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Revista: Investigación en la Universidad


Universidades españolas: Mirando atrás ¿sin nostalgia?

EN LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE se han construido edificios nuevos esplendidos, pero curiosamente muchos de ellos son solamente aulas y despachos, mientras que lo que necesita la transformación y renovación son los laboratorios convenientemente diseñados para las ciencias experimentales, en las cuales el avance tecnológico es el compañero obligado

  • Mª Teresa Miras Portugal

  • Catedrática de Bioquímica y Biología MOlecular Universidad Complutense de Madrid (UCM)

A punto de jubilarme, después de casi cinco décadas en estrecha relación con muy diversas universidades, de dentro y fuera de nuestras fronteras, creo que los profesores universitarios españoles hemos hecho frente a todos los retos, que de modo aleatorio y sin análisis nos han lanzado a lo largo de estas décadas.

 

Empecé mi trayectoria en la Universidad Louis Pasteur de Estrasburgo en el año 1971, en donde hice mi tesis doctoral, que leí en 1975. Trabajaba en el Centro de Neuroquímica, en aquel momento dependiente de la facultad de Medicina y donde estaba instalado el equipamiento más moderno. Claro está que no eran los investigadores los que se hacían responsables de los equipos, existían los técnicos de alto nivel, ingenieros, químicos, físicos, etcétera, a los que se tenía un gran respeto. En aquel momento habían desarrollado una tecnología avanzada y pionera para el cultivo de todo tipo de células, con especial énfasis en las células neurales. Todo funcionaba a la perfección, siguiendo una lógica implacable, que no dependía de la buena voluntad de algún becario, por muy brillante que fuera, haciendo su tesis doctoral. Las ideas científicas y el avance de la tecnología iban estrechamente de la mano. Aun hoy en día, nuestras universidades adolecen de la escasez de esos técnicos de alto nivel incluso en los recientes centros de apoyo a la investigación, CAI. En épocas pasadas, ¿Cuantos equipamientos de gran coste, desde los años 1970, ni fueron desembalados o puestos en funcionamiento? No por desidia de los profesores, más bien por la carencia de técnicos de alto nivel y su mantenimiento posterior.

 

Al volver a España, no era difícil observar todo un mosaico de lo que era el pasado de las universidades históricas y lo que iba a ser el auge de las nuevas universidades. Me incorporé al departamento de bioquímica de la facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid, dirigido a la sazón por don Ángel Santos Ruiz. Este había sido el primer departamento con la denominación específica de Bioquímica y Don Angel el primer catedrático de Bioquímica con tal especificación. 

 

En 1975, Don Angel Santos había conseguido un laboratorio de Bioquímica bien equipado y con muchos discípulos formándose como posdoctorales en los laboratorios extranjeros. No sobraba la financiación fungible, pero con modestia se podía trabajar razonablemente bien. Asociado al departamento estaba el Instituto de Bioquímica Alfonso X el Sabio del CSIC, centro mixto entre el Consejo y la UCM, que fundó Don Angel en los años 50. Esa idea produjo una fértil colaboración, que con mucha miopía fue deshecha en los años 90, lo que empobreció a la facultad y al departamento. Visto desde la perspectiva actual se restaron muchos activos a los parámetros que en el futuro tendrían un gran peso para establecer la primacía de las universidades en el famoso “Ranking” de Shanghái, entre otros. Lo mismo ocurrió con otros muchos centros asociados a las universidades históricas, mientras que las más jóvenes ponían en funcionamiento modelos análogos, con excelentes resultados.

 

En 1978, tras una oposición a nivel nacional, tuve la suerte de incorporarme como profesor adjunto numerario, equivalente al actual profesor titular, al departamento de Bioquímica de la nueva Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid. Don Alberto Sols dirigía el recién creado departamento y también el Instituto de Enzimología del CSIC, que estaba íntimamente asociado. Como era una nueva facultad, el equipamiento era reciente y no faltaba de nada, la disponibilidad para fungible era igualmente abundante gracias a los numerosos proyectos científicos repartidos por el Ministerio de Educación en donde el prestigio del solicitante y su compromiso era el factor determinante. El ambiente era abierto, permeable a las nuevas corrientes científicas, las ideas novedosas fluían. No en vano, don Alberto tenía numerosos amigos científicos en Europa y América y a las conferencias y seminarios eran invitados los primeros espadas de la ciencia mundial. Todo ello hizo de aquella universidad joven una digna competidora por los primeros puestos de la ciencia en España.  

 

 

Allí estuve hasta el año 1982, cuando llegué como Catedrática de Bioquímica a la Facultad de Medicina de la Universidad de Murcia, que era de reciente creación y el Departamento de Bioquímica que era común a todas las facultades tenía allí su sede. El hecho de ser una facultad a estrenar posibilitó la adquisición de un excelente equipamiento pesado. Añadir que el anterior director José Antonio Lozano, hijo de aquella tierra y rector de la Universidad en aquellos momentos, mimó con todo su buen hacer y su cariño a su departamento. 

 

Empecé a trabajar con células neurales y neuroendocrinas, y con tumorales aisladas. Al no existir equipamiento para esa tecnología tuve que partir desde cero. La financiación para trabajar y el pequeño equipamiento específico dependía de los proyectos personales. Comencé entonces una carrera frenética escribiendo proyectos, para el Ministerio de Educación, el FIS y Caja de Madrid, también proyectos de colaboración internacional, con Francia, Alemania, Inglaterra, que permitían intercambiar estancias cortas y visitas de los extranjeros, con sus viajes. Comprendí lo que era preocuparse por la supervivencia en la ciencia y descubrí, que al contrario de lo que ocurría en universidades francesas y alemanas, las que yo conocía, en donde cada Profesor “con catedra”, llegaba a su nuevo destino con una dotación que le permitía desarrollar su trabajo de investigación, en este país no existía nada de eso y empezabas con la burocracia infinita del “mendigar”, como en los mejores tiempos de la novela picaresca española.

 

El número de universidades crecía exponencialmente por aquellos años, y lo interesante era que tenían dotaciones para los equipamientos más costosos, generalmente sin personal técnico de mantenimiento. Además, una facultad experimental requería el fungible y desarrollar nuevas técnicas con necesidades especiales. Pocas de esas universidades a mediados y finales de los años 80 poseían un animalario digno de tal nombre. Lo mismo podría decirse de la mayoría de las universidades históricas. ¿Me pregunté cuál era el sentido de tantas nuevas universidades que se estaban creando en aquel momento, desde los años 80? ¿Para qué? ¿Para ensalzar el ego nacional de exhibir el número inmenso de universidades, la mayoría repetitivas hasta la saciedad, con unos docentes investigadores, en sus años más fértiles, lastrados por falta de recursos? 

 

 

Pero la verdadera inmersión en la realidad de la Universidad Española la sufrí en el curso 1986-87, cuando comienzo mi andadura como catedrática de Bioquímica y Biología Molecular de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid, donde he permanecido hasta la actualidad, con un horizonte temporal de más de 30 años. Cuando llegué a la facultad el departamento de Bioquímica simplemente no existía, pero eso era lo de menos, lo importante es que los supuestos “dominios” de la cátedra carecían de equipamientos, desde agua destilada hasta muebles de laboratorio, pues la mesa y las sillas del comedor de algún profesor anterior servían a tal efecto. 

 

La reflexión estaba servida, y no es la única anécdota, ¿cómo, en aquel momento de abundancia, podían coexistir la creación de nuevas y bien dotadas universidades, con el abandono de otras y sobre todo de facultades con un elevado número de alumnos (tenía casi mil alumnos en bioquímica de segundo curso), cuya formación repercutiría directamente en la salud y en la economía de nuestro país?

 

Aceptar o no aceptar, ese era el dilema. Pensé incluso lo de dar allí las clases y hacer la investigación en otro sitio. Hablando de la situación con el Profesor Mayor Zaragoza me aconsejó, con un discurso lleno de sabiduría y estrategia. Recuerdo una frase estelar y clarificadora que he repetido muchas veces a los que han sido mis discí- pulos pasados y presentes: “Mª Teresa, no hay batalla sin campamento”

 

Acepté el reto por dos motivos fundamentales: los alumnos eran muy inteligentes y además vocacionales, los profesores eran francos y muy nobles, con un gran sentido práctico. Un año más tarde, finales de 1987, había conseguido que se creara el nuevo departamento de Bioquímica y Biología Molecular de la Facultad de Veterinaria, que era el número 162 de los existentes en la UCM. Era un campamento muy precario, pero ya pondríamos las banderas. De tantos proyectos solicitados y tantos escritos y tanto esfuerzo e imaginación derrochada, empecé a pensar que las letras habían perdido a una excelente fabuladora, la verdad es que siempre me había gustado la literatura. Gracias a los proyectos concedidos, tanto de organismos públicos, como de fundaciones privadas, conseguimos un equipamiento aceptable y de buen nivel para nuestros objetivos. 

 

En la actualidad los laboratorios siguen con la apariencia de abandono y tercermundista, pero el equipamiento cubre los espacios y damos escaso valor a las apariencias, aunque las ventanas, después de 30 años, siguen sin poder cerrarse bien con el derroche de energía que supone. Mientras tanto, se han construido edificios nuevos esplendidos en la UCM, pero curiosamente muchos de ellos son solamente aulas y despachos, mientras que lo que necesita la transformación y renovación son los laboratorios convenientemente diseñados para las ciencias experimentales, en las cuales el avance tecnológico es el compañero obligado. Imagino que situaciones similares se han producido en la mayoría de las universidades históricas y que, en algunas de las recientes, el diseño habrá sido más razonable. 

 

Desde finales de la década de los 90, con el cambio de siglo, la recuperación económica permitió de nuevo una mejor financiación de los proyectos en la universidad y una etapa de bonanza. Aumentó el número de profesores y la carga docente permitía un equilibrio entre docencia e investigación, la universidad en su conjunto era y es, a pesar de todo, el motor de las publicaciones del país y de la originalidad genuina de muchas de ellas.  

 

No obstante, las nubes asomaban en el horizonte. En primer lugar, las universidades públicas y las privadas siguieron proliferando de modo exponencial. Como consecuencia, el necesario profesorado se improvisó y las acreditaciones de la ANECA, que decían claramente “que tenían por objeto asegurar un nivel mínimo” del profesorado susceptible de contratar o de promocionar, dejó en muchos casos de ser competitivo al poder decidir los acreditados sus propios tribunales para que juzgaran sus propias plazas. En ese momento las universidades, cuyos rectores eran elegidos por votación de los distintos estamentos, poco o nada podían hacer para promocionar a los mejores entre el total de los españoles acreditados. El mínimo y “es mi plaza” fueron y son ley en la gran mayoría de universidades españolas. 

 

Seguramente todos los rectores son conscientes de los factores que suman en el famoso ranking, algunos de ellos muy inteligentes y que desean lo mejor para su universidad y lo que se juegan con la selección del profesorado, son y se sienten absolutamente prisioneros del sistema, durando poco en el cargo si se desmandan. Por ello en el informe que hicimos la comisión de expertos, con el pomposo título de Propuestas para la reforma y mejora de la calidad y eficiencia del sistema universitario español, entregado al Ministro de Educación el 12 de febrero de 2013, deja constancia ya en su prólogo de lo que es un tema esencial:

 

Una universidad vale, sobre todo, lo que vale su personal docente e investigador (PDI. Por tanto, la selección del profesorado —capítulo 1— es el aspecto más importante para dos de las funciones esenciales de la universidad, docencia e investigación; es decir, para la transmisión y la generación de conocimiento…

 

Invito a nuestros lectores que se interesen por un documento hecho por docentes /investigadores de nuestras universidades, que hemos vivido en primera persona los avatares de una universidad maltratada. Por cierto, nadie de la comisión cobró un solo céntimo por la elaboración del documento, por ello tuvimos libertad para expresarnos.

 

El otro nubarrón, que no tenía que haber sido tal, fue la boloñesa que nos organizamos solitos. Impartíamos licenciaturas de 3+2 años, los tres comunes y los dos de especialización. Pensábamos que el proceso de construcción del Espacio Europeo de Educación Superior, iniciado en 1999 con la Declaración de Bolonia, sería una mera aceptación de grados de 3 años y máster de 2 años. 

 

En octubre de 2007 la estructura de las enseñanzas universitarias oficiales, de acuerdo con las líneas generales emanadas del Espacio Europeo de Educación Superior, nos demostraron que la armonización era diversa y dispersa. Nosotros, tan originales e intransigentes como siempre, hicimos un grado de cuatro años, tratando de meter a presión todo lo que hacíamos en cinco y saturando con abundantes másteres, algunos necesarios y otros tipo Babel.

 

El profesorado, como siempre, hicimos frente a la presentación de los másteres, su inmenso papeleo para la excelencia, impartir numerosas y diversas asignaturas en diferentes másteres, demostrar que eres un investigador excepcional, también clases prácticas, para las que no se ha previsto equipamiento, excepto el que los profesores han conseguido con proyectos en los últimos 20 años, lo mismo que el material fungible, pues como mucho se reciben 300-400 euros para comprar el material de una asignatura e impartir las prácticas. Recuerdo a todos los bioquímicos que un anticuerpo cualquiera cuesta 300-600 euros y para la medida de calcio “invivo”, además del equipo los tintes fluorescentes y el material de cultivo, ya son materia imposible para los escasos proyectos de investigación concedidos en las universidades y a los equipos con mucha carga docente.

 

 

Mucho más gasto es la realización del trabajo fin de máster. Por eso, como todos tienen en principio que hacerlo, algunos no pisan el laboratorio y escriben sobre algunas separatas de un tema específico. En mi opinión es un fraude a todo el sistema universitario y una perversión y vejación para el profesorado de las universidades públicas. Comprenderán que de las privadas desconozco el funcionamiento.

 

La gran crisis desatada desde 2007, ha sido el golpe de gracia a la investigación exigente y honesta en las universidades. Quiero obviar la palabra excelente, pues eso lo define el tiempo y que pasados 20 años se sigan citando los respectivos trabajos. Como contrasentido, o más bien acorde, en un país como el nuestro donde la apariencia es la reina, el teatro de Valle Inclán nos muestra con frecuencia el esperpento. Cuanto menos dinero para investigación en los presupuestos, nuestros imaginativos gestores distribuidores del dinero de investigación, para ocultar la miseria, se inventan perversos proyectos a los que lanzan con la palabra excelente a competir a centros del Consejo, facultades universitarias, departamentos o institutos de investigación, con escasísimo número de proyectos, con infinita burocracia. Si se suma esta burocracia añadida al incremento de la docencia, ya que las plantillas docentes se han reducido a la mitad en algunos casos, comprenderán que el proyecto en cuestión recibirá un ratio de 50 a 1, e irán sistemáticamente a los centros ya altamente financiados. Habrán pensado alguna vez que están restando fondos de un saco de miseria, ya vacío y hambriento. 

 

Mensaje de esperanza y ruego. No tenemos ninguna universidad entre las 100 primeras de Shanghái. Es lo lógico. Nunca hemos hecho números y planeado cómo conseguirlo, excepto en un escaso ramillete de casos cuyos nombres no voy a citar, pero que ya han bajado en la escala. 

 

Sigamos el razonamiento: dentro de una misma universidad hay facultades muy diversas, algunas muy competitivas, otras no. Dentro de la misma facultad hay departamentos muy competitivos, otros no. La curva de Gauss nunca va a la excelencia, va a la media.

 

Soy optimista. En medio de todo este desastre, hemos mejorado, siempre están/estamos los irreductibles profesores que piensan que tienen/tenemos un gran valor y que somos necesarios e indispensables. Mis alumnos de distintas facultades y másteres son muy inteligentes, son trabajadores, están ilusionados y son además el futuro del país.

 

Un ejemplo y sugerencia. Cuando llegué a la Universidad Complutense, hace casi 32 años, no tenía ni laboratorio y la investigación no era prioritaria en la facultad. Ahora hay grupos de investigación magníficos en todos los departamentos. Todos trabajamos en áreas de gran interés en ciencias básicas y aplicadas de la salud. Estamos en el Ranking de Shanghái de las 50 mejores facultades de veterinaria del mundo desde hace años y de año en año escalando algún puesto más arriba. Hay muy pocas facultades, 4 ó 5 en toda España en esa situación ¿Sería correcto y aceptable premiar esa labor de conjunto y conceder esos proyectos de “excelencia” a la labor continuada y honesta de facultades en ese Ranking sin tener la infinita burocracia asfixiante? 

 

Bueno, ya sé que los burócratas no pertenecen al mundo de la lógica, pero a los investigadores de ciencias o creadores de cualquier área nos agradaría muchísimo que alguna vez reinara la inteligencia.


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