A+ A-

Revista: La revolución verde ¡en marcha!


La revolución verde ¡en marcha!

Uno de los grandes desafíos a los que la humanidad tiene que encontrar soluciones es el de la seguridad alimentaria. La Organización Mundial para la Agricultura y la Alimentación (FAO) nos dice que conseguiremos la “Seguridad Alimentaria” cuando todas las personas tengan, en todo momento, acceso físico y económico a alimentos nutritivos e inocuos que sean suficientes para satisfacer sus necesidades alimenticias, con el objetivo de llevar una vida activa y sana. 

  • José Pío Beltrán Porter

  • Presidente de la European Plant Science Organization Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas (CSIC-UPV)

Uno de los grandes desafíos a los que la humanidad tiene que encontrar soluciones es el de la seguridad alimentaria. La Organización Mundial para la Agricultura y la Alimentación (FAO) nos dice que conseguiremos la “Seguridad Alimentaria” cuando todas las personas tengan, en todo momento, acceso físico y económico a alimentos nutritivos e inocuos que sean suficientes para satisfacer sus necesidades alimenticias, con el objetivo de llevar una vida activa y sana. Aunque el término “sostenibilidad” no está incluido en la definición de la FAO, es claro que la producción de alimentos, se haga de forma sostenible o no, se conseguirá (Beltrán, 2012). Sin embargo, la propia FAO, en su informe sobre “inseguridad alimentaria”, reconoce que en 2015 había 793 millones de personas que pasaban hambre o estaban malnutridas, mientras que la Organización Mundial de la Salud paradójicamente nos informa de que, en el mismo año, había unos 800 millones de personas obesas con riesgo alto de padecer diabetes y enfermedades cardiovasculares; dos de las enfermedades crónicas responsables del mayor número de muertes en los países desarrollados.

 

El horizonte de la población mundial, según distintos demógrafos, establece que hacia el año 2050 la población mundial alcanzará unos 9.000 millones de personas, cuya alimentación requerirá, con las tecnologías de producción actuales, según del director general de la FAO José Graciano da Silva, unos aumentos de la producción de alimentos del 60%, del consumo de energía del 50% y del consumo de agua del 40%, frente a la producción necesaria para los 7.300 millones de personas de la actualidad. Todo ello nos parece insostenible para nuestro planeta.

 

Parece claro que necesitamos estrategias diferentes a las actuales para alcanzar el objetivo de la “Seguridad Alimentaria”. Entre dichas estrategias debemos desarrollar nuevas capacidades tecnológicas basadas en los avances que se producen a diario en disciplinas como la bioquímica, la genética molecular o la ingeniería gené- tica. Debemos encontrar nuevos caminos para la Revolución Verde que la humanidad puso en marcha hace unos doce mil años. Iniciamos el camino en el neolítico, domesticando las especies vegetales mediante procedimientos de mejora genética empíricos que cambiaron profundamente la dieta humana y su organización social. La genética se hizo ciencia a lo largo del siglo XX y permitió un gran avance en las técnicas usadas por los mejoradores, basadas en la mutagénesis al azar y la hibridación. Se produjo un salto cualitativo y cuantitativo en la producción de alimentos durante el último tercio de siglo con la obtención, de la mano de Norman Borlaug entre otros, de los maíces híbridos, los trigos enanos y los arroces de ciclo corto. En definitiva, el descubrimiento del aumento de la productividad, ligado al vigor híbrido o heterosis, junto con la mecanización y el uso de fertilizantes, constituyeron las bases de lo que ha venido en llamarse la Segunda Revolución Verde. Los avances en la genética molecular y las técnicas de la ingeniería genética desarrollados en las últimas décadas del siglo pasado han permitido la obtención y comercialización de la primera generación de cosechas de plantas transgénicas, de las cuales se cultivaron en 2014 más de 180 millones de hectáreas (ISAAA, 2014). Ahora es posible incorporar una característica nueva mediada por la expresión de uno o varios genes a una planta de cosecha de elite que fue obtenida mediante técnicas de mejora clásica y obviando la barrera del cruce sexual; es decir, el gen introducido se puede haber aislado de cualquier otro organismo vivo. La tecnología utilizada para obtener las cosechas transgénicas en una superficie acumulada de más de mil millones de hectáreas durante los últimos 20 años es la tecnología adoptada con mayor rapidez en la historia de la agricultura. Las cosechas mayoritarias consisten en cultivos de maíz, soja, colza y algodón, y los caracteres incorporados en mayor medida, la tolerancia a herbicidas y la resistencia frente al ataque de insectos permiten una disminución en el uso de productos fitosanitarios, prácticas sostenibles como la siembra directa sin necesidad de labrar la tierra y un aumento de la productividad. Estos avances han permitieron entrar en una nueva fase denominada Tercera Revolución Verde (García Olmedo, 1998). Los cultivos transgénicos se han extendido por los cinco continentes aunque, en mayor medida, en el continente americano. En la Unión Europea persisten problemas de tipo regulatorio y de percepción ciudadana que han hecho que el desarrollo de los cultivos transgénicos haya sido lento.

 

En la actualidad se están desarrollando nuevas tecnologías en el ámbito de la ingeniería genética, como la mutagénesis dirigida por oligonucleótidos mediada por nucleasas con dedo de zinc (ZFN) o el sistema CRISPR/Cas, entre otras, que permiten la edición de genomas, de manera que las modificaciones introducidas en la planta de cosecha son indistinguibles de las que se producen en la naturaleza.

 

La comunidad científica europea agrupada en EPSO (European Plant Science Organization, www.epsoweb. org) forma parte de la Plataforma Tecnológica Plants for the Future junto con asociaciones de empresas de mejora de semillas y organizaciones de agricultores (www.plantetp.org). Desde esta plataforma tecnológica se han propuesto los siguientes objetivos de investigación inmediatos para contribuir a alcanzar la “Seguridad Alimentaria”: 1) mejorar la eficacia del uso de recursos limitados como el agua o fertilizantes como el fosfato; 2) aumentar los rendimientos de las cosechas y conseguir una mayor resiliencia de las cosechas en condiciones de cambio global; 3) conseguir plantas con mayor resistencia a enfermedades con especial atención a las enfermedades emergentes; 4) modificar la composición de las plantas para una mejor nutrición y salud del hombre y los animales; 5) mejorar la composición y el comportamiento de las plantas como biofactorías de productos no alimentarios y 6) fomentar la investigación de nuevas tecnologías de mejora de las plantas y, en el caso concreto del uso de las técnicas de la ingeniería genética, defender una legislación basada en las características y propiedades del producto obtenido a diferencia de la actual, que centra la atención en la técnica utilizada para su obtención.

 

BIBLIOGRAFÍA

Beltrán JP (2012). El desafío global de la producción de alimentos y l´Horta de Valencia. pp.159-172. En La huerta de Valencia. Un paisaje cultural con futuro incierto. J. Romero y M. Francés (eds.) Publicacions de la Universitat de València. ISBN: 978-84-370-9002-3. García Olmedo F (1998). La tercera revolución verde. Plantas con luz propia. Editorial Debate: Madrid. ISBN: 84-8306-083-3. ISAAA (2014). Global status of commercialized Biotech/GM crops, by Clive James. www.isaaa.org. Plants for the Future (2014). Boosting Research for a Sustainable Bioeconomy. A Research Action Plan to 2020. www.plantetp.org.

 


¿Te ha gustado este artículo? Compártelo en las redes sociales: