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La tercera rama

En nuestras manos queda la responsabilidad de salvar la tercera rama del árbol renacentista, la moral, y no tanto por su relevancia intrínseca en nuestros esquemas del saber, sino por su papel preponderante en la vida individual y colectiva del hombre.

  • Miguel Ángel de la Rosa

  • Editor de SEBBM

La ciencia de siempre se caracteriza, en esencia, por la búsqueda de la verdad y el saber. La ciencia de hoy demanda, sobre todo, soluciones a los retos sociales. Es la evolución entre dos formas de hacer ciencia, en la que el afán de descubrir propio del Homo sapiens de Linneo da paso al impaciente sentir práctico del Homo faber de Benjamin Franklin, en la que los científicos (del inglés scientist, término acuñado por William Whewell en 1834, por analogía con artist, para resaltar la creatividad como elemento clave en común) pasan a ser “trabajadores de la ciencia”. 

 

Atrás quedan, pues, los tiempos y modos de hacer ciencia de nuestros sabios más ilustres, tiempos y modos en que el objetivo era el conocimiento de la naturaleza y del hombre como tales, el descubrimiento del entramado íntimo del universo todo, en el que el hombre es ni más ni menos que su pieza dovela. Esta manera de aproximación a la esencia misma del hombre y su entorno, de escudriñar en el interior más íntimo del ser, representaba una envidiable sinergia entre ciencia (del latín scientia, conocimiento) y filosofía (del griego philos y sophia, apetencia por el saber), que venían a ser una misma cosa. De hecho, la ciencia fue filosofía antes que ciencia, con los pensadores griegos, y pasó a ser filosofía de la naturaleza, con los primeros fundadores de la ciencia moderna.

 

En Descartes encontramos una confianza plena en la ciencia, en el progreso ilimitado del saber humano, que debe hacernos «dueños y señores de la naturaleza». La filosofía cartesiana es «un árbol, cuya raíz es la metafísica, cuyo tronco es la física, y las ramas que salen de ese tronco todas las demás ciencias que, en lo esencial, se reducen a tres: medicina, artes mecánicas y moral». En su origen vemos que ciencia, técnica y moral conforman las tres caras del conocimiento, del desarrollo de la personalidad del hombre como método y procedimiento de su existencia, los tres pilares sobre los que se sustenta su íntima razón de ser. El hombre es más, mucho más, que ciencia y tecnología. Y no debemos olvidar, por tanto, la vertiente humanística de la investigación, del conocimiento, de la verdad buscada. 

 

El árbol cartesiano ha crecido a lo largo de los siglos gracias al trabajo y esfuerzo continuo del hombre, pero su crecimiento no ha sido armónico ni equilibrado; antes al contrario, sus tres ramas, la ciencia, la técnica y la moral, han experimentado un avance desigual, acentuado con el paso del tiempo, hasta el punto que las dos primeras (y sobre todo la técnica) están hoy próximas a provocar la práctica desaparición y extinción de la tercera al absorber la casi totalidad de la savia que les llega desde la raíz. La rama de la moral se debilita y pierde en el momento en que la ciencia se contempla solo en su sentido utilitario, para ayudar al técnico y al ingeniero, y no como herramienta esencial para el desarrollo y realización del individuo como hombre pensante. «Cogito ergo sum».

 

«El hombre no sabe, escribía Einstein, para qué fin se halla como huésped sobre la Tierra; sin embargo, a veces cree entenderlo, y entonces ve con claridad que es para el prójimo.» En nuestras manos queda la responsabilidad de salvar la tercera rama del árbol renacentista, la moral, y no ya tanto por su relevancia intrínseca en nuestros esquemas del saber, sino por su papel preponderante en la vida individual y, por ende, colectiva del hombre, en las relaciones internas de nuestras sociedades y pueblos, en el entendimiento y discurrir en libertad de las próximas generaciones. Se trata del diseño y construcción del hombre del nuevo milenio, en los que la investigación científico-técnica debe desempeñar, con responsabilidad y criterio, un papel decisivo. Para ello debemos recuperar el carácter original de la “teoría” de la ciencia y acomodar a ésta una nueva “práctica”. 


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