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El reto transhumanista

El desarrollo de áreas estratégicas de conocimiento, en especial Biomedicina y Biotecnología, Tecnologías de la Información e Inteligencia Artificial, está siguiendo de un tiempo para esta parte un crecimiento exponencial. Esta curva, según todos los indicios, va a seguir siendo logarítmica, de modo que las predicciones apuntan a un futuro en el que expresiones como superinteligencia, superlongevidad o superbienestar van a ser comunes. Las preguntas son si va a ser así para todos o para unos pocos, cuándo va a darse esa confluencia y cuán diferente va a ser el futuro del presente

  • Xavier Pujol Gebellí

Una escuela de pensamiento, apoyada en proyecciones de futuro basadas en los actuales niveles de crecimiento tecnológico, asegura que en unos poco decenios se habrá alcanzado semejante nivel de sofisticación que las capacidades humanas, entendidas en términos de salud, expectativas de vida y autoabastecimiento, experimentarán un salto cualitativo de enorme magnitud. El día que se alcance ese punto, definido como el de la Singularidad Tecnológica, el mundo dejará de ser como lo conocemos. La versión más optimista entiende que las luchas contra la enfermedad, la vejez, por la alimentación o por la energía, habrán quedado definitivamente resueltas. Es lo que se ha venido en llamar el posthumanismo. El período actual, de transición según los defensores de esta escuela, es el transhumanismo.

 

Los impulsores de esta corriente son en su mayor parte ingenieros, muchos de ellos formados en las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC). Parten de preceptos ampliamente conocidos y aceptados por la comunidad científica internacional como la Ley de Moore, según la cual la potencia informática sigue doblándose de forma invariable cada 18 meses; de la capacidad de gestionar adecuadamente el big data en cada vez un número mayor de campos de conocimiento, y en las nuevas visiones que está aportando la Inteligencia Artificial.

 

Las áreas beneficiarias de estos desarrollos, que a su vez redundarán en mayores avances, van a ser la biomedicina, la biotecnología, tanto médica como agroalimentaria, la nanotecnología y, en general, todo cuanto tenga que ver con el bienestar humano. El punto de inflexión de este remedo de big bang tecnológico llegaría, según los transhumanistas, el día que fuera posible domeñar la que consideran la peor de las enfermedades: el envejecimiento.

 

Es muy probable que los defensores de esta teoría, que predicen su eclosión para el año 2049, pequen de optimismo. Sin embargo, y si se mantiene inalterada la curva logarítmica de desarrollo tecnológico, por fuerza debiera haber un punto de inflexión más o menos lejano en el tiempo. Pensemos por un momento en la evolución de las TIC y el big data, en las aportaciones de todas las ómicas, en el mundo que se abre gracias a los sistemas de edición genómica o en lo que puede dar de sí una biónica basada en la microelectrónica y la nanotecnología.

 

Según el transhumanismo, la evolución ya está dejando atrás sus etapas biólógica y cultural para adentrarse sin remedio en la tecnológica. Expresiones como superinteligencia, superlongevidad o superbienestar definirán en un futuro a un Homo sapiens que habrá dejado definitivamente atrás, aseguran, la escasez de alimentos, la enfermedad o la falta de energía. ¿Utopía concebida por unos pocos? ¿Un nuevo mundo feliz? Tal vez, pero si las predicciones se cumplen el futuro estaría más cerca de lo imaginado.

 

LAS BASES

Por más que uno se muestre escéptico con respecto a lo que bien podría calificar como profecías o relato infantiloide o de ciencia-ficción, lo cierto es que entre los defensores de las ideas transhumanistas se encuentran algunas de las mentes que han brillado con luz propia en este último medio siglo. Ray Kurzweil, director de ingeniería de Google y experto en inteligencia artificial, es uno de ellos. Seguidor de la escuela instaurada por Marvin Minsky, considerado el padre y gran visionario de la inteligencia artificial, Kurzweil asegura a quien quiera escucharle que en tan solo 20 años los humanos habremos ampliado nuestras expectativas de vida “indefinidamente” y que la nuestra será la última generación que va a padecer los achaques de la vejez y la enfermedad.

 

¿Pedantería? ¿Soberbia? ¿Locura? Es probable, pero en alguien que maneja una de las mayores bases de datos del mundo, si no la mayor, sobre aspectos clave sobre nuestras preferencias, inquietudes y gustos personales, como es Google y toda su tecnología asociada, una afirmación de este tipo no puede tomarse a broma. Su empresa trabaja desde hace años en el desarrollo de algoritmos basados en inteligencia artificial con origen en el comportamiento humano. Es junto a Facebook, la compañía liderada por Mark Zuckerberg, la mayor depositaria de datos relativos a nuestra conducta global. Ambos pueden bajar al detalle de lo que nos inquieta y de con qué y con quién nos relacionamos. De ahí puede extraerse lo más parecido que existe a la emulación de conducta y emociones. Es lo que se denomina big data ciudadana.

 

Supongamos ahora que conducta y emoción estuvieran vinculadas a conocimiento y capacidad para la toma de decisiones. Esta segunda visión, a partir del cálculo de probabilidades, es la que aporta Watson, la nueva generación de superordenadores basados en sistemas cognitivos que está desarrollando IBM. La inversión inicial con la que el Gigante Azul ha dotado a su proyecto es de 1.000 millones de dólares.

 

El ingenio toma el nombre prestado del fundador de IBM, Thomas John Watson, fallecido en 1956, y en su origen debe situarse la tradición de la multinacional estadounidense de medir la capacidad de sus máquinas con el ser humano. Como es bien sabido, el prodigioso HAL9000 surgido de la imaginación de Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick en la metafórica 2001, una odisea en el espacio, es un superordenador dotado de inteligencia artificial y emociones cuasi humanas. El aparato se inspira en las máquinas de IBM y, de hecho, HAL es un juego de letras de la misma marca.

 

Watson toma como punto de partida un juego que se hizo popular hace ya años en la televisión estadounidense. Jeopardy, así se llamaba, empezó a emitirse en 1964 como un concurso en el que los participantes debían responder lo más rápido posible tantas preguntas como pudieran sobre los más diversos temas.

 

IBM ya había logrado demostrar su potencia tras el enfrentamiento de Deep Blue con Gary Kaspárov, que había sido campeón del mundo de ajedrez. Venció Deep Blue. Fue la primera vez que la fuerza bruta de cálculo de un superordenador vencía a un humano en un enfrentamiento al más alto nivel. Los ingenieros de IBM buscaban un reto tan o más popular, con el objetivo, entre otros, de revitalizar la imagen de la compañía. La solución fue idear una máquina capaz de competir en ese concurso y llevarse el triunfo.

 

 

Lo consiguió tras enfrentarse a los dos mejores concursantes de la historia del programa. Para lograr el triunfo, los ingenieros se basaron en dos aspectos que resultaron ser clave. Por un lado, el desarrollo de un sistema alternativo a la potencia de cálculo, aunque sirviéndose de ella, en el que se aunaron el cálculo de probabilidades y el autoaprendizaje. Del otro, el manejo del big data: introdujeron en el sistema tantos volúmenes como les fue posible de todos los temas tratados. Una interfaz y sistemas de reconocimiento de voz, hicieron el resto.

 

EL NEGOCIO DEL BIG DATA

Por supuesto, la participación en el concurso no fue más que un experimento divertido. Pero como en todo juego, algo relevante había quedado demostrado a ojos del público y de sus competidores: una máquina con la potencia suficiente era capaz no solo de responder preguntas complejas, sino que lo era también de anticipar escenarios, objetivo real de IBM. Anticiparlos en el mundo financiero con un sistema capaz de decidir la adquisición de empresas a partir de datos macro y microeconómicos o prever el comportamiento de una burbuja financiera, entre otros aspectos. Avanzaban así en el desarrollo de los llamados sistemas cognitivos.

 

IBM ha recuperado su inversión inicial gracias a la venta de estos sofisticados sistemas expertos. Pero no se cierra ahí el negocio ni tampoco lo que Kurzweil y sus acólitos llaman superinteligencia. El sistema se está desarrollando para ser aplicado en áreas donde el nivel de incertidumbre es tan elevado que puede poner en serios apuros costosísimas inversiones. La prospección petrolífera en alta mar y grandes profundidades es uno de ellos. La española Repsol experimenta desde hace un tiempo con estos sistemas. Y si bien el rendimiento inmediato es más incierto, es en los ámbitos de la biomedicina y de la industria agroalimentaria en los que este tipos de sistemas están llamados a tener un papel protagonista. 

 

La base del negocio es en este caso el big data, los miles y miles de datos que la comunidad científica y empresas de distintos sectores obtienen de los experimentos que realizan a diario. El problema ya no es su obtención, por bien que esta no sea trivial, sino qué hacer con ella, cómo sacarle jugo o, mejor aún, definir el mejor mecanismo posible para exprimirlos al máximo.

 

La bioinformática y los programas de simulación empiezan a dar resultados, aunque todavía con un alcance limitado. En Biología de Redes, sin ir más lejos, un sistema eficiente puede estar formado por unas 300 proteínas interaccionando. Watson es otra cosa. Un ejemplo simple: Watson lleva leídos unos 23 millones de artículos médicos. Habida cuenta de que en Estados Unidos los errores médicos constan como la tercera causa de muerte, desarrollar un sistema experto que ayude al médico en su toma de decisiones no sería en absoluto descabellado. 

 

No hace falta decir que existe un prototipo de Watson mé- dico que ya responde a preguntas complejas. La clave es que el sistema, a diferencia de otros, es capaz de aprender, correlacionar y generar hipótesis. Y esa es justamente su respuesta, un cálculo de probabilidades a partir de una aproximación estadística que se expresa a modo de “yo diría que esto es…”. Es lo que dan de sí los millones de artículos médicos y el incremento anual de hasta un 60% que está experimentando el big data en Biomedicina. Dicho de otro modo: en un solo año pueden publicarse 50.000 artículos en neurociencia. Si ampliáramos el campo al resto de especialidades biomédicas alcanzaríamos con facilidad varios millones de cosecha al año. IBM espera unos ingresos de 20.000 millones de dólares gracias a su ingenio de análisis de datos. Y también la comunidad científica biomédica, en la que debe incluirse a la empresa biotecnológica y farmacéutica, esperan sacar réditos en forma de conocimiento, estrategia y negocio. Los análisis de datos procedentes de todas las ómicas son los más evidentes, pero no las únicas. Se espera que los sistema cognitivos puedan aportar mucho en el estudio del cerebro y en los sistemas de edición genómica actualmente en desarrollo. Las grandes enfermedades, como el cáncer o las neurodegenerativas, se cuentan entre las grandes beneficiadas. También las enfermedades raras, nuevos vegetales para consumo humano y animal y el estudio sobre el envejecimiento.

 

Superlongevidad

Una de las aspiraciones de los transhumanistas es controlar el envejecimiento. El británico Aubrey de Grey, gerontólogo formado en Cambridge y autor de la teoría de la “senescencia negligible ingenierizada”, orientada a la prevención del declive físico y cognitivo asociado al envejecimiento, es la expresión más visible de los que entienden la vejez como una “enfermedad a combatir” y la muerte como “un mal evitable”.

 

Biólogo molecular e ingeniero informático, de Grey propone el desarrollo de la medicina regenerativa para reparar el daño que el paso de los años ocasiona en las células. De la mano, entre otros muchos, de William Haseltine, antiguo socio de Craig Venter en Celera Genomics, el controvertido científico británico entiende que la reparación del daño acumulado en estructuras celulares es clave para que la cé- lula, y por consiguiente tejidos y órganos, entren en estado senescente, algo parecido a un envejecimiento sin vejez.

 

Sea un visionario o no, lo cierto es que la senescencia celular está ganando terreno en biología del desarrollo y en un número creciente de investigaciones en modelos animales. Drossophila melanogaster y C. elgans son los protagonistas del mayor número de trabajos. El objetivo es prolongar significativamente la expectativa de vida en ratón antes de intentar dar el paso en humanos. El paso se producirá en menos de 20 años.

 

Además de la senescencia celular los investigadores en envejecimiento, algunos de ellos vinculados a esta corriente de pensamiento, proponen también investigar activamente en áreas asociadas a mutaciones en el ADN nuclear, epigenética, mutaciones del ADN mitocondrial, digestión intracelular muerte celular y conexión extracelular. La mayor parte de estos factores forman de enfermedades que se hacen patentes durante el envejecimiento o están directamente asociadas y en procesos oncológicos.

 

Alimentos para todos

La última pata que da forma al movimiento transhumanista es el denominado superbienestar. En esencia, se trata de dirigir la explosión tecnológica al destino que reclaman los organismos internacionales, la comunidad científica y organizaciones de ayuda al desarrollo: garantizar el suministro de alimentos con la suficiente seguridad y calidad alimentaria para una población mundial en continua expansión.

 

Los avances en las técnicas clásicas de mejora genética, las nuevas generaciones de vegetales transgénicos o el más que previsible uso de la tecnología CRISPR, como se describía en el dossier del número 189 de la revista SEBBM, ya apuntan en esta dirección. Y como se describe en este dossier, el esfuerzo de la industria alimentaria en el diseño de nuevos alimentos, también se inscribe en este mismo objetivo.

 

JOVEN PREPARADO Y BIÓNICO

El desarrollo tecnológico está siguiendo una curva ascendente que bien podría tornarse en exponencial en algún momento. También es sabido que el número de publicaciones científicas crece año a año en la mayor parte de áreas temáticas. Pero los verdaderos hitos científicos y tecnológicos, los que marcan un antes y un después, siguen contándose a cuentagotas. La mayor parte de la investigación, sin duda necesaria y útil, es de continuidad, algo que los defensores del transhumanismo rara vez tienen en cuenta.

 

Con todo, nadie con sentido común se atrevería a discutir la aceleración que estamos viviendo en todos los órdenes de la vida. Sobre la longevidad, es probable que siga avanzando la expectativa de vida y que los años añadidos sean de mayor calidad, lo cual va a suponer tener que repensar aspectos clave de la sociedad y la economía. Pero no se vislumbra un salto que nos lleve de los 80 años a los 120. Lo que se percibe, y con toda seguridad va a ocurrir es que a esos 80 años muchos gocen de una envidiable buena salud. Jóvenes hasta los 80.

 

Con mayor acceso a la información y a la educación, lo cual significará cambios cualitativos de magnitud en todo el mundo. Pero con objeciones. Los propietarios o gestores de la ingente cantidad de datos de todo tipo que se generan a diario van a ser, como ya está sucediendo, grandes corporaciones privadas. Por tanto, va a haber un dominio cada vez mayor de la economía sobre los intereses del Estado. Ocurre ya con Google, IBM, Facebook y con las multinacionales de la farmacia y la alimentación. La mayor inteligencia ciudadana gestionada por la empresa.

 

Y sí, se avanzará sin duda en la prevención y el control de las enfermedades. Veremos en el futuro como las terapias génicas y celulares se abren paso, al mismo tiempo que nano-dispositivos y sensores de todo tipo se implantarán en nuestro cuerpo para remediar aquello en lo que la biología haya deteriorado por el paso de los años. Seremos biónicos, microelectrónicos, nanotecnológicos, más capaces cognitivamente y jóvenes más tiempo. Cambios esperables en la esfera individual que deberán tener reflejo a escala social. Por fuerza. Se llame o no posthumanismo.

 


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