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Revista: Publicar a cualquier precio


El favor de escribir

Reflexionamos con este veterano periodista sobre el cambio de paradigma actual en la edición científica: en vez de que el editor necesite publicar, seleccionando y pagando más que otros para asegurar su prestigio, es el autor el que necesita ser publicado, naturalmente sin cobrar, para incrementar y mejorar su historial. Estamos ante el poder de una convención, la de los artículos publicados.

  • Germán Yanke

  • Periodista

N
o es nada nuevo escribir de favor, publicar gratis. Y no lo es tampoco en las más altas cumbres de la literatura. Thomas S. Eliot, por poner el ejemplo de un poeta que contribuyó a cambiar el rumbo de la literatura del siglo XX, lo hizo, para darse conocer, en la revista The Egoist y, cuando fundó Criterion, lo pidió a otros. Luis Cernuda quedó desolado cuando no logró, a pesar de no cobrar, ver publicada una traducción de sus poemas en esta última. Connolly hizo con muchos lo mismo en Horizon. Y con los libros, a menudo en reducidísimas tiradas a pesar de su influencia, ocurría lo mismo, como les pasó a algunos de los autores «afortunados» que publicaron en la artesanal Hogarth Press de Virginia y Leonard Press. De hecho, Eliot no ganó dinero de verdad como escritor, aunque nadie discutiera que era un profesional, hasta que, ya fallecido, se utilizaran sus poemas sobre gatos para el musical Cats. El éxito lo disfrutó su viuda. Los ejemplos de indigentes suspirando por ver uno de sus textos publicados de favor se cuentan por cientos, en Europa y al otro lado del Atlántico. Y los que publicaban estos textos sin pagar aparecen en la historia de la literatura como inteligentes descubridores y generosos promotores.

Algunos publicaban así porque podía más el afán de promover unas ideas o un concepto de la literatura que el sustento. Participaban en un proyecto intelectual más que en un negocio. O porque no había otro modo de darse a conocer, sentirse reconocidos o «estar presentes» en un mundo en el que, como ahora, las revistas y publicaciones tenían más de plataforma, prestigiosa en ocasiones, que de objeto de consumo en un hipotético mercado. Wallace Stevens devolvió los pocos dólares que le hicieron llegar tras publicar algunos poemas en una revista («¿Ganar dinero por unos poemas? No, por favor»). Claro que no todos eran, como él, afortunados vicepresidentes de una importante compañía de seguros.

El mundo académico, sobre todo en Estados Unidos pero también en el resto del mundo, dio otro empujón a esta escritura de favor. La evaluación académica, de la que dependen el prestigio y los contratos, supone publicar aquí o allí, ser aceptado como investigador original, divulgador y escritor profesional. No es, al menos de modo directo o inmediato, ganarse el sustento con un artículo sino ganarse la vida, la futura vida académica o literaria, con la «inversión» de un texto gratuito. Uno necesita publicar y no exige más, o incluso paga de un modo u otro, y el editor, sin ofrecer otra compensación, te publica, te reconoce tu valía, te coloca en el mercado. A la postre no se sabe bien si uno escribe de favor u otro publica haciéndote un favor…

«Existe una supuesta teoría de que el derecho es el derecho a la cultura sin restricciones y no el ‘derecho de autor’ y su compensación económica.»

Este sistema de intercambio, en el que el valor es la publicación y no la autoría de un escrito, ha venido a confluir con una degradación en la opinión pública de los derechos de autor. Paradójicamente, cuando aumenta la legislación que teóricamente los protege la opinión pública y los convenios internacionales en la materia, los consumidores aprovechan las posibilidades técnicas no solo para acceder a textos, representaciones, música, etc. sorteando la legalidad, sino sustentando esta en una supuesta teoría de que el derecho es el derecho a la cultura sin restricciones y no el «derecho de autor» y su compensación económica. El derecho de autor anglosajón nació poniendo el acento en el derecho de copia, es decir, el derecho del editor, en el momento de la aparición de la imprenta, sobre lo publicado que había pagado previamente al autor. El acento, en el continente, se colocaba sobre el autor y sus derechos sobre la obra, a perpetuidad o durante un tiempo antes de pasar al «dominio público». La curiosidad, en un país como España que se caracteriza más que otros por el desprecio a los derechos de autor, es que fue aquí donde se realizó la primera reclamación formal de los derechos de un escritor –Antonio de Nebrija, autor de la célebre Gramática castellana e impulsor de la imprenta de la Universidad de Salamanca–, antes incluso del Estatuto de la Reina Ana del Parlamento inglés (1710), primera norma sobre el copyrigth de la historia.

Pero estas disquisiciones sobre el derecho de copia poco tienen que ver con la costumbre de escribir de favor, o con el favor de escribir, porque no se trata de los derechos del impresor sobre lo que ha pagado al autor sino de la renuncia del autor a cualquier emolumento si logra, así, publicar. Lo que quiero subrayar es que este tipo de acuerdo, por las razones que se han expuesto, coincide ahora en el tiempo con la idea, bastante generalizada, que la contraprestación de dinero por un texto es, en todo caso, algo voluntario y excepcional porque el derecho verdadero sería el acceso general, facilitado por la técnica (es decir, propio de nuestro tiempo) a cualquier obra de cultura. Así, el favor sería, en todo caso, publicar. El favor y lo común, ya que lo normal sería ajustarse a las normas que velan por los derechos del creador o del investigador, del escritor o del divulgador. Lo que sustentan los casos excepcionales en que se paga por un texto, sea de la naturaleza que fuese, serían el agradecimiento insospechado y la lealtad sin tacha del publicado a quien le publica, como se observa en el mundo de la edición o del periodismo, y no el intercambio lógico entre el creador y el impresor.

Entre una cosa y otra, no son estos tiempos buenos para los creadores. Y aún peores para los que, por razones académicas y profesionales, precisan publicar para reforzar su curriculum a cualquier precio que, en el mejor de los casos, es ninguno. Y esto es así, como una suerte de dogmática exigencia, porque la convención de los artículos publicados se impone a otros baremos sobre el valor del investigador o creador que, sobre todo en el ámbito profesional, podrían ofrecer una valoración más ajustada de la valía del candidato. El paradigma ha cambiado: en vez de que el editor necesite publicar, seleccionando y pagando más que otros, para asegurar su prestigio es el autor el que necesita ser publicado, naturalmente sin cobrar, para incrementar y mejorar su historial.

Siendo esto llamativo, lo verdaderamente sorprendente es la valoración de la opinión pública de esta realidad, más que comprensiva con el «favor de escribir», como si fuese lo natural, lo lógico, lo que no necesita esfuerzo alguno para ser cambiado. Al investigador se le paga publicándole y no tiene, para el público, derecho a más. No se contempla en ello ni rareza ni injusticia. Al investigador puede pedírsele, por ejemplo, un texto introductorio para el folleto de un centro de investigación o para el documentado anuncio de un premio. Al escritor se le pide, por su lado, un texto para acompañar una exposición o completar la documentación de un acto público. Si ya se les hace un honor con la publicación o la elección como autor entre tantos otros posibles, que siguen en la fila de los que esperan en iguales condiciones, cómo hablar, además, de emolumentos. Unos adornan sus iniciativas y otros logran el premio de estar presentes y visibles. La valoración de la investigación o la creación no queda marcada tanto por este juego de intercambios sin dinero, sino por comparación. La desgracia de los escritores, científicos o creadores, queda clara con ella.

A ningún organizador de una exposición, por ejemplo, se le pasa por la cabeza que los carpinteros o instaladores trabajen sin cobrar, que la imprenta que haga el catálogo no cobre la correspondiente factura o que el transportista de las obras se sienta satisfecho con su participación profesional en el evento. Asimismo, a ningún responsable de un centro de investigación académica se le ocurre que, por la importancia del mismo, el arquitecto, el constructor o el encargado de la limpieza para que el acto público trabajen gratuitamente. ¿Quién puede dudar que las invitaciones, la correspondencia, la organización del festejo o las relaciones con la prensa tienen, como trabajos profesionales que son, un coste determinado? Sin embargo, el escritor que publica una hermosa narración sobre los avatares y los sufrimientos de la creación en el catálogo, o el investigador que resume concienzudamente la situación de la ciencia en el momento en que se inaugura el centro citado como ejemplo, tendrán que conformarse con ser elegidos y publicados. Como comparación, un absurdo.


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