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La ciencia como instrumento político de integración

Fue a mediados del siglo veinte, poco después de la segunda guerra mundial, cuando los países de vanguardia impusieron en todo el mundo un modelo de progreso económico lineal y unidireccional, basado en la financiación de la ciencia y el desarrollo tecnológico. 

  • Miguel Ángel de la Rosa

  • Editor de SEBBM

Fue a mediados del siglo veinte, poco después de la segunda guerra mundial, cuando los países de vanguardia impusieron en todo el mundo un modelo de progreso económico lineal y unidireccional, basado en la financiación de la ciencia y el desarrollo tecnológico. Las consecuencias sociales y ambientales de este modelo de desarrollo son hoy evidentes: la ciencia y la tecnología no actúan ya como agentes niveladores, tal como hicieron otras innovaciones del pasado, sino que tienden más bien a acentuar la desigual distribución de la riqueza. De hecho, la Europa a varias velocidades que hoy se discute responde a las diferencias en el potencial económico de los países de la UE, consecuencia directa a su vez de las diferencias en el desarrollo científico y técnico de los mismos. Ello significaría hacer pivotar el futuro del continente sobre un modelo asimétrico y, por ende, profundizar en la desigualdad.

 

Con frecuencia olvidamos que los grupos avanzan más deprisa que los individuos aislados. Los insectos sociales (abejas, hormigas, etcétera) constituyen ejemplos típicos en la naturaleza. En efecto, la hoy denominada “inteligencia colectiva”, o también “inteligencia simbiótica”, resultante de la colaboración y concurso de los individuos que componen un determinado grupo o población, permite mejorar el rendimiento intelectual al superar el conocimiento de cada elemento por separado. George Por, pionero en los años ochenta del siglo pasado en el desarrollo de redes de conocimiento y en la construcción de comunidades virtuales que implican procesos auto-organizativos, define la inteligencia colectiva como «la capacidad de las comunidades humanas de evolucionar hacia un orden de una complejidad y armonía mayor, tanto por medio de mecanismos de innovación, como de diferenciación e integración, competencia y colaboración». 

 

Causa, sin embargo, cierto sonrojo admitir que el elemento impulsor de la inteligencia colectiva es el “egoísmo individual”, identificado por el escocés Adam Smith, padre de la economía moderna, en su famoso libro La riqueza de las naciones (1776): «No obtenemos los alimentos de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino de su preocupación por su propio interés. No nos dirigimos a sus sentimientos humanitarios, sino a su egoísmo, y nunca hablamos de nuestras necesidades, sino de sus propias ventajas». El premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa se refería hace poco a la obra de Smith en los siguientes términos: «En verdad, él fue el primero en explicar a los seres humanos por qué y cómo opera el sistema que nos sacó de las cavernas y nos fue haciendo progresar en todos los campos — salvo, ay, el de la moral— hasta conquistar el fondo de la materia y llegar a las estrellas. Un sistema simple y a la vez complejísimo, fundado en la libertad, que transforma el egoísmo en una virtud social» (El País, 19 marzo 2017).

 

La evolución del hombre no habría sido tal a no ser por su carácter comunitario. Los grandes avances de la especie, a modo de saltos cuánticos evolutivos, se han basado en el empuje colectivo. El proceso alcanzó un momento clave con la aparición de la escritura, que fija la división entre Prehistoria e Historia y permite al hombre dejar huella impresa de su pasar por la vida, registrado y acumulado como memoria histórica. Desde entonces, el pensamiento griego, el derecho romano, el humanismo europeo… junto con el acelerado desarrollo técnico promovido por la ciencia de los últimos siglos, han ido quedando como jalones incuestionables de nuestra civilización. 

 

Apostemos, pues, por que la ciencia moderna —y, en particular, la española— recupere el papel que antaño jugó como instrumento político de integración social y cohesión transnacional en el futuro devenir europeo.


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