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La crisis entra en crisis

Pocos previeron la llegada de la crisis financiera en 2008. Menos aún fueron capaces de predecir su evolución a una crisis económica global. La Teoría Neoclásica de la Economía, sobre la que se asientan la mayor parte de escuelas de pensamiento económico desde la Segunda Guerra Mundial, también parece haber entrado en crisis, incapaz como ha sido de predecir los seísmos que la han sacudido y sobre todo de anticipar vías de escape. Los efectos se están dejando notar también en la generación de conocimiento y su transformación económica

  • Xavier Pujol Gebellí

Para un profano, o incluso para un conocedor limitado de las leyes que gobiernan la economía global, dar con una razón que aporte luz a algo tan terrenal como la crisis endémica por la que suele navegar la política científica española, se circunscribe a los problemas de siempre. Esto es, financiación limitada o escasa, una organización poco eficiente, unos recursos humanos poco considerados, incapacidad para transformar conocimiento en economía y una paupérrima cultura cientí- fica entre políticos, empresarios y sociedad general. 

 

Para un observador avanzado, progresar por esas y cualquier otra línea de análisis en busca de detalles, objetivos y estrategias a mejorar o incluso a replantear, sería relativamente simple. No en vano, en los últimos años, sobre todo desde que arreciara la crisis a partir de 2008 y se tradujera en recortes a partir de 2010, no han faltado personas e instituciones de prestigio que han efectuado un diagnóstico pormenorizado que, con sus lógicas variaciones, han conducido a propuestas de distinto calado.

 

No obstante, hay una parte del análisis que, por más que se haya diagnosticado el sistema una y mil veces, acostumbra a quedar siempre al margen. El largo período de crisis ha hecho aflorar puntos de vista que cuestionan el actual modelo económico y, en especial, una doctrina que lo fía todo a los principios de la estabilidad y equilibrio de los mercados. Es la llamada doctrina neoclásica económica, hegemónica entre las escuelas de pensamiento más avanzadas, ninguna de las cuales, sin embrago, supo predecir el seísmo de 2008 ni mucho menos sus consecuencias.

 

MEDIO SIGLO DE DOCTRINA

La doctrina económica neoclásica presupone la tendencia a la estabilidad basada en el equilibrio. Cualquier perturbación del sistema, según la misma, es corregida desde la perspectiva macroeconómica hasta alcanzar nuevamente el equilibrio. 

 

Las tendencias de corte neoliberal que han dominado el escenario occidental estas últimas décadas no han hecho sino acentuar lo que ha sido considerado casi un paradigma inalterable desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

 

Dicho de otro modo, el mercado tiende a autorregularse con mayor o menor intervención del sector privado, sostiene la doctrina. Así, el Estado puede ser más o menos intervencionista favoreciendo algún vector económico como lo serían algún sector productivo o algún área de conocimiento. La dinámica del mercado sería la encargada de compensar la perturbación hasta dar nuevamente con el equilibrio.

 

Con el paso de los años, la teoría neoclásica ha acabado siendo hegemónica y ha relegado otras teorías al ostracismo, especialmente tras la caí- da del muro de Berlín. La competitividad, apoyada en la productividad y el conocimiento como clave del valor añadido, ha sido la regla imperante. El liberalismo, entendido como la desregularización de los mercados y la tendencia a la privatización de bienes y servicios otrora públicos, representa un paso más en la misma dirección.

 

A toro pasado (o a medio pasar, puesto que la crisis no puede darse aún por concluida) el análisis de los expertos, entre los que se cuentan prestigiosos premios Nobel como Paul Krugman, coincide en señalar que no todas las perturbaciones pueden equilibrarse por sí solas, que el intervencionismo del sector público en forma de agente regulador sigue teniendo sentido y que pueden darse efectos no previstos que rompan literalmente el sistema.

 

 

De esta forma, relata Francesco Sylos Labini en su libro “Science and the Economic Crisis”, publicado por Springer, puede entenderse qué falló en 2008 cuando las hipotecas subprime estadounidenses fueron la espoleta que puso a todo el mundo en crisis. “Si el equilibrio se basa en la relación consumo-producción”, describe, “deben existir las correspondientes compensaciones”. Lo que ocurrió con las hipotecas estadounidenses es que se fió su comercialización al crédito. Es decir, a “dinero que no existía”. Los bancos se quedaron, en definitiva, con el ladrillo pero sin caja. Los rescates a la banca norteamericana y europea y las políticas de austeridad emprendidas, lamenta el autor, no han hecho otra cosa que detener el ciclo consumo-producción.

 

CIENTÍFICOS AL RESCATE

No es cierto, en cualquier caso, que nadie fuera capaz de anticipar la crisis en la que todavía está sumido el mundo occidental. Mike Brown, alto directivo de Microsoft en 2007, reunió a un grupo de notables científicos de muy diversos ámbitos entre los que destacaba la práctica ausencia de economistas clásicos. Físicos, matemáticos y expertos en Teoría de la Complejidad, accedieron a la petición de Brown con la finalidad, obviamente no lograda, de encontrar una salida a lo que algunos avecinaban.

 

Lee Smolin, miembro fundador del Perimeter Institute for Theoretical Physics, recuerda como su primera lección le mostraba el sistema bancario como un queso lleno de agujeros. Era el signo de que el sistema iba “a colapsar” y que su progresión avanzaba “como un cáncer”. Stuart Kauffman, también en el grupo de expertos, resolvió a partir de la teoría de la complejidad que no había un único equilibrio sino múltiples y que en todos ellos sus historias particulares tienen un peso relevante. De los modelos planteados, asimismo, se llegó a la conclusión, de que el “equilibrio propiamente no existe”. Al menos no en términos físicos. En economía, según este físico, el equilibrio solo se lograría en espacios estancos y bien definidos, pero no en un sistema completo y complejo como es el macroeconómico. “Se tiende a los equilibrios” de forma interrelacionada, defiende Smolin.

 

Sylos Labini, en la misma línea argumental, sostiene que las soluciones basadas en la austeridad “han impactado negativamente” tanto en la generación de conocimiento como en la puesta en marcha o la continuidad de infraestructuras consideradas de alto nivel. El “acento neoliberal” se expresa en forma de rentabilidad, agrega, lo cual ha propiciados que se hayan tomado medidas políticas “alejadas del riesgo” y en busca de “retornos de la inversión” en el menor tiempo posible.

 

DE LA ECONOMÍA A LA POLÍTICA CIENTÍFICA

El colectivo ROAR (Return on Academic Research), en el que se cuentan unos 200 científicos participantes procedentes de las llamadas ciencias duras así como también de Humanidades, es uno de los que ha correlacionado el análisis del modelo neoclásico con las políticas científicas que se han desarrollado estos últimos años en Europa. Algunas de sus conclusiones llaman poderosamente la atención.

 

La primera y probablemente más llamativa de esas conclusiones es que la crisis y sus efectos se han dejado notar en Europa en forma de caída de los sistemas científicos de aquellos países incapaces de sostener el ritmo exigible para su progreso. La traducción práctica de esta aseveración sería la llamada Europa de las “cuatro velocidades”, que no es otra cosa que la división del continente en cuatro grandes bloques según su inversión con respecto al PIB. Los países que ocupan los dos primeros bloques son de sobra conocidos. Quien está en el último, lamentablemente también.

 

Si la división se ha transformado o no en decisión política y definición de estrategias sería tal vez demasiado aventurado asegurarlo. No obstante, que la división trae consecuencias es más que evidente. La principal es que, como ocurre en otros muchos ámbitos, es que los ricos (en este caso los países con sistemas avanzados) son cada vez más ricos, mientras que los pobres son cada vez más pobres. La clase media de la ciencia, según ROAR, se estaría desmoronando, a la par que la base de la pirámide se estaría deteriorando gravemente.

 

La traducción de esta aseveración se podría resumir en cuatro grandes fenómenos. El primero es un número creciente de publicaciones científicas, pero también de retracciones, lo cual da muestra de una menor calidad global; a este fenómeno le sigue el de una evaluación que tiende más a criterios técnicos y de rentabilidad probable, que no de creatividad científica; asimismo, cada vez hay un mayor número de científicos con alto nivel de formación y menor salario y posiciones poco estables; como contrapartida, crece el apoyo a lo que se viene llamando “científicos de élite” o, lo que es lo mismo, la ciencia de calidad y competitiva tiende a concentrarse en unas pocas instituciones. La fenomenología se da a escala local y parece reproducir un modelo a escala europea. La biomedicina y las ingenierías, por este orden, serían las grandes beneficiadas.

 

Siguiendo esta tesis, ¿cuál sería la fórmula de éxito? No habría una sola, según ROAR, aunque el “modelo Harvard”, denuncia en uno de sus documentos de trabajo, sería el anhelado. En esencia, promover las “world class universities”, esto es, universidades aupadas a lo más alto de cualquier ranking siguiendo criterios de productividad, transferencia y una elevadísima asignación de recursos por alumno, la concentración de la investigación en los llamados centros de excelencia y una política claramente enfocada al mercado.

 

Esta visión crítica tiene su reflejo en el reparto de fondos europeos y en la orientación de buena parte de los programas marco que han dominado la ciencia hasta tiempos recientes. La constitución del European Research Council, en el que se aboga por “la investigación libre”, en palabras del Nobel Albert Fert, y en dar oportunidades al talento, como defiende el que fuera su primer secretario general, Fotis Kafatos, es el contrapunto más relevante.  

 

Un segundo contrapunto es la testarudez de la realidad. Si la concentración y la excelencia en términos de investigación, desarrollo, formación y liderazgo tecnológico aporta grandes resultados en un plazo relativamente corto de tiempo, las series históricas evidencian que los países que han dado apoyo a la diversificación son los que mejor han resistido el embate de la crisis. Aunque, todo sea dicho, ni que sea de paso, con la calidad y los recursos adecuados.

 

CIENCIA CONTRA CRISIS

La diversificación no es un concepto contrario a la especialización, aunque sí pudiera serlo con respecto a la concentración. La clave, de acuerdo con el criterio de ROAR, y parcialmente con el de ERC, estaría en favorecer la diversidad en las universidades y los centros de investigación. Solo así, destacan, son posibles desarrollos del nivel del grafeno, la superconductividad o el microscopio de efecto túnel, por citar unos pocos ejemplos.

 

A pesar de ello, un simple vistazo puede dar al traste con los contrapuntos. Es lo que algunos autores llaman “el efecto Robin Hood inverso”. Pretendiendo captar talento y darle oportunidades de acuerdo con el criterio del investigador, nuevamente la realidad choca contra los deseos: casi dos tercios de la financiación vehiculada a través de ERC se concentran en países como Reino Unido, Alemania, Israel, Francia, Holanda y Suiza. Un efecto no buscado pero previsible entre todos los posibles.

 

Llegados a este punto, la opinión de los analistas se hace evidente. En términos generales, diversificación, adaptabilidad, cooperación y el largo plazo deberían ser las palabras clave de cualquier política científica. En esa política, la libertad de cátedra y de investigación resultan elementos innegociables. El papel del sector público, entendido como Estado o como Unión Europea, debiera ser el de facilitador, esa “mano invisible” a la que aluden algunas fuentes que posibilita las condiciones para que la ciencia sea motor de progreso.


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