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Ciencia, la gran ausente

La ciencia es definida por nuestros dirigentes como motor generador de empleo, sobre todo de calidad, pero rara vez la política científica alcanza prioridad entre las tareas de gobierno.

  • Miguel Ángel de la Rosa

  • Editor de SEBBM

Con frecuencia oímos a nuestros dirigentes pronunciarse sobre la ciencia como motor generador de empleo, sobre todo de calidad, pero rara vez la política científica alcanza prioridad entre las tareas de gobierno. Así se ha vuelto a comprobar estos últimos meses, cuando la ciencia ha sido la gran ausente del largo debate político de los partidos tras dos elecciones generales a pesar de que el empleo es, con diferencia, la principal preocupación nacional. 

 

En el mundo de la economía y la empresa solo caben dos alternativas, grosso modo, para encarar el mañana: hacer a menor coste lo que todos saben hacer, o hacer con valor añadido lo que nadie sabe hacer. En el primer caso el mercado marca los precios; en el segundo es el fabricante quien impone su valor. La primera opción implica abaratar costes y, en concreto, reducir salarios, en tanto la segunda exige la aplicación de nuevos conocimientos y formación especializada. Está claro que los países ricos y avanzados son aquellos que han seguido con decisión el segundo camino, los que han apostado por establecer modelos basados en el desarrollo científico-técnico antes que dejar que su economía descanse en sectores poco evolucionados y de escaso valor. 

 

Hace algunos años fui invitado por el ayuntamiento de Sevilla a participar en una reunión con representantes del prestigioso periódico británico Financial Times, especializado en noticias internacionales de economía y guía indiscutible para grandes inversores en todo el mundo. La empresa editora había realizado un estudio detallado por áreas de negocio acerca de las expectativas de desarrollo y expansión de varias capitales europeas de tamaño medio-grande, resultando que Sevilla era una de las ciudades más atractivas en el sector farmacéutico y biotecnológico. El periódico no dudó en ponerse en contacto con la corporación municipal a fin de recabar información de primera mano de especialistas locales.

 

Al poco de comenzar la reunión, pregunté a los expertos financieros por las razones concretas que hacían tan atractiva nuestra ciudad y más en un sector tan poco representado en la misma. Con cierta vaguedad respondieron que el análisis incluía multitud de parámetros de tipo social, cultural, artístico, histórico, climático, económico, culinario, etc., si bien no dudaron en revelar los dos factores clave: excelente formación académica de los egresados universitarios hispalenses en las carreras relacionadas con las ciencias de la vida y una de las tasas de desempleo juvenil más elevadas del continente. Ambos ingredientes hacían un combinado envidiable para inversores y empresas, cual era la abundancia de personal altamente cualificado al que poder contratar con salarios muy reducidos. La sugerencia que hicimos los presentes al ayuntamiento fue tan obvia como clara: contactar con las grandes multinacionales biotecnológicas y ofrecerles terrenos en condiciones ventajosas, facilidades de contratación e incentivos fiscales a fin de promover su instalación en la ciudad. Parecía una fórmula óptima para luchar contra la conocida “fuga de cerebros” juvenil, contra la exportación de mano de obra cualificada a otros países, mas la propuesta resultó inútil por estéril.

 

La inacción del ayuntamiento hispalense de entonces contrasta con la viva disputa que en aquellas mismas fechas tuvo lugar entre los máximos responsables políticos de Madrid y Barcelona a cuenta de cierta oferta de inversión multimillonaria de un afamado empresario de casinos de Las Vegas. Se trataba de una especie de Mr. Marshall que exigía precisamente cesiones gratuitas de terreno y rebajas de la presión fiscal para construir un megacomplejo de ocio y apuestas en nuestro país. El magnate acabó decantándose por Madrid, pero al final desistió al rechazar el Gobierno de la nación algunas de sus exigencias pues incluían cambios legales y condiciones inasumibles (visados especiales a trabajadores extranjeros, acceso a menores de edad, permiso para fumar en el interior de los casinos, etcétera). 

 

Como decíamos al principio, la ciencia como motor económico resulta voz común entre los políticos, mas difícilmente se traduce en apuestas decididas y acciones reales de futuro.


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