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Cómo triunfar en tiempos de crisis

No hay datos oficiales sobre la fuga de cerebros y su impacto en el sistema de ciencia y tecnología español. Los oficiosos apuntan a que el número de investigadores en el extranjero, especialmente los más jóvenes, crece a un ritmo superior al 6 % anual. Mientras, España se descapitaliza en talento, un mal augurio para quienes sostienen que la única salida viable a la crisis pasa por la inversión en I+D+i.

  • Xavier Pujol Gebellí


  • Gemma Beltrán

  • Biotecnología Enológica, Departamento de Bioquímica y Biotecnología Facultad de Enología, Universitat Rovira i Virgili

E
n 2003 Josep Piqué ostentaba el cargo de ministro de Ciencia y Tecnología en sustitución de Anna Birulés, nombrada ministra por José María Aznar con la intención de apaciguar al convulso sector de las telecomunicaciones. Piqué estuvo poco tiempo en el cargo, el suficiente, sin embargo, como para provocar una de las más airadas protestas de la comunidad científica en tiempos recientes. «En la actualidad existen muchos más científicos extranjeros trabajando en España que españoles en el extranjero», decía Piqué en enero de ese año en una carta publicada en la revista Science. Como respuesta, otra carta con 2700 firmas publicada igualmente en Science, aseguraba la existencia «de una preocupante fuga de cerebros», al tiempo que lamentaba la falta de condiciones para los investigadores en España.
«Se han consolidado instituciones científicas de nuevo cuño, mucho más ágiles y flexibles en objetivos y gestión de sus presupuestos. Todo este capital en forma de talento y resultados corre serio peligro, especialmente por la pérdida de capital investigador.»

Diez años más tarde, la historia se repite. Las diferencias, que las hay, deben buscarse en el contexto. En 2003, la inversión en el sistema rondaba el 1 % en relación con el PIB y llevaba varios años estancada; hoy la inversión alcanza el 1,27 %, según datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), pero ha habido un retroceso superior al 40 % en los últimos cinco años, lo que ha retrotraído los números hasta prácticamente un decenio atrás.

De por medio ha habido un incremento notable que llevó a la ciencia española a puestos destacados en los rankings de producción y calidad científica; se atrajo talento internacional, sobre todo a través del Programa Ramón y Cajal; y se han consolidado instituciones científicas de nuevo cuño, mucho más ágiles y flexibles en objetivos y gestión de sus presupuestos. Todo este capital en forma de talento y resultados corre serio peligro, se argumenta desde muy diversos foros. Especialmente por la pérdida de capital investigador.
 

Ni café ni para todos

Los presupuestos para la I+D+i española han pasado de los algo más de 9000 millones de euros en 2009 a los cerca de 6000 en 2013. Con semejante recorte, no ha habido más remedio que hacer ajustes en el sistema. No hay posibilidades de expansión, como bien recordaba Andreu Mas Colell, actualmente en el Gobierno de la Generalitat catalana y con larga experiencia en política científica, como atestigua su anterior cargo de secretario general del European Research Council. Otra cosa es el mantenimiento y, como reclama Joan Massagué, recién nombrado director del Instituto Sloan-Kettering de Nueva York, «una poda racional» para permitir un crecimiento armonioso cuando los tiempos sean propicios.

Dicho de otro modo, sería menester aprovechar los tiempos de penuria para, al menos, racionalizar el sistema. Esto es, someter a centros de investigación y departamentos e institutos universitarios a una profunda evaluación de resultados, apostar por su reordenación facilitando su agrupación o, en caso necesario, su eliminación. No son pocos, en este sentido, los científicos que sostienen que «hay demasiados centros» y que muchos de ellos son «inoperantes o científicamente discutibles». Nada de esto ha sucedido por más que las instituciones se declaren sometidas a evaluación. Ni la que acometió el CSIC tiempo atrás ni las realizadas por las universidades parecen haber traído consecuencia alguna.

Mientras, el Gobierno prepara su enésima revisión del sistema. Luis de Guindos, titular de Economía y Competitividad, anunció recientemente su intención de «revisar a fondo» el sistema con el objetivo de ganar en competitividad. La revisión, siguiendo «directrices de Europa», según declaraciones del ministro, debe efectuarse durante el primer semestre de 2014. Posteriormente, Economía, previsiblemente en boca de Carmen Vela, secretaria de Estado del ramo, elevará «recomendaciones» a los actores del sistema.

Vistos los resultados de los dos primeros años de gobierno del Partido Popular, en los que se han sucedido episodios marcados por los recortes y los retrasos en la convocatoria del Plan Estatal de Investigación, entre otros desaguisados, cunde el temor a que el sistema acabe colapsando. Los casos del Centro de Investigación Príncipe Felipe, de Valencia, saldado con un centenar largo de despidos, o el colapso financiero del CSIC, no ayudan en absoluto a disipar los temores.

Si no son tiempos de expansión, si el sistema se revisa solo atendiendo criterios economicistas –dando un valor al alza al factor innovación, de acuerdo con Economía– y no se articulan instrumentos para ganar en eficacia, el paso intermedio que se adivina entre la situación actual y el colapso –o la situación actual y la recuperación– podría ser un impasse sustentado en la financiación «de los mejores», la destrucción de plazas de investigador y un redimensionamiento del propio sistema. Se acabaría así con el café para todos pero, de nuevo, cunde el temor a que se apliquen criterios políticos y no científicos.

Cerebros regalados

Así las cosas, y pese al ligero aumento anunciado por De Guindos en los Presupuestos Generales del Estado para 2014 y su disculpa pública por la «poca atención» prestada hasta ahora al sistema, uno de los actores que están saliendo peor parados de la crisis son los investigadores, «sin oportunidades ni condiciones» de desarrollar un trabajo digno, coinciden líderes de grupo, directores de centros o investigadores séniors. Para todos ellos, no hay duda de que se está materializando una nueva fuga de cerebros. En este caso, como escribía la astrofísica Amaya Moro en Nature, de carácter «multigeneracional y de la que tardará décadas en recuperarse».

A este lamento, que es más bien una acusación en toda regla, respondía hace unos meses la ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez, aludiendo a la «movilidad exterior». Con la socorrida cita negaba el rampante flujo migratorio de jóvenes, y no tan jóvenes, españoles en busca de una oportunidad laboral lejos de su tierra. Entre ellos, centenares de jóvenes investigadores que en España apenas encuentran plazas en calidad de becarios y que en centros extranjeros pueden desarrollar su labor en condiciones dignas. Báñez, en la misma comparecencia, aseguró que «se está trabajando» para que «el talento huido por la crisis» pueda volver. En aras de la movilidad exterior, Báñez y su homóloga alemana, Ursula von der Meyen, firmaron el pasado mes de octubre un convenio para agilizar la contratación de 5000 jóvenes españoles al año para trabajos cualificados en Alemania.

«Es sabido que el talento se desplaza hasta donde hay recursos, es decir, a plazas en las que pueda desarrollar su carrera sin trabas y disfrutar de estabilidad. Pero también lo es la tradicional inmovilidad de científicos y emprendedores españoles.»
Los datos relativos a si hay o no fuga de cerebros son confusos y en ningún caso oficiales. Sí lo son los que ofrece el INE. De acuerdo con el instituto de estadística, 2012 se cerró con una tasa de paro juvenil cercano al 55 %. Y según la Encuesta de Población Activa (EPA), muchos de los jóvenes que terminan sus estudios optan por la emigración como salida, a un ritmo que supera ya el 6 % anual entre los menores de 25 años. Si esto es así para jóvenes sin expectativas laborales, muchas de ellas cualificadas, en España, ¿no lo va a ser para los jóvenes investigadores?

La falta de datos oficiales dificulta la elaboración de un censo preciso, por lo que la tarea debe resolverse por estimación. Algunas agrupaciones de investigadores residentes en el extranjero, sobre todo en países europeos, cifran el goteo constante en centenares de traslados, en su mayoría debidos a «la falta de oportunidades» de investigadores excelentemente formados. La cifra, según estimaciones para nada oficiales, oscilaría entre el 6 y el 10 % anual. El ministerio de Economía y Competitividad lo niega. Todos, en la comunidad científica, lo dan por cierto.

El ministerio se aferra al «normal trasiego de talento», algo que hasta cierto punto es comprensible. Es sabido que el talento se desplaza hasta donde hay recursos, es decir, a plazas en las que pueda desarrollar su carrera sin trabas y disfrutar de estabilidad. Pero también lo es la tradicional inmovilidad de científicos y emprendedores españoles. De acuerdo con un estudio del National Bureau of Economic Research, de Massachusetts, el número de investigadores extranjeros afincados en España supera por poco el 7,3 % del total, mientras que solo el 8,4 % de investigadores españoles trabajan fuera. Este último porcentaje es el que está variando en los últimos años a un ritmo difícil de precisar.

Sin datos pero sí con percepción y documentación de casos concretos, la Federación de Jóvenes Investigadores/Precarios denunciaba recientemente a través de José Manuel Fernández, uno de sus portavoces, lo que es vox populi entre la comunidad científica. «Los científicos formados aquí se van fuera para poder hacer una investigación digna», a lo que añadía a modo de latiguillo una frase que ha hecho fortuna en las redes sociales y otros foros: «Somos la generación mejor preparada, pero nos estamos convirtiendo en la generación regalada a otros países».


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