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Alberto Sols (1917-1989). El gigante del que oí hablar

Los días 20 y 21 de febrero se celebró en Madrid, con el patrocinio de la Fundación Ramón Areces, un simposio internacional para honrar la memoria de Alberto Sols en el centenario de su nacimiento. 

  • Félix M. Goñi

  • Presidente SEBBM

Por supuesto que la SEBBM estuvo allí, representada por el que esto escribe. Me parece que el acontecimiento bien merece ser reflejado en esta Tribuna. Todo el mundo conoce el papel verdaderamente singular que Sols jugó en el nacimiento y desarrollo de nuestra sociedad, Sociedad Española de Bioquímica (SEB) en su nombre original, de la que fue el primer presidente (1964-1968) y el más desaforado de sus gigantes. Sin embargo, a decir verdad, aquellos fueron tiempos que he conocido de oídas, o sobre los que he podido leer en libros conocidos y fácilmente asequibles, pero no (a pesar de mi cabello blanco) tiempos que yo haya vivido como bioquímico.

 

Así pues, para esta Tribuna conmemorativa, y ante el dilema de escribir aquí una serie de datos históricos, exactos aunque poco sentidos, o bien revivir mis propias, aunque indirectas, vivencias de Sols, he optado por la vía menos intelectual y más cálida de mis recuerdos personales. Lo cierto es que, aparte de alguna vez en que le fui presentado de manera formularia, nunca intercambié palabra con él. Yo era entonces demasiado joven, y quizá también demasiado provinciano. Sin embargo oí hablar de él mucho, y en los términos más elogiosos, de mi profesor y maestro de toda la vida Don José María Macarulla (1932-2012). Él no era discípulo de Sols, pero sí su ferviente admirador y gran amigo. Macarulla nos daba clase de Bioquímica en primero de Medicina en Navarra (curso 1968-1969), y aún recuerdo cuando, en la clase de la glicolisis anaerobia, nos explicó las contribuciones de Alberto Sols, quien, en palabras de Macarulla, “podría ganar un premio Nobel, si es que alguna vez se lo dan a un español”. Tal era su admiración por Sols, y esa fue su profecía, desgraciadamente incumplida hasta hoy.

 

En años posteriores, Macarulla hablaría con fervor de las publicaciones de Sols, apreciando particularmente las dedicadas a problemas generales de la Bioquímica, que se publicaban, con un criterio impensable hoy en día, en revistas no indexadas, a veces subvencionadas por laboratorios farmacéuticos. Recuerdo vívidamente el artículo “El mito de los coenzimas cargados”, dedicado a mostrar la inutilidad de administrar al enfermo, por vía parenteral o incluso oral, ATP o NADH, con la esperanza de restablecer su energía. Estos eran ingredientes de algunos específicos entonces a la venta, y que fueron debidamente ridiculizados por Don Alberto. Otro estupendo artículo fue el dedicado a enseñarnos que los aminoácidos llamados por los nutricionistas “esenciales” son en realidad los más prescindibles, pues al fin y al cabo pueden conseguirse de la dieta, mientras que todos los demás, los verdaderamente esenciales según Sols, los fabrica la célula con vías biosintéticas a veces largas y costosas, porque no pueden dejarse al albur de que sean o no suministrados del exterior. De las contribuciones científicas del Sols maduro, a Macarulla le gustó mucho su idea de ensayar enzimas in situ, manteniendo la célula lo más intacta posible, y permeabilizando la membrana para permitir el acceso a los sustratos y la salida de los productos finales.

 

Terminaré estos recuerdos algo inconexos con una reflexión, considerando los valores imperantes en la Biología Molecular de nuestro tiempo. Cuando, con una perspectiva de cuarenta o cincuenta años, leemos hoy los artículos de Sols, percibimos la calidad del trabajo bien hecho y el razonamiento original y sólido. La mayoría de ellos mantienen hoy intacta su vigencia. Y fijémonos en las revistas en las que fueron publicados: ningún Science, apenas dos Nature de finales de los 40, cuando esta revista no tenía ni de lejos el carácter mítico de ahora. ¿Podría Sols, con nuestros criterios actuales, pedir un proyecto al MINECO con un mínimo de posibilidades? Y quien dice MINECO dice NIH, claro.

 

Portáos bien, y hasta la próxima.

 

(Agradezco al Prof. Carlos Gancedo sus comentarios y aportaciones en relación con este texto)


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