decena de nuestros socios más reconocidos; en 2009 fue el Manifiesto de Oviedo, redactado por todos los presidentes vivos de la SEBBM con el mismo objetivo; o en 2012 fue el cóctel-coloquio «La ciencia como motor de desarrollo económico», con la participación de cinco premios Nobel, en Sevilla.

En la entrevista de este número, el presidente de la CRUE y rector de la Universidad de Zaragoza, nuestro colega y socio de la SEBBM, Manuel J. López, nos recuerda que «no hemos sido capaces de generar a nivel social y político pactos que apoyen con claridad el desarrollo científico y la educación pese a la demanda de las sociedades científicas […] o la reiterada reivindicación de las universidades». Y lo que preocupa no es tanto la cuantía, que también, sino la propia estabilidad, año tras año, del presupuesto estatal español dedicado a I+D+i. Precisamente en tales términos se pronunciaba en la entrevista del número anterior de esta revista el presidente del CSIC, Emilio Lora-Tamayo, al afirmar que «prefiero contar con un presupuesto estable que con compromisos discontinuos».

Parafraseando el título de la famosa obra de teatro Mirando hacia atrás con ira, la creación más conocida del controvertido dramaturgo inglés John Osborne, homónimo del chancellor, los investigadores españoles suspiramos expectantes por un devenir sólido y estable de nuestro sistema de ciencia… «mirando con envidia en derredor».


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