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Historias del otro lado del microscopio

Cuentos de microbios, Arthur Kornberg

Ilustrado por Adam Alaniz. Fotografías de Roberto Kolter. Versión española de Ricard Guerrero y Mercè Piqueras. Versión catalana de Santiago Montagud, revisada por Ricard Guerrero y Mercè Piqueras.

  • Merce? Piqueras

  • editora asociada, intErnAtionAl MicroBiology

Cuando Arthur Kornberg (1918-2007) tenía los hijos pequeños, un buen día se le ocurrió inventar para ellos unos cuentos en los que los microbios tenían un papel destacado. A veces eran historias fantásticas, otras incluso de miedo. Aunque era bioquímico, Kornberg se había formado en medicina clínica y tuvo mucho contacto con la microbiología debido a su trabajo al frente de un departamento de bacteriología en una facultad de medicina donde se investigaba sobre bacterias patógenas. Años más tarde, cuando ya le habían concedido el premio Nobel de Fisiología o Medicina (el año 1959, compartido con Severo Ochoa) recibía numerosas invitaciones para dar conferencias o impartir cursos, lo que lo obligaba a viajar con frecuencia. De vez en cuando alguno de sus ocho nietos le acompañaba en esos viajes. Entonces, los hijos del propio Kornberg le animaron a que les contase a los nietos aquellos cuentos de microbios que les he había relatado a ellos unas décadas antes.

 

Ken Kornberg, hijo de Arthur, recuerda en el prefacio de Cuentos de microbios que cada noche, antes de que él y sus hermanos se acostasen, su padre se acomodaba con ellos en el sofá de casa y les contaba aquellas historias médicas llenas de misterio. Pero cuando Kornberg empezó a viajar con sus nietos ya no se veía con ánimos para contar cuentos como aquellos y decidió inventarse historias más cortas en forma de poemas, que construía con pareados y rimas fáciles. Esos nuevos cuentos ya no eran únicamente sobre microbios malos. Los personajes podían ser también microbios beneficiosos o incluso imprescindibles. Como las típicas fábulas que al final tienen una moraleja, aquellos poemas terminaban siempre con unos versos que eran recomendaciones. Los que trataban sobre microbios «malos» incluían consejos sobre lo que se debe hacer o lo que hay que evitar para prevenir la infección; por ejemplo, lavarse las manos antes de tocar la comida, vigilar un resfriado o una gripe porque podrían tener secuelas peligrosas, o vacunarse para prevenir algunas infecciones. Cuando se trata de microbios «no malos» o incluso «buenos», los versos finales añadían información a la historia; por ejemplo, que los mohos que producen la penicilina son muy abundantes en la naturaleza o que, a pesar de nuestro aspecto muy diferente, el interior de nuestras células se parece mucho al interior de las células de otros animales o al de las células de la levadura con la que se fabrica el pan, la cerveza y el vino. Para que sus nietos hiciesen más «suyos» aquellos cuentos, Kornberg puso a los niños y niñas que aparecían en las historias el nombre de alguno de los nietos o el de alguno de sus primos.

Estos cuentos en verso tan peculiares fueron circulando durante varios años entre amigos y familiares de Kornberg, hasta que un editor, Bruce Armbruster, decidió publicarlos en forma de libro. Al ser una obra pensada para la infancia, era fundamental incluir ilustraciones atractivas para niños y niñas. Pero ilustrar con dibujos infantiles el mundo microbiano no es fácil. Sin embargo, Adam Alaniz logró reflejar muy bien las características de los microbios protagonistas de las historias con unos dibujos simpáticos y divertidos. Roberto Kolter, catedrático de microbiología y genética molecular de la Universidad de Harvard, realizó el tratamiento y el contraste de color de las fotografías (suyas y de otros autores) que ilustran unos textos en prosa al final de cada cuento, con información complementaria. El libro incluye también un glosario sobre términos que aparecen a lo largo de las historias. Editorial Reverté, especializada en libros de texto universitarios, apostó –creemos que con gran acierto– por esta obra de divulgación, en un campo –la microbiología– que no es habitual en un libro de divulgación dirigido a la infancia. Ha publicado las versiones castellana y catalana, que conservan el mismo formato y los dibujos y fotos del original.

Cuando, durante mi niñez, me llevaban en metro a visitar a mi abuela, bajábamos en una estación donde había muchas corrientes de aire. Mi madre me hacía mantener la boca bien cerrada, con los labios bien prietos, para que no entrasen microbios que podrían causarme un resfriado o unas anginas. Y si a mi hermanito se le caía el chupete, había que lavarlo inmediatamente para que se marchasen los microbios que podía haber en el suelo. Yo no sabía qué eran los microbios, pero sabía que eran malos y aprendí que había que tomar medidas para que no nos causasen enfermedades. De haber caído en mis manos entonces el libro de Kornberg hubiese aprendido que, de microbios, los hay buenos y malos: algo que tardé muchos años en saber.

Cuentos de microbios es el único libro infantil que escribió Kornberg y fue también su último libro, que pudo aun compartir con sus nietos el mismo año de su fallecimiento. Como indica su hijo en el prefacio, nada fascinaba tanto a Kornberg como «pensar, hablar y escribir sobre la química de la vida». Y la química de la vida está presente en estos cuentos que dedicó «a todas las personas, jóvenes y viejas, que adoran a los bichitos». Porque el libro, aunque aparentemente sea una obra para niños y niñas, seguramente hará las delicias también de quienes dejaron la infancia hace ya muchos años.


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