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El mejor oficio del mundo

Los que estamos enganchados a la Ciencia no concebimos nuestra vida sin la actividad científica y no hay oferta económica ni propuesta de poder político que nos desvíe de nuestro camino.

  • Félix M. Goñi

  • Presidente SEBBM

Llevo ya dedicando unas cuantas de estas “Tribunas” a lamentar los malos ratos que nos da a los científicos este inmerecido gobierno nuestro, o a destacar la incomprensión social del papel del científico. No retiro un ápice de lo dicho, pero tampoco quiero contribuir (aún más) al desaliento general, y en particular no quiero que los colegas más jóvenes se sientan invadidos por el desánimo. Se trata de una de esas paradojas que encubren una gran verdad: investigar en España se ha hecho casi imposible, pero eso no impide que el de investigador sea el mejor oficio del mundo. Me dirán que esto no pasa de ser una opinión mía, a lo que responderé que, desde luego, en una página de opinión, lo que corresponde es expresar mi opinión, y no la del vecino. Y, por otra parte, me parece que la gran mayoría de mis colegas de todo el mundo estarán de acuerdo conmigo en este punto. De todas formas, voy a ser un poco más explícito.

 

Por una parte, la satisfacción de haber logrado explicar algo por primera vez no tiene paralelo en nuestras vivencias cotidianas. Y no me refiero, como es natural, a los grandes descubrimientos, de los cuales no tengo experiencia, sino de los avances mínimos que se producen cada pocas semanas o meses en nuestros laboratorios. Ser la primera persona de la historia que ha comprendido… (escríbase aquí la más banal y mínima de las preguntas científicas), o ha conseguido… (escríbase aquí el menor avance experimental) nos causa una sensación literalmente incomparable. Como dice Lope hablando del amor, “quien lo probó lo sabe”. Y, además, para nuestra fortuna, y excluyendo de nuevo los avances “históricos”, no parece haber correlación entre la importancia del descubrimiento y nuestra satisfacción: cualquier avance nos da energía emocional para enfrentarnos al siguiente problema y a la burocracia que ello indefectiblemente comporta.

 

Por otra parte, vivimos en una sociedad en la que el progreso se considera, salvo excepciones, no solo deseable sino casi obligatorio. Muy pocas personas, incluso entre las políticamente conservadoras, se muestran contrarias al progreso. Pues bien, el progreso… ¡lo hacemos nosotros, los científicos! No es que seamos más o menos progresistas, es que somos los autores materiales del progreso. Existe una evolución de los valores éticos e incluso estéticos, que a veces se asocia con la idea de progreso, aunque más bien se trate de progresismo. Pero no hay que ver las cosas con una gran perspectiva histórica para darse cuenta de que ese progresismo tiene su sustrato más real en el avance del conocimiento humano, en el progreso. Es un ejemplo banal, pero, para entendernos, la evolución de las costumbres en los últimos cincuenta años no se entiende sin la televisión. O sea, sin el tubo de rayos catódicos.

 

Y sigamos con las paradojas. Esta combinación de satisfacción interna inigualable y de convicción de estar contribuyendo directamente al bienestar de la humanidad tendría que suponer un atractivo irresistible para los que, aun de lejos, observan la ciencia. Mas no es así. Incluso entre las personas que con talante más abierto y espíritu más generoso se acercan a un laboratorio, se da una proporción no desdeñable de los que simplemente, cuando empiezan a ver lo que de verdad es el trabajo del científico, se echan para atrás. Creo que todos los profesores con unos cuantos años de recorrido universitario han vivido esto. Yo suelo decir que la ciencia es una droga dura, pero que no engancha a todo el mundo. Los que estamos enganchados no concebimos nuestra vida sin la actividad científica, y no hay oferta económica ni propuesta de poder político que nos desvíe de nuestro camino. Pero los que no están enganchados, incluso teniendo una preparación científica escolástica no desdeñable, nos miran con incomprensión, cuando no con desdén

 

A ciertas edades, en las reuniones de amigos, o en las barras de los bares, sale con frecuencia el tema de la jubilación, y de los planes para después de alcanzar tan jubiloso estado. En estos casos, uno no sabe qué decir. Lo expresó recientemente con exactitud y precisión un colega americano: “Pero… ¿cómo se jubila uno de un hobby?”. Esa es la clave, no tenemos un trabajo, tenemos un hobby, por el que, además, nos pagan. ¿Cómo no va a ser este el mejor oficio del mundo? Chicos y chicas: ¡a disfrutar! 


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