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García Olmedo en el espejo

En el espejo de los días

Francisco García Olmedo

Visión Libros, Madrid (2012), 224 p.

  • José Pío Beltrán

  • Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas (CSIC-UPV) Valencia

Francisco García Olmedo rindió cuentas de su quehacer profesional públicamente como catedrático de Bioquímica de la Universidad Politécnica de Madrid en 2008 y comenzó una nueva vida. De hecho, cinco años después, en las solapas de este libro se dice escuetamente que «ha investigado sobre ingeniería genética de las plantas» al tiempo que se enumeran los otros diez libros que ha publicado incluyendo ensayos, narrativa y poesía. En el espejo de los díaspertenece al género autobiográfico en formato de etopeya, es decir, García Olmedo permite al lector acercarse a los rasgos más íntimos de su personalidad –psicológicos, éticos y espirituales– a través de su relación con familiares, amigos y conocidos. Somos lo que somos; también lo que creemos ser y lo que los demás perciben de nosotros. El autor nos avisa así como el pintor utiliza un espejo para autorretratarse; él utiliza el acontecer de un falso diario para contarnos quién es o quién cree ser. El resultado se parece más a un autorretrato picassiano que al que se puede contemplar de Alberto Durero en El Prado. Las 224 páginas del libro proporcionan los rasgos maestros de un García Olmedo muy reconocible. El libro rezuma voluntad de trascendencia. Paco acepta el riesgo de Narciso.

En el espejo de los días se lee con facilidad y en él se entrelazan personajes y situaciones que explican al García Olmedo más allá de su perfil de bioquímico, introductor en España de las técnicas de mejora de los cultivos biotecnológicos. Así, nos encontramos con el novelista Antonio Ferres, mentor del libro, y con su colega Cipriano Aragoncillo del que he leído algún cuento breve encantador; con el mejorador Norman Borlaug, cuyas variedades de cereales de porte reducido hicieron posible la segunda revolución verde, y las calumnias que sobre su persona puso en circulación la organización Greenpeace, sobre cuyo funcionamiento nos desvela García Olmedo algunas claves. De paso, pone en su sitio a José Bové, hijo de reputados científicos franceses y «terrorista contrario a la investigación agronómica», a raíz de la destrucción de campos de cultivos transgénicos experimentales de colegas catalanes en Francia (quizás, y a pesar de lo que piensan García Olmedo y Pepe López Barneo, habría que llevar a Bové hijo al psicoanalista). Aparecen Marc van Montagu, el inventor de la transgénesis vegetal, los restaurantes de Bruselas y su guepardo de compañía. También Mariano Rajoy y su dominio del inglés; Jules A. Hoffmann y los genes de inmunidad; Manuel Losada y su María, Madre de Dios y Esperanza Nuestra; Roald Hoffmann cuya obra de teatro Oxygen fue representada en España, incluso en catalán, con motivo del Año Internacional de la Química. Los lugares y la familia García Lorca, a la que Paco pertenece y con la que mantiene una relación cercana desde su niñez, tienen amplia presencia. El bioquímico nos describe sus impresiones al leer la biografía de Juan Belmonte escrita por Chaves donde se mezcla su Sevilla adolescente con el acercamiento al mundo del toro a través de Pepe Bergamín y La música callada del toreo, que García Olmedo no cita en detrimento de El arte de birlibirloque, La estatua de don Tancredo y El mundo por montera. García Olmedo no es taurino, aunque tampoco antitaurino. Y lo razona. Más allá de los toros nos acerca a la posición política y desdice lo que se ha mal dicho sobre don José Bergamín. No podían faltar Margarita Salas y Eladio Viñuela y sus libros subrayados, comentados y prestados a Paco; Viñuela, autor de un Citation Classic del Science Citation Index que describe un método electroforético de separación de proteínas. Tampoco falta Avelino Corma, el químico español más citado de todos los tiempos que, como Margarita Salas, evidencia con su trabajo lo estúpido de la disquisición entre ciencia básica y aplicada. Están los profesores de su querida ETSIA madrileña, Juan Santa María, Enrique Sánchez Monge, Alberto Losada, Gonzalo Cruz, el añorado Roberto Fernández de Caleya, Pepe Malpica o Pilar Carbonero, su apoyo permanente. García Olmedo nos habla de forma exquisita sobre don Miguel de Odriozola y su análisis genético sobre los colores del caballo que culmina divertidamente especulando sobre la filiación de la Duquesa de Alba.

García Olmedo narra su experiencia temprana en el American Field Service norteamericano y en el City of Oxford High School británico y lo que piensa de la producción de bioetanol a partir de maíz en el rico Medio Oeste norteamericano. También nos invita a sus paseos, ya sea en La Quinta de los Molinos madrileña, los jardines de Murillo o el Parque de María Luisa sevillanos o los jardines del Parador de San Francisco granadinos y nos cuenta su experiencia infantil en el Cádiz natal, su adolescencia sevillana y la Feria de Sevilla actual. La defunción de la magníficaRevista de Libros de Álvaro Delgado y Amalia Iglesias con la que tanto colaboró en su faceta de escritor y la publicación en el BOE de su método bioquímico para comprobar si los espaguetis están hechos con trigo duro, como debe ser. El relato de su incursión en el tema del calentamiento global a raíz del encargo de una serie de conferencias que culmina con una experiencia de primera mano de lo que él denomina «el circo mediático de Al Gore, a la Urdangarín».

El arte como espuma de la barbarie, como le sugiere la exposición temporal del Hermitage en Madrid; el Colegio Libre de Eméritos; el invento del móvil perpetuo de Ana Botella y la curiosa financiación pública de las ONG españolas. El maltrato a los animales, la experiencia de los mataderos norteamericanos industriales de reses y la hipocresía que supone preocuparse más del hacinamiento de las gallinas ponedoras o del uso de los cefalópodos como animales de experimentación que del sufrimiento humano. El García Olmedo melómano se refleja también en su espejo. Se confiesa gran admirador del humor de Andrés Rábago, El Roto, lo que explica la dureza con la que García Olmedo se puede expresar en tono irónico cuando algo le incomoda.

Todo esto y mucho más encontrará el lector interesado en conocer mejor a uno de los bioquímicos españoles más relevantes de finales del siglo xx.


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