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Crear Ilusión (en memoria de Roberto Fernández de Caleya)

El 23 de enero de 2014 hizo 10 años de la muerte de Roberto Fernández de Caleya

  • Javier García-Sancho

  • Catedrático de Fisiología de la Universidad de Valladolid Fue Coordinador de Fisiología y Farmacología de la ANEP

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l 23 de enero de 2014 hizo 10 años de la muerte de Roberto Fernández de Caleya, fundador y primer director de la Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (ANEP) y una de las personas que más han hecho por apoyar el desarrollo de la investigación científica en España. Roberto, ingeniero agrónomo y catedrático de química general y bioquímica, dedicó una década de su vida (1985-1995) a la política científica. Tuvo la suerte de coincidir con dos Ministros sensibles e inteligentes, José María Maravall y Javier Solana, y un puñado de políticos que conocían la Ciencia en primera persona y que entendieron y apoyaron sus esfuerzos, Emilio Muñoz, Luis Oró, Pedro Ripoll, Elías Fereres, Ana Crespo y, muy especialmente, Juan Rojo. Todos ellos pasaron de forma transitoria y elegante por la política y volvieron de nuevo a su profesión.

En 1985 Roberto se incorpora a la Comisión Asesora de Investigación Científica y Técnica (CAICYT) y participa en la elaboración de la Ley de la Ciencia, especialmente en al diseño de una Agencia de Evaluación Científica, la ANEP, que, a través de un proceso de «evaluación por pares», orientara la inversión del Estado en investigación. De 1986 a 1989 Roberto crea y dirige la ANEP, y demuestra en este cometido su talento, buen hacer e inmensa capacidad de trabajo. Como él mismo señala, se da cuenta enseguida de que lo más importante de una empresa es la componente humana.1,2 Por ello buscó entre los científicos jóvenes a los más destacados en su área e intentó convencerles de que se sumaran al proyecto para formar un equipo coherente. Los recursos administrativos de personal e infraestructuras fueron muy escasos, pero Roberto hace de la necesidad virtud y elabora una unidad ágil, flexible y participativa que quizá con más medios no hubiera conseguido tan buenos resultados.

Se organiza el trabajo en torno a 12 grandes áreas científicas (las ponencias) con uncoordinador al frente de cada una. Los proyectos de investigación son evaluados por otros científicos (evaluación por pares) que deben reunir competencia en el tema y lejanía física y de intereses con los autores del proyecto. Las decisiones referentes a la financiación de los proyectos se toman en comisiones que tienen en cuenta toda la información disponible. De esta manera se informan proyectos individuales o colectivos, ayudas para infraestructuras o para la industria, o cualquier otra actividad en la que sea conveniente cuantificar la valía científica de un investigador, un equipo o un proyecto.

El éxito de la ANEP fue inmediato, y rápidamente empezaron a solicitar sus informes no solo los organismos oficiales, sino comunidades autónomas, entidades y fundaciones públicas y privadas. La idea fue también novedosa a nivel internacional y la ANEP recibió solicitudes de evaluación procedentes de otros países y de organismos internacionales. Aparte de la mejora en el aprovechamiento de recursos, la ANEP tuvo un efecto aún más importante: crear ilusión.1,2 Una ilusión que se contagiaba y se extendía como una epidemia. En poco tiempo la Agencia se ganó el respeto de los investigadores y de las Instituciones y su arbitraje se aceptó con naturalidad y responsabilidad. Contribuyó a educar a nuestra sociedad en el gusto y el aprecio por la investigación científica. Los artífices del funcionamiento diario del sistema, los científicos de a pie, que colaboraban en la evaluación de proyectos y el funcionamiento de las comisiones, fueron también partícipes de esa ilusión colectiva; respetaban las reglas y daban lo mejor de sí mismos sin pedir nada a cambio. Percibían que, en la Agencia, los políticos estaban al servicio de los científicos y que las decisiones se hacían en base a razones objetivables; que su trabajo era útil y se trataba con respeto; un estilo cuidadosamente diseñado y aplicado desde los puestos de responsabilidad. También por aquellos años (1987) se crea el Fondo de Investigaciones Sanitarias (FIS),3 con el que el Ministerio de Sanidad complementa la investigación biomédica. Desde un primer momento, y gracias a la sintonía con el director del FIS, el Dr. José Ramón Ricoy, se coordinan esfuerzos con la ANEP.

En 1989, Roberto Fernández de Caleya organiza, con la ayuda del profesor Pedro Pascual, la Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad Investigadora (CNEAI), que realiza una evaluación de las contribuciones científicas de los investigadores que trabajan como funcionarios en la Universidad, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y otros entes públicos. Esas evaluaciones se realizan cada 6 años (los tramos de investigación) y el éxito en las mismas conlleva una pequeña mejora salarial. Tras una cierta oposición inicial, el sistema de tramos de investigación (coloquialmente, los gallifantes) acaba instaurándose con una aceptación generalizada y constituye un elemento didáctico que educa en el aprecio y valoración de la actividad investigadora.

En el período entre 1990 y 1995, Roberto Fernández de Caleya es nombrado director general de Investigación Científica y Técnica y continúa, desde su puesto, apoyando el desarrollo de la investigación científica. Tras una etapa inicial con grandes mejoras, Roberto considera que el apoyo a la investigación científica se está estancando; que la inversión en investigación y desarrollo, que había crecido espectacularmente acercándose a la Europea hasta 1994, ha dejado de crecer; son los años perdidos.2,4,5 Consecuente con sus principios, Roberto presenta su dimisión en 1995. Recuerdo perfectamente el acto de despedida, celebrado en el Salón de Actos del CSIC, abarrotado de personas y de afecto. Pérez Rubalcaba, que ocupaba entonces un alto cargo en el Ministerio, envió un telegrama que decía: «Roberto, espero que nos veamos de nuevo pronto. Si no es por que vuelves tú, por que salgamos nosotros». Pero Roberto no volvió a entrar en la política. Fue director del Museo Nacional de Ciencias Naturales en 1996 y 1997, y luego regresó a su cátedra en la Universidad Complutense de Madrid hasta su muerte en 2004.

Roberto Fernández de Caleya acometió acciones lúcidas y valientes, que cambiaron la historia de la investigación científica en España. Merece por ello nuestro afecto y nuestro recuerdo. Gracias Roberto, por crear ilusión. 

 

Bibliografía

  1.  Fernández de Caleya R.: Los comienzos de la evaluación científica en España. Quark, Ciencia, Medicina, Comunicación y Cultura 2001; 22-23: 26-8.
  2. Fernández de Caleya R.: De churras y de merinas: ¿biodiversidad en la ingeniería? Discurso de ingreso en la Real Academia de Ingeniería, 2001.
  3.  Ricoy J.R.: Del nacimiento del FIS a la consolidación de un sistema de investigación sanitaria. Quark, Ciencia, Medicina, Comunicación y Cultura 2001; 22-23: 33-6.
  4.  Lafuente A., Oro L.A.: El sistema español de ciencia y tecnología, diez años después. Papeles y Memorias de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas 2001; 9: 48-61.
  5.  Pascual P.: Ha desaparecido la ilusión. Boletín de la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular 2001; 131: 4-5.
 


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