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Daniel Zajfman. Presidente del Instituto Weizmann

“Nuestra única estrategia es la mirada a largo plazo”

Hay ocasiones en las que lo mejor es dejar que las cosas ocurran. Así describe Daniel Zajfman (Bruselas, 1959), la filosofía que impregna el Instituto de Ciencias Weizmann de Israel, una de las instituciones científicas de mayor relevancia en el concierto internacional. “Cuando accedí al cargo no había mucho que mejorar”, defiende quien desde hace diez años ocupa la presidencia de la institución científica y académica de excelencia israelí. Salvo velar, añade, porque los investigadores tengan “todo cuanto necesitan” para desarrollar su principal actividad: investigar o, lo que es lo mismo, transformar el dinero que reciben en conocimiento. Israel destina el 4% de su PIB a su sistema de ciencia y tecnología.

  • Xavier Pujol Gebellí

Hace poco más de diez años decidió aceptar su actual cargo como presidente del Instituto Weizmann. ¿Qué le llevó a ello?

Había estado ejerciendo como investigador del instituto desde 1991. Como científico, pensé que estaba ante un reto interesante y si algo nos gusta a los científicos son los desafíos. 

 

Poco que ver con su trayectoria anterior.

Había estado en Illinois (Estados Unidos) y en el Max Planck Institute for Nuclear Psysics, además del propio Instituto Weizmann, ejerciendo como investigador, mi verdadera pasión. Pero aceptar el cargo me daba la posibilidad de entender la ciencia como proyecto global.

 

¿Qué ha aportado como elemento diferencial durante su presidencia?

Como presidente, mi primera y principal función fue escuchar a los científicos, entender qué quieren hacer, cuáles son sus sueños. En ningún caso los míos. 

 

¿Qué significa entender a los científicos?

Entender sus deseos, sus necesidades. De ahí surge lo que yo puedo hacer por el instituto. Por ejemplo, mejorar instalaciones y equipamientos científicos según sus planes a medio y largo plazo. A todo ello hay que dar una respuesta adecuada.

 

En esencia, proveer las herramientas que se precisan para investigar...

Pero no solo herramientas en el sentido clásico. Tenemos claro que la ciencia no puede concebirse como un conjunto de islas, hay que estar interconectados con la comunidad internacional.

 

Premios Nobel y un elevado número de proyectos financiados por el European Research Council (ERC) destacan en sus diez años de presidencia.

Para ganar un premio Nobel no bastan diez años de trabajo. En la mayoría de los casos es el reconocimiento a una larga trayectoria de varias décadas. Los tres que se han ganado durante mi presidencia ya se estaban gestando mucho antes de que llegara.

 

Pero no la financiación del ERC.

En estos años hemos reclutado a muchos investigadores jóvenes que han necesitado acreditar un altísimo nivel científico. Les hemos correspondido prestándoles la atención debida a su carrera profesional y facilitándoles todo cuanto pudieran necesitar en lugar de buscar resultados inmediatos. Solo así se logran resultados. En nuestro caso, medio centenar de proyectos financiados por el ERC.

 

“El sistema educativo tiene que estar basado en la excelencia”

Su vida debe estar centrada en la gestión.

No, todavía mantengo un pequeño laboratorio con mi grupo. Creo que es importante mantener el contacto con el laboratorio y con los investigadores jóvenes. Siempre he pensado que el director de una gran institución debe ser un cientí- fico más que un administrador. Si no eres científico puede resultar difícil entender qué necesita el investigador, cómo trabaja y cuál es el alcance de lo que está haciendo.

 

¿Es una forma de estar en contacto con la vida real?

Pues sí, tiene razón. En ciencia, el dinero y la gestión no lo son todo. 

 

En cualquier caso, en Israel apenas hay ocho millones de personas. Habrá que afinar mucho.

No tiene que ver con el tamaño sino con la calidad y, como es sabido, la calidad no siempre tiene que ver con la cantidad. Lo que sí es importante es tener un sistema educativo basado en la excelencia. Hay que poner el acento en una educación al más alto nivel. 

 

En alguna ocasión ha señalado que los judíos tienen ciertas peculiaridades que les permiten destacar en ciencia.

Es cierto. Si miramos la lista de los premios Nobel a lo largo de la historia, verá que un 25% de los premiados son judíos. Es un porcentaje muy alto en relación con la población judía en el mundo, que es de un 0,02%. 

 

¿A qué lo atribuye?

Suele responderse que los judíos son más inteligentes, pero puedo asegurarle que eso no es cierto en absoluto. Tiene que ver con la cultura y con la tradición. Los judíos estamos educados para hacer preguntas, para cuestionarnos continuamente sobre la naturaleza de las cosas. Y lo importante, ya desde niños, no es dar la respuesta... sino aprender a preguntar.

 

¿Forma parte de su religión?

No tiene nada que ver con cuestiones religiosas, sino con la educación. Somos escépticos por naturaleza y preguntar significa desarrollar pensamiento crítico. Ese es el secreto de la excelencia y el éxito en ciencia. 

 

¿Por qué?

La buena ciencia tiene que ver con la pregunta adecuada. Y las buenas preguntas están profundamente conectadas con la curiosidad. 

 

Eso se puede hacer si hay el dinero suficiente. ¿Es desde este punto de vista una estrategia de estado?

Puede decirlo de este modo. Por lo demás, no aceptamos interferencia de ningún tipo, ni de la industria ni de los políticos.

 

 

Antes, hay que seleccionar y atraer talento científico.

Como en cualquier centro, lo más importante en el instituto es incorporar a los mejores científicos y permitirles luego que desarrollen sus proyectos. No tenemos una estrategia predeterminada en cuanto a puestos o áreas que cubrir. Nuestro único criterio es la excelencia. La suma de talento, excelencia y medios es lo que nos ha llevado a figurar entre las mejores instituciones del mundo.

 

En el Instituto Weizmann se cuentan unos 250 grupos de investigación sin una estrategia predefinida. ¿Hay prioridades?

Las prioridades deben decidirse a posteriori, no a priori. Es erróneo pensar que existe un campo de la ciencia más importante que otro, si lo es entender el cáncer o lograr energías limpias. No hay respuesta para este tipo de preguntas. Personalmente, no sé qué es más importante y ni tan solo me interesa. 

 

Pero de algún modo tienen que decidir en qué van a invertir sus recursos.

En lugar de predeterminar qué campo es prioritario preferimos centrar nuestros esfuerzos en los investigadores. Si se trata de seleccionar a científicos excelentes, lo que nos interesa es que hagan buena ciencia. A partir de ahí definiremos prioridades y en qué debemos invertir. En el instituto el cáncer es importante no porque nosotros lo decidamos sino porque lo decide el investigador.

 

Tener éxito en Israel

Las cifras, en Israel, hablan por sí solas. En la última década, las instituciones científicas del país han conseguido más proyectos financiados por el European Research Council (ERC) que Italia, España o Suecia. Si contamos premios Nobel para el mismo periodo, tres han recalado en el Instituto Weizmann. A lo largo de su historia, la Universidad Hebrea de Jerusalén (UHJ) puede presumir de ocho premios Nobel y una medalla Fields. Cuesta dar con una única razón que lo explique todo pero, parafraseando a Shimon Peres, ex primer ministro del país hebreo, “la ciencia (en Israel) es más importante que la política”. Tal vez por este motivo Israel invierte un 4% de su PIB a I+D, cifra que contrasta con el escaso 1,3% que dedica España. Tal vez sea también la razón que explica por qué Israel es el país con mayor nú- mero de expresas de base tecnológica per cápita o cómo ha desarrollado un programa de ingeniería informática del que han surgido algunas de las empresas con mayor futuro y reputación del mundo en materia de ciberseguridad. Igual, como describe Daniel Zajfman, no es más que una feliz casualidad derivada de la tradición y la cultura judías según las cuales la insatisfacción intelectual y el pensamiento crítico se integran en un sistema educativo en el que prima la excelencia. La bioquímica y premio Nobel Ada Yonath, también en el Instituto Weizmann, lo resume en una sola frase repetida una y mil veces: “la idea de aprender sigue siendo importante en Israel”.

 

Como también lo han sido las oleadas migratorias. La primera, la que atrajo capital intelectual europeo como consecuencia de la diáspora judía debida al nazismo; la segunda, la que se produjo tras la caída del muro de Berlín. En ambos casos, el talento expatriado se ha transformado en un motor de crecimiento científico, tecnológico y económico.

 

El Instituto Weizmann, en Rehovot, a unos 20 kilómetros de Tel Aviv, cuenta con 250 grupos de investigación en su campus y un presupuesto de 350 millones de euros anuales. Su estrategia, que suele definirse como “la no estrategia”, le permite definir planes científicos a 30 años vista, algo impensable en España y, en general, en gran parte de los países europeos. Es la misma estrategia que, sin perseguir la aplicación en sus proyectos de investigación, ha conseguido licenciar patentes por valor de unos 30.000 millones de euros a lo largo de su historia reciente.

 

¿Tienen el mismo planteamiento con la transferencia de tecnología y la relación con las empresas?

No preguntamos a nuestros investigadores si lo que hacen puede ser útil para la industria. Si hiciéramos esa pregunta nos estaríamos equivocando.

 

¿Por qué?

Si orientásemos así nuestro trabajo estaríamos haciendo lo mismo que ya hace la industria. Las industrias están concebidas para ganar dinero y son muchas las que están desarrollando muy buena I+D para combatir una enfermedad, disponer de ordenadores más rápidos o desarrollar nuevas tecnologías. El mundo académico no puede ni debe competir con la industria, no habría valor añadido.

 

Y da resultado.

Basta con mirar la historia de la ciencia. Los grandes descubrimientos no fueron hechos por científicos que, salvo excepciones, buscaran resolver un problema práctico. Investigaban sobre lo desconocido sin preocuparse de su utilidad o su aplicación. La curiosidad científica fue su motor y es también el nuestro. Si das crédito a tu curiosidad puede ocurrir que alguien, a veces muchos años más tarde, le encuentre un sentido práctico.

 

 

No me dirá que no sacan provecho económico de sus descubrimientos.

No somos ingenuos. Si estamos atentos a los avances de nuestros científicos o a sus descubrimientos, podemos darles un rendimiento sin necesidad de alterar ni orientar su trabajo. Nuestro instituto fue de los primeros en el mundo, en 1969, en establecer un programa de transferencia moderno basado en el know how que íbamos acumulando. Se fundó Yeda Research & Development, una compañía dedicada a captar ideas y patentarlas, para luego licenciarlas a la industria.

 

No parece la filosofía dominante en Europa. Ni en Estados Unidos.

Es cierto, somos distintos. Invertimos en conocimiento y las cosas pasan. Cuando sucede, las patentamos, tratamos de comercializarlas y alcanzamos acuerdos con la industria para que traten de desarrollarlas.

 

Dados sus buenos resultados, ¿no debería imitarles alguien?

El nuestro no es el único modelo de éxito, hay otros muchos. Todo depende de lo que quieras conseguir. Si nos definimos a partir de la investigación dirigida por la curiosidad significa que nuestra misión es promover la generación de conocimiento, pero sin dejar de lado que ese conocimiento puede tener un impacto en la economía. Muchos fármacos han surgido de esta forma.

 

Este planteamiento implica que se dé al científico un periodo de tiempo suficiente para desarrollar conocimiento.

En efecto, el tiempo necesario desde que surge una idea hasta que alcanza el mercado, que puede ser muy, muy largo en el tiempo. Esta es una de las fortalezas de nuestro instituto; nuestra gestión global se basa en la mirada a largo plazo.

 

¿Es a eso a lo que usted llama transformar el dinero en conocimiento?

Es nuestra misión, transformar el dinero en conocimiento para que la industria pueda transformar a su vez el conocimiento en dinero.

 

El enfoque contrasta de forma significativa con la situación de España y otros países, que han reducido sus inversiones en ciencia por la crisis económica global.

Es un gran error. Es confundir cuál es el papel de la industria y del mundo académico. Una vez más, la historia nos demuestra que los grandes descubrimientos han sido hechos en la Academia, no en la industria. Si focalizamos entonces la investigación en el mercado, difícilmente generaremos ideas fructíferas para las próximas décadas.

 

¿Esta es la fórmula de éxito en ciencia?

Nadie lo discute. Otra cosa es cómo se gestiona. En mi opinión, no podemos perder de vista el largo plazo; es decir, lo que la generación de conocimiento por sí misma puede proporcionar.


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