A+ A-


Invertir en conocimiento para invertir el destino

Durante años, los científicos hemos concentrado esfuerzos en convencer a los políticos de la necesidad de invertir en ciencia. Craso error: nuestro objetivo debe ser la propia sociedad civil. 

  • Miguel Ángel de la Rosa

  • Editor de SEBBM

N

uestros padres y abuelos siempre entendieron que la educación y la formación constituyen la base de la mejora social de los más desfavorecidos, el mejor instrumento para luchar contra la discriminación y la ignorancia. Y no dudaban en sacrificar los ahorros de la familia para darle estudios –y, mejor aún, carrera universitaria– al hijo primogénito con la esperanza de que años después sacara adelante al resto de los hermanos. Desde la sencilla e intuitiva inteligencia del campesinado fueron capaces de asumir que invertir en conocimiento era la única forma de invertir el destino familiar.

De igual manera, hoy deberíamos ser conscientes de que invertir en ciencia y tecnología es la única palanca para invertir el futuro del país, de manera tozuda empecinado en un modelo económico trasnochado. No parece que sea este, sin embargo, el camino emprendido por los últimos gobiernos, ya fueran socialista o popular. La situación de la ciencia en España se ha ido deteriorando paulatinamente en los últimos años hasta el punto de que ha dejado de ser grave para pasar a ser crítica. En este contexto deben entenderse las palabras del presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) a comienzos de julio, entradas ya las calores del verano, al anunciar que el organismo que preside, buque insignia de la ciencia española, se encontraba próximo a sufrir un cataclismo. La razón de tales declaraciones no era otra que la aprobación por el Gobierno de una inyección al Consejo de 25 millones de euros, a todas luces insuficiente y lejos de los 100 millones que Emilio Lora-Tamayo viene reclamando desde hace meses para poder terminar el año.

¿Por qué regatear apenas unas decenas de millones de euros de la totalidad de gastos del Estado aun a riesgo de poner en peligro a tan señera institución? ¿Quizá porque se considera que la partida presupuestaria destinada a ciencia es, en efecto, un gasto y no una inversión? Resulta difícil responder a estas preguntas, sobre todo cuando hasta hace muy poco nuestros dirigentes políticos se mostraban convencidos (?) de que la ciencia era el motor fundamental de la economía del futuro, la base del desarrollo industrial y progreso socioeconómico del país. Son ya muchos los años de recortes drásticos y continuados con el objetivo de aligerar los presupuestos del Estado de la pesada carga, por decirlo con cierto eufemismo, que representa su contribución al funcionamiento del sistema.

Durante años, los científicos hemos concentrado esfuerzos en convencer a los políticos de la necesidad de invertir en ciencia. Craso error: nuestro objetivo debe ser la propia sociedad civil. Solo cuando convenzamos a nuestros conciudadanos de que los fondos destinados a ciencia y tecnología no son un gasto sino una rentable inversión de futuro se verán los políticos comprometidos a mantener un sistema de I+D+I estable y duradero, sin sometimiento a los vaivenes ni a las penurias del momento.

No cabe duda de que los recursos son limitados y establecer prioridades forma parte del arte de la política. Pero precisamente en época de pobreza y recortes es cuando hay que apostar por la educación y el conocimiento, como ya hacían nuestros padres y abuelos.


¿Te ha gustado este artículo? Compártelo en las redes sociales: