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Revista: El proyecto político para la ciencia


Preguntas en el tintero: una contracrónica electoral de ambiente

El ciclo electoral anuncia su fin. La consulta a los partidos políticos sobre a qué futuro aspiran para el sistema español de ciencia, tecnología e innovación no ha deparado grandes sorpresas. Las respuestas hablan de continuidad por parte del actual partido en el Gobierno y de algunos cambios a propuesta de la oposición. Nada significativamente radical, algún que otro tópico y cierta decepción en el tono general, es el balance final. Teníamos otras preguntas, pero no es nada seguro que con ellas las distintas formaciones hubieran alcanzado el aprobado.

  • Redacción SEBBM

En el momento de redactar estas líneas no se ha hecho pública la fecha de las próximas elecciones al Congreso de los Diputados y al Senado. Por calendario y por oportunidad política, es previsible que se convoquen para este próximo otoño. Ante su inminencia, el Consejo editorial de la Revista SEBBM fijó el número de septiembre, coincidente como siempre con el Congreso anual de la Sociedad, como el mejor momento para publicar la opinión de cada uno de los partidos con capacidad de influencia sobre el devenir de la política científica española.
 

Por número de escaños y por capacidad de influir en la política general y de sus respectivas demarcaciones electorales, se optó por una lista de siete formaciones. Estadísticamente, son una proyección demoscópica del espacio electoral. Por consiguiente, la selección se antoja como adecuada. Se trata del Partido Popular, Partido Socialista Obrero Español, Izquierda Unida, Ciudadanos, Podemos, Convergència i Unió [en el momento de la consulta aún no se habían desmembrado en los dos partidos que formaban la federación] y Partido Nacionalista Vasco.
 

«Se partió de la idea de preguntar de forma explícita sobre aquellas cuestiones que más preocupan a gran parte de la comunidad científica.»

Del total, tres partidos declinaron participar por motivos diversos. IU y PNV adujeron falta de tiempo para responder al cuestionario. Sin entrar a debatir si efectivamente esa fue la razón, sorprende su posición por cuanto ambos partidos habían suscrito, justo al final de la legislatura precedente, la Ley de la Ciencia de 2011, aprobada por consenso parlamentario y su voto positivo. Si bien es cierto que no se preguntaba de forma explícita por la Ley, muchas de sus cuestiones estaban vinculadas a su desplegamiento, por lo que era razonable pensar que existiera un posicionamiento al respecto.
 

La respuesta de Ciudadanos, el tercer partido que declinó participar, no tuvo relación con la falta de tiempo sino con la falta de discurso, y de este modo lo admitió el responsable de elaborar las respuestas. Según nos informó, su partido ha creado una comisión específica para exponer sus propuestas en materia de I+D+i. En el momento en el que estábamos tramitando la encuesta, la comisión aún no había cerrado sus sesiones, por lo que el portavoz consideró prematuro emitir consideración alguna.
 

La cocina

Cuando se abordó tratar las propuestas de las distintas formaciones se quiso huir tanto como fuera posible de tópicos y lugares comunes. Con toda probabilidad, ese hubiera sido el resultado si nos hubiéramos limitado a pedir su libre exposición. Dado que no es la primera vez que laRevista SEBBM incluye a los partidos políticos en su sumario, había experiencia en cuanto a los resultados obtenidos.
 

La fórmula que se aplicó, y que han visto reproducida en páginas previas, partió de la idea de preguntar de forma explícita sobre aquellas cuestiones que más preocupan a gran parte de la comunidad científica. Los grandes tópicos son, como siempre, la inversión en el sistema de I+D+i, la organización, los instrumentos e infraestructuras necesarios, la innovación o el modelo universitario.
 

Para salirnos de la respuesta previsible, se ha optado por buscar en cada una de esas áreas qué punto es el que interesa resolver. Por ejemplo, hablando de inversión, para cuándo volver al nivel donde estábamos antes de los recortes; o hablando de organización, para cuándo la Agencia Estatal de Investigación y cuál va ser su formato, que viene a ser lo mismo que si se va a garantizar su independencia y se la va a dotar de los medios necesarios. 
 

Así hasta completar una veintena de cuestiones que vienen a marcar el día a día de los investigadores y de las instituciones donde están adscritos. Entre ellas, sin duda las que tienen que ver con el equipamiento necesario para participar con garantías en la gran ciencia o qué planes son esperables para el programa Severo Ochoa de excelencia científica.
 

Una gran instalación, del tipo que sea, requiere una gran inversión. Por consiguiente, si los partidos políticos opinan que es positivo para el país activar alguna de ellas, es conveniente saber si sería a costa de los presupuestos existente o bien a partir de dinero extra. La respuesta puede influir en la opinión de la comunidad científica.
 

Y lo mismo con respecto a los «severos», como ya se llama a los centros de excelencia. En sus inicios debían premiar, además del buen hacer y su capacidad de competir con la élite científica, una cierta singularidad. Al extender la acreditación, dicha singularidad pasa a desvanecerse. En tono jocoso, hay científicos que cuando se refieren al programa ya hablan de «severos, severines y severianos» en clara alusión a las diferencias que se detectan entre centros que integran un mismo espacio.
 

Los partidos políticos pasan por alto este extremo, del mismo modo que nadie cita que una de las claves del éxito de un buen número de «severos» radica en su modelo organizativo. La cita viene a cuento porque se trata de un modelo meritocrático, no funcionarial, con un alto grado de independencia y flexible y ágil en su gestión. No considerar estos aspectos en las respuestas podría interpretarse como un olvido en un sistema en el que parte de su eventual transformación tiene en ellos a su punta de lanza.
 

Un segundo olvido es el relativo a su conformación en red. Una demanda de un sector científico es tratar de generar estructuras con una amplia masa crítica con el fin de poder abordar proyectos de investigación de impacto o incluso disruptivos. El recién nacido Barcelona Institute of Science and Technology, integrado por seis centros de excelencia, es un primer paso en esta dirección. Un paso que lo sitúa en el cuarto puesto europeo por relevancia científica y volumen de investigadores.
 

Extraña que desde el Gobierno y desde los partidos políticos esta opción ni siquiera se haya abordado. Ni esta, ni la de centros de investigación en red en forma de una organización con personalidad jurídica, capacidad de gestión y presupuesto. Algo así como un paso al frente con respecto a los actuales CIBER, cada vez más limitados en su potencial como ya se está viendo. ¿Se podrían haber explicitado estas cuestiones para saber la opinión de los partidos?
 

A vueltas con la universidad

La primera pregunta que surgió en torno a la universidad es si los partidos apoyarían el modelo compuesto por universidades docentes y universidades investigadoras al estilo de los university colleges y las research universities existentes en países anglosajones.
 

Se planteó abiertamente y la respuesta fue una defensa a ultranza del modelo actual de acceso universal por cercanía geográfica, generalista y con todo de todo para universidades relativamente cercanas. Entre los investigadores crece la idea de que un modelo de este estilo acaba siendo excesivo, con duplicidades más que evidentes y al final con una merma de calidad. Los partidos no atienden a estos criterios. A lo sumo, aceptan una cierta especialización basada en fortalezas propias o en intereses geográficos.
 

Más allá del modelo, la pregunta obligada: qué van a hacer los partidos políticos con los científicos que se han visto forzados a irse y que no tienen apenas posibilidad de retorno. La pregunta no podía ser más clara. Y en la respuesta no podía haber mayor dispersión y sobre todo lugares comunes, justo lo que queríamos evitar.
 

«Qué van a hacer los partidos políticos con los científicos que se han visto forzados a irse y que no tienen apenas posibilidad de retorno...»

La pregunta concreta que se quería formular versaba sobre la oportunidad de incorporar en la carrera científica, previamente definida, un Programa de Formación Posdoctoral en el Extranjero con compromiso de retorno. La opción es bien vista por parte de la comunidad científica y responde a una demanda jamás formulada negro sobre blanco en estos mismos términos. Se sustituye en la práctica con eufemismos del tipo «se recomienda» a sabiendas que, en áreas concretas de la ciencia, se valora haber cursado alguna formación en un laboratorio de prestigio.
 

Por más que se habilite un presupuesto en esta línea, como sugiere algún partido político, o se plantee un plan de choque para reincorporar a los muchos jóvenes científicos que han encontrado opciones en el extranjero, el problema no es el retorno, sino qué hacemos con ellos una vez estén de vuelta: ¿está el sistema preparado para absorberlos? ¿Qué se les puede ofrecer?
 

Obviamente, no todos van a poder reintegrarse ni se podrán ofrecer condiciones adecuadas a todos. Un plan de choque, por tanto, no tendría sentido sin reformular condiciones de acceso. ¿Van a ser todos funcionarios? ¿Se abrirá una vía particular con el agravio que eso supondría? Tal vez la mejor solución, por dolorosa que sea en el plano individual, sea generar esas posiciones para que un episodio de estas características no vuelva a suceder y para que aquellos que ya investigan en laboratorios de otros países tengan una opción de regreso. Poco clara queda esta respuesta entre los partidos políticos, mientras que muy clara es entre miembros destacados de la comunidad científica.
 

El debate sobre la priorización, por otra parte de interés en Europa, se resuelve con ideas vagas, lo que demostraría ser un tema que es visto de soslayo por los partidos. Apostar abiertamente por un área de conocimiento significa poco menos que construir una pirámide en la que deben tener cabida las múltiples piezas que intervienen en la misma.
 

Es investigación básica para generar un punto de partida; es determinar áreas de investigación orientada en nichos no ocupados; es buscar oportunidades de aplicación no cubiertas; es competir con quien efectúa la misma apuesta, y es aportar altos niveles de cultura de la innovación. Y nos dejamos una larga lista de lo que es. En cualquier caso, no es abrir un área en forma de acción especial presupuestaria con una dotación que da para unos pocos a los que se niega potencial de expansión.
 

Dicho de otro modo, una apuesta entendida como prioritaria o de valor estratégico o se acompaña de un plan detallado de acción y se la dota adecuadamente para favorecer su crecimiento, o no es una apuesta. No se trata solo de meter dinero, aunque es indispensable. Y por supuesto, no se trata tampoco de generar una fortaleza, como ha ocurrido con la I+D en energías renovables, donde España ha llegado a ser una potencia internacional, para después dejarlo caer por motivos de interés político.
 

Suspenso en innovación

 

P

oco aparentan saber los partidos políticos sobre innovación. En especial, los mayoritarios. Solo hay que ver los rankings internacionales para darse cuenta. El cuestionario perseguía obtener respuestas concretas sobre medidas a adoptar. Y las preguntas así lo explicitaban. Las distintas formaciones tratan el tema de soslayo.

El descenso de España hasta el puesto 40 mundial atestigua que no se le está prestando a esta materia la suficiente atención. Más sangrante es, si cabe, observar cómo en Europa España retrocede hasta la posición número 19. 

Si se tiene en cuenta que la innovación, bien sea disruptiva, acumulativa o por mejora de procesos, servicios y productos es la base real de competitividad en el mundo globalizado en el que nos manejamos, la primera gran conclusión es que España no pasa de la medianía, salvo excepciones, en lo que ofrece al mercado. Si es así, poco se puede competir en el mundo a no ser que sea por costes. Por consiguiente, sin valor añadido. 


«Sin un sistema sólido de ciencia y tecnología difícilmente se alcanzará la excelencia en innovación.»

Si se considera la innovación como un todo en el que la investigación y el desarrollo son los pasos previos, cabe interpretar que sin un sistema sólido de ciencia y tecnología difícilmente se alcanzará la excelencia en innovación. Y menos si se confunden los términos y las inversiones no son las adecuadas, lo cual no exime de tomar riesgos.

En último término, uno diría que el debate sobre la innovación nos retrotrae a una vieja discusión todavía no resuelta en España. Esto es, qué modelo económico tiene sentido para este país. Para la mayor parte de los partidos políticos, la tendencia anunciada es clara: cambiar el crecimiento económico basado en el ladrillo y el sol y la playa por el que se sustenta en el conocimiento y el valor añadido como factor de competitividad. 

El primero, como es sabido, es frágil y siempre al albur de los ciclos económicos, los cuales de ningún modo puede controlar España. El segundo, más costoso y lento en su desarrollo, admite períodos acíclicos y mantener un cierto control sobre factores externos. La inversión en tiempo, recursos y capital humano es mayor, en efecto, pero las sacudidas del mercado tienen un impacto mucho menor. 

España anuncia intenciones pero sigue sin apostar claramente. Se ha crecido, y bien, aunque poco, en I+D, pero poquísimo en la segunda I. Tal vez los partidos políticos, todos sin excepción, debieran abrir el debate para tomar una decisión de una vez por todas y evitar que lo urgente se imponga siempre sobre lo importante.


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