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MARÍA TERESA MIRAS PORTUGAL Catedrática de Bioquímica y Biología Molecular de la UCM

«La universidad española necesita una profunda revisión»

María Teresa Miras Portugal es una de las grandes damas de la ciencia española. Lo atestiguan sus más de 200 artículos de investigación publicados en revistas de impacto, además de una labor docente e institucional de valía contrastada. En 2012 fue nombrada presidenta del Comité de Expertos para el estudio de la necesidad de reformas en la universidad española. El informe, un compendio de propuestas de mejora, fue librado la pasada primavera. Más allá de su contenido, Miras se muestra crítica con la situación actual y reclama una profunda revisión del sistema universitario español.

Xavier Pujol Gebellí

  • Xavier Pujol Gebellí

Su propuesta de mejoras del sistema universitario español viene a ser el sexto informe elaborado en los últimos 20 años. Y en el diagnóstico coinciden muchos de ellos. ¿No será porque nada cambia, a pesar de todo?
 
Cualquiera que esté preocupado por el futuro de la universidad como generadora de talento y de riqueza, los problemas los ve, no hace falta ser un lince. Lo vio el Informe Tarrach, el último elaborado, todos sus precedentes, y también nosotros, los autores de este último. Y a pesar de ello, sigues viendo que no se optimizan los recursos, que no se rinden cuentas visibles, que los resultados son los que son.
 
No es una visión muy optimista.
 
Obviamente, hablo en general. Hay excepciones magníficas. Lo que ocurre es que la universidad ha crecido mucho y de una manera desorganizada. No hay especialización, se ha pasado del sistema de oposiciones al contrario, lo cual es un atraso. Como resultado, la gente más valiente, más valiosa, es la que se ha acabado marchando. Y no se ha recuperado simplemente porque no había plazas para ellos. Lamentablemente, se ha ido seleccionando, salvo excepciones, a personas demasiado acomodaticias.
 
«No me parecería mal un sistema de oposiciones que corrigiera errores del pasado como la endogamia o sistemas de evaluación injustos.»
Está claro que no comparte el actual sistema de selección de personal.
 
Tal como está el país no me parecería mal un sistema de oposiciones que corrigiera errores del pasado como la endogamia o sistemas de evaluación injustos y se pueda valorar correctamente los currículum. La baraja no sirve, hay que adaptarse a los tiempos y a las exigencias que corren.
 
¿Es este uno de los grandes males de la universidad española?
 
Lo es. El sistema de selección no está optimizado. Se acreditó en su día a demasiada gente con criterios poco claros y poco convincentes.
 
¿Qué otro destacaría?
 
En mi opinión salen demasiados alumnos poco preparados para los puestos que hay; o se forma gente en exceso para áreas que no son necesarias o con poca demanda; o gente muy preparada en determinadas áreas no trabaja en lo que se ha formado. Eso es muy grave.
 
¿Falla la especialización?
 
Si todo es todo y todo es generalista, el resultado es que se sigue aumentando sin límite un tipo de formación que acaba siendo poco adecuada y a menudo con una inflación notable de alumnos formados en determinadas áreas en detrimento de otras. En los últimos diez años, los alumnos de ciencias han caído casi un 30%.
 
¿Hay que revisar el catálogo de titulaciones?
 
Desde luego. Se está reclamando ya desde muy diversos foros. Entre ellos, los consejos sociales, que plantean también una revisión a fondo del sistema de protección intelectual. La universidad española padece un cierto grado de otritis. Hoy las OTRI, siempre salvo excepciones, no funcionan bien.

Faros de libertad

María Teresa Miras Portugal (Carvallino, Orense, 1948) se siente profundamente satisfecha con su carrera docente e investigadora. Diríase que lo suyo más que vocación, es pasión. La misma que en sus primerizos años la llevó de Santiago de Compostela, donde inició su carrera, a Madrid. Era la década de los sesenta, y de su Santiago recuerda que añora un cierto aire de libertad. «En la periferia se respiraba más libertad que en el centro, enclaustrado todavía en un aire muy mesetario.»

Tras terminar la carrera en Madrid, se marcha al entonces Centro de Neuroquímica de Estrasburgo. La vuelta, un tiempo después, pese a conseguir plaza en el laboratorio de Alberto Sols, «fue dura». Había renunciado a un contrato en Francia a cambio de la incertidumbre del país. De Madrid a Murcia, donde aprende «la riqueza del Mediterráneo», y luego de vuelta a Madrid, a la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense, donde sigue muchísimos años después.

Con el tiempo acumula méritos científicos más que notables: 220 trabajos de investigación publicados en revistas con índice de impacto y casi 6000 citas acumuladas. En su haber como neurocientífica destaca el ser iniciadora de nuevas líneas, una de las cuales, asociada con el crecimiento de los axones y la diferenciación neuronal, le ha valido una patente internacional para epilepsia refractaria.

En el ámbito institucional, además de su paso por la SEBBM, destaca su presidencia de la Real Academia Nacional de Farmacia, puesto que ocupa durante dos mandatos. «Allí me he encontrado gente como yo, que han sido resistentes frente a todo, los que han trabajado toda la vida, los que disfrutan del conocimiento.» Del papel de las academias en España, entiende que deberían ganar en protagonismo, a la par que en agilidad: «si se les da un poco de juego, las academias pueden ser el elemento de libertad que necesita el país», reflexiona.

Y como presidenta del Comité de Expertos que ha elaborado el informe titulado Propuestas para la mejora y reforma de la calidad y eficiencia del sistema universitario españoldestaca la voluntad de entente de todos sus miembros, «pese a las discrepancias». Algo que echa de menos en otros ámbitos. «A veces pienso que a todos nos falta visón de futuro.»

Dice que las estructuras de apoyo a los resultados de investigación son poco eficientes.
 
Ni están coordinadas ni ofrecen el mejor de los servicios posibles. Pero, bien mirado, es lógico porque no hay trayectoria ni recorrido. Y eso es algo que no se improvisa. Necesitamos a personas que pongan sus neuronas al servicio de este tema. Y tenemos pocas.
 
¿Entiende que hay demasiadas universidades?
 
Hay muchas, pero la cantidad no me preocupa extraordinariamente. Lo que me preocupa es que se dé una docencia de calidad y que se sepa en qué se van a emplear los alumnos egresados, si es que lo hacen, y que lo están en algo relacionado con lo que han estudiado.
 
… Se dice que muchas y muy generalistas.
 
También me preocupa que todas las universidades puedan dar todo. Lo interesante es que hubiera universidades especialmente buenas en alguna materia que obligara a todos a acudir a ella porque es la número uno. Esa universidad, con eso, se justifica a sí misma. No se pueden tener todas las especialidades en cada esquina.
 
¿Se entraría así en los rankings internacionales?
 
Para entrar en esas clasificaciones hay que ser una universidad nueva, con un sistema ágil de contratación que permitiera fichar a un nobel, al seminobel y a unos cuantos entre buenos y muy buenos. Así se entra rápido. Pero en España hay que lidiar de otro modo. La Universidad Complutense de Madrid tiene 700 años, como tantas otras. Hay que pensar de otro modo.
 
Esto de la universidad se parece demasiado a una cebolla con multitud de capas de intereses creados que no te dejan ver la esencia.
 
No te dejan ver la esencia porque no estamos acostumbrados a una tasa de renovación y a que la gente que entra en la universidad se quede en prácticas toda la vida. No todo el mundo puede ocupar puestos de líder ni a todo el mundo se le echa. Hay muchos puestos que cubrir y muchos y muy diversos intereses.

«Hay que ser capaz, valiente y competitivo»

¿Se resiente la calidad docente con todos esos problemas acumulados?

Muchísimo. Porque no se va seleccionando. Lo que tuvo de bueno la universidad, al menos en esa época heroica en la que casi no había universidades, es que muchos salimos al exterior y aprendimos de la exigencia. Había ilusión y compromiso, y aunque bien es cierto que no eran todos, la mayoría venía con ganas de construir universidad. Se formaban departamentos, gente, se buscaba dinero para equipamiento o becarios… También se iba seleccionando, pero era en positivo. Tal vez porque no había más remedio. Y ahora nos encontramos que gente que llevaba 20 años sin un proyecto de investigación o que no ha publicado desde nunca o que apenas ha dirigido una tesis, ahora es catedrático acreditado…

Algo no funciona bien, pues.

Claro, porque vas acumulando y no es a favor, sino todo lo contrario. Lo que ahora uno se pregunta es cuántos años, seleccionando del mejor modo, va a ser posible revertir la situación. Es que ni seleccionando a los que cumplen los criterios de Shangai ese momento va a llegar pronto. Por supuesto, no antes de 20 años.

El momento al que alude era de construcción.

Se estaba en proceso de construcción de casi todo. De una universidad, de una sociedad, de una democracia… Y hacíamos ciencia de calidad, que es la que te lleva a la excelencia. Y también se construía pensamiento de calidad.

Esta generación está extinguiéndose ya, la biología no perdona.

Efectivamente, aunque los que quedamos seguimos pensando igual. No creíamos ni creemos en un profesor de universidad mediocre, empequeñecido o trágico, que esta parece que sea la imagen actual. Y hay que ser capaz, valiente y competitivo. Aprendimos a sacudirnos los complejos.

¿Hay relevo?

Sí lo hay. Lo que pasa es que muchos, entre ellos yo, no nos retiramos porque seguimos haciendo cosas muy bonitas. En mi caso, una patente para epilepsia refractaria. ¿Cuándo antes soñamos con tener algo así?

Se le ve un cierto aire de rebeldía ante la situación actual.

Pues sí, nunca me he conformado. De mi padre he heredado esa sabiduría del pueblo, pasada por el tamiz de la universidad de filosofía y de derecho. Padeció la Guerra Civil y se convirtió en un superviviente nato. Y así soy yo. Me gusta la ciencia, que mis clases sean buenas, que pueda formar a mis alumnos de una forma correcta y honesta. Y plantar camelias en Galicia. Lo otro, el aullido, no me interesa.

¿Y qué pasa con los rectores?
 
Hay de todo. Los hay absolutamente magníficos y los hay que no, que esperan que se les rinda pleitesía. En nuestro informe pedimos transparencia y que el rector tenga que rendir cuentas. Pedimos que exista un órgano en el que, aunque el rector tenga que ser siempre un docente, que pueda ser de cualquier sitio, que se le elija por su valía. Sea de donde sea, de Europa o de cualquier lugar del mundo.
 
Para todo eso se necesitan recursos y hay los que hay y a veces ni esos.
 
Los recursos nunca han sobrado y es verdad que las universidades han crecido como hongos. Hay comunidades autónomas con muchísimas universidades, como es el caso de Madrid entre públicas y privadas. Y es verdad que los recursos son escasos y que lo van a ser más, porque van a estar más divididos. A ello hay que añadir el peso de las universidades históricas, sin tanta agilidad como las jóvenes.
 
¿Y con las tasas?
 
Lo de las tasas es un arma de doble filo. A los alumnos se les cobra. ¿Revierte eso en las prácticas, en que los laboratorios estén mejor dotados, en que nosotros los profesores podamos hacer un trabajo digno, en los máster? Tengo mis dudas.


Fotos: Alberto Cubas


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