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Revista: Investigación en la Universidad


Tribulaciones de una profesora joven

Mi trabajo consiste a menudo en escribir, escribo artículos de investigación, de divulgación proyectos científicos, pero hoy recibo un encargo muy poco común: exponer (dentro del marco de la investigación en la universidad) los anhelos, ilusiones, problemas, alegrías y desengaños de una profesora. 

  • Cristina Gómez Navarro

  • Departamento de Física de la Materia Condensada Universidad Autónoma de Madrid

Generalizar este tipo de emociones me resulta una tarea imposible, así que me propongo dar un punto de vista muy personal e intentar ubicar estos sentimiento después en un marco un poco más general. Para situar al lector, actualmente tengo 41 años y soy profesora (contratada doctora) en la Universidad Autónoma de Madrid.

 

No conozco a nadie en esta profesión que no tenga una gran vocación. Vocación y resiliencia. La carrera académica es un camino difícil, he visto a compañeros mucho más brillantes y trabajadores que yo abandonar por el camino. De hecho a veces pienso que en mi caso ha sido la más pura inconsciencia lo que me ha traído hasta aquí. Mi carrera académica e investigadora es lo que se suele llamar una carrera de éxito. Esto quiere decir que he ido encadenando becas y contratos de prestigio, una situación privilegiada dentro de la investigación en España. Me gusta decir (lo pienso de verdad) que he sido una afortunada, la suerte me ha acompañado en muchas ocasiones. Pero a la hora de valorar lo que me ha permitido llegar hasta aquí no puedo omitir, ni quiero olvidar, los larguísimos días de trabajo que he pasado en el laboratorio. La suerte llegó, sí, pero me pilló trabajando. 

 

Mi historia personal puede ser ejemplo de tantas otras a mí alrededor. Ya a los diez años demostré interés por la ciencia. Pensaba, con la ingenuidad natural de esa edad, que la ciencia, en especial la física, respondía a las últimas preguntas que uno se podía formular, los últimos porqués. Así que estudié ciencias físicas. A lo largo de los años de estudios universitarios me di cuenta de que lo que me fascinaba no era tanto las preguntas concretas que formula (y responde) la física sino la capacidad de responder preguntas en general. Es decir, a mí lo que me divertía era aprender. ¿Y cómo ingeniármelas para pasarme la vida aprendiendo? Pensé que dedicarme a la investigación me permitiría ser una estudiante perpetua. En estos años también descubrí que me gustaba “tocar” la ciencia y tuve la suerte de poder empezar mi doctorado en un grupo de investigación experimental con mucha tradición en microscopia de fuerzas atómicas. Esta técnica, que permite recorrer las superficies con un “nanodedo” para así poder reconstruirlas topográficamente y modificarlas, me pareció fascinante desde el inicio. En el grupo de investigación en el que empecé mi carrera encontré aquello que ahora reconozco como indispensable para realizar buena investigación: un buen equipo de gente, mucha tradición o know how, un gran soporte instrumental, buenos medios técnicos y mucho entusiasmo. Este fue mi primer golpe de suerte, el entorno que encontré favoreció e impulsó mi predisposición. 

 

Los años de tesis doctoral fueron para mí una gran fiesta del aprendizaje. Cada día traía un nuevo problema a resolver, y resolviendo problemas aprendí mucha física, electrónica, mecánica, química, biología, instrumentación…pero por encima de todo aprendí cómo funciona trabajar en el límite del conocimiento. Aprendí a fracasar una vez tras otra, aprendí que la investigación da satisfacciones en muy contadas ocasiones, pero para mí esas pocas eran tan reconfortantes que compensaban lo sufrido. 

 

Ya en ese pequeño recorrido vi a algunos de mis compa- ñeros con gran vocación científica abandonar la carrera investigadora por razones varias: por no haber dado con el entorno y las instalaciones o iniciativas apropiadas, poca tolerancia a la frustración, falta de expectativas de futuro… vi a gente con verdadera vocación y capacidad abandonar la carrera investigadora. A raíz de eso me he preguntado muchas veces ¿Puede la investigación acabar con la vocación científica? Desde luego, de hecho, no sé por qué no acabo con la mía. La perspectiva que me da el tiempo me hace ver ahora que aquello que encontré en la investigación estaba lejísimos de mis expectativas iniciales. Ese científico-humanista con el que yo soñaba en la adolescencia (capaz de responder a todo) no tenía nada que ver con el alto grado de especialización que se requiere para el avance en la ciencia actual. Comprendí en toda su amplitud aquello que decía Machado: bueno es saber que los vasos nos sirven para beber, lo malo es que no sabemos para qué sirve la sed. Pero inexplicablemente...me enganché, me enchanché a la droga dura de dar respuesta a pequeñas preguntas.

 

 

Después de acabar mi doctorado me fui a Alemania a investigar en un centro de gran prestigio internacional. Este paso obligatorio en la carrera investigadora, que algunos se empeñan en criticar, para mí fue un placer y una gran oportunidad. Me permitió vivir unos años fuera de mi país, ver otros modos de trabajar, desenvolverme en un entorno laboral muy diferente al que estaba acostumbrada, y aprender, seguir aprendiendo como un niño en sus etapas más absorbentes. Decía Marie Curie que un científico en su laboratorio es un niño colocado ante fenómenos naturales que le impresionan. Así me veo ahora desde la distancia a mi misma durante esos años. Hasta ese momento considero que mi carrera investigadora estaba en su etapa infantil, caracterizada por el aprendizaje y el egocentrismo. Una etapa en la cual, como un niño libre de responsabilidades, mi mayor preocupación radicaba en aprender, divertirme y como última instancia publicar con acierto mis trabajos para poder seguir haciendo aquello que me gustaba. 

 

Como la gran mayoría de mis colegas volví a España unos años más tarde por razones personales, mis perspectivas laborales fuera de España eran mucho mejores, pero quería estar cerca de los míos. El duro trabajo durante los años anteriores, mi tozudez e inconsciencia y mucha suerte a la hora de publicar mis trabajos de investigación me permitieron volver a España en una situación privilegiada (solo si me comparo con mis colegas nacionales), con un contrato Ramón y Cajal, y traer conmigo toda la experiencia adquirida en Alemania de vuelta a mi país. 

 

A pesar de esta situación privilegiada (insisto, siempre comparada con mis colegas españoles) la realidad estaba lejos de ser idílica. Sigo sin explicarme como mi vuelta a España no acabó de nuevo con mi vocación científica. Viniendo de un entorno superprivilegiado con gran soporte económico donde la investigación se plantea como respuesta a la pregunta ¿Qué quiero hacer? me tuve que reajustar a la realidad española donde la investigación se ciñe muchas veces al ¿Qué puedo hacer? Pero mucha pasión y ganas, combinadas con trabajo, un entorno muy favorable y un poco de ingenio hicieron que fuera superando ese pequeño inconveniente. 

 

En este momento vital además incorporé a mi carrera investigadora una faceta docente con gran ilusión. Empecé investigando en la universidad por casualidad, podría haber empezado en cualquier otro centro o instituto de investigación. Pero cuando volví a la universidad lo hice porque tenía vocación docente. Paradójicamente mi vuelta a la universidad fue a través de un contrato de investigación, donde según el cual mi labor consistía exclusivamente en investigar. A pesar de eso, si mi perspectiva era seguir trabajando en esta institución debía impartir, de alguna manera, bastantes horas de docencia a lo largo de estos cinco años de contrato. Aquí me encuentro, pues, la primera extravagancia en los contratos universitarios. De nuevo en esta ocasión el entorno, esta vez el departamento en el que trabajo, facilitó mucho mi labor, otro golpe de suerte, no ha sido así para otros colegas en la misma posición. Así que tuve bastante libertad a la hora de organizar mi docencia e investigación. 

 

Con el tiempo me doy cuenta de que no conozco ninguna profesión donde las funciones y expectativas sean tan difusas como en el caso del profesorado universitario. En mi caso, esta falta de definición en el complejo entramado de la universidad española, muy criticable en muchos aspectos, ha significado libertad. Así que aquí empieza en mi carrera una etapa marcada por la búsqueda de identidad y perspectivas de futuro. Siguiendo con la analogía de las etapas vitales, si mi carrera hasta este momento había estado en su infancia, aquí comienza mi adolescencia laboral. Pero tal como me decía mi abuela (y ya tengo edad de saber que mi abuela casi siempre tenía razón) la libertad acarrea necesariamente responsabilidad. Así que con la responsabilidad y el compromiso de hacer un buen trabajo a cuestas me planteo de qué modo quiero llevar a cabo mi carrera futura. El abanico de preguntas y respuestas es muy amplio y abarca temas desde los más existenciales al pequeño nivel organizativo: ¿Sobre qué tema concreto quiero investigar? ¿Cómo quiero llevar a cabo mi investigación? ¿Con quién quiero colaborar? ¿Quiero unirme a un grupo de investigación ya establecido o crearlo desde el inicio? ¿Cuál debe ser la estructura de este grupo? (número de participantes y reparto de roles y trabajo) ¿Quiero centrar mi faceta docente en un alto grado de especialización (postgrado) o en primeros cursos de grado universitario donde los grupos son numerosos, las condiciones muy limitadas, pero donde la transmisión de entusiasmo es una pieza fundamental? ¿Cómo conseguir crear una buena relación entre la investigación y la enseñanza? ¿Cuánto esfuerzo/dedicación/ tiempo dedicar a obtener y gestionar financiación para la investigación? ¿Quiero implicarme o no en tareas de gestión académica? Y un sinfín de variantes más. Este planteamiento no quiere decir que la puesta en práctica de todas esas variantes sea inmediata, pero las pequeñas decisiones que tomamos día a día nos encaminan a un lugar u otro, dando de facto una gran libertad en la definición de una carrera profesional. 

 

Dirán algunos de mis colegas que alardear de tanta libertad es una fanfarronería. En muchos departamentos universitarios el reparto de docencia es muy poco flexible y la carga docente muy alta. Preparar e impartir varias horas de clase presencial a la semana, junto con la corrección de trabajos y atención al alumnado ocupa una importante porción de tiempo, dejando poco espacio para realizar una investigación competitiva. Por otro lado está el limitante económico ligado a la pésima financiación de la investigación por parte de los sucesivos gobiernos de nuestro país. Además, solo lograr financiación conlleva en muchos casos un trabajo ímprobo. Cierto. Estos factores merman el tiempo y las posibilidades, pero no imposibilitan realizar una investigación competitiva en la universidad y compaginarla con una buena actividad docente. De nuevo (siempre desde mi punto de vista personal) el entorno es clave a la hora de facilitar o incluso posibilitar esta compatibilidad. Sin el apoyo de las instituciones esto es inviable. Es necesario un buen reparto de las tareas docentes, en cantidad y calidad. Pero no es suficiente, una buena actividad investigadora requiere de un hábitat apropiado, esto implica: una masa crítica de personas trabajando en un mismo área de conocimiento, cierto acumulo de know how, espacios apropiados, infraestructuras, medios técnicos (tecnológicos) e inercia. Desafortunadamente, esto solo se consigue con planificación e inversión a largo plazo. 

 

En mi caso particular, de nuevo la suerte me acompaña y trabajo en una universidad y un departamento con vocación y tradición investigadora donde me encuentro las condiciones adecuadas para desarrollar mi carrera de acuerdo a mis anhelos de manera satisfactoria. Lamentablemente, en estos últimos años, debido al recorte salvaje en los presupuesto para investigación y educación, no he tenido la oportunidad de tomar muchas decisiones, pero tampoco la desgracia de desaparecer del mapa investigador como algunos compañeros.

 

Hasta ahí mis anhelos iniciales ligados a mi mas tierna infancia (laboral y personal) quedan satisfechos. Pero según avanzo en edad, y me dirijo a mi madurez laboral, dejo de mirarme el ombligo y mis inquietudes se vuelcan también hacia la repercusión y utilidad de mi trabajo en la sociedad. Ante tan difícil ejercicio de autoevaluación y autocritica creo que lo mas sensato es apoyarse en un input externo. Una de las cosas que mas reconfortante encuentro últimamente es la admiración que muestra la gente hacia los investigadores, me atrevería a decir que incluso más a aquellos que nos dedicamos a la ciencia o a la tecnología. De hecho es raro la persona que al conocer mi profesión no me manifiesta su reiterada admiración seguida de una queja por la falta de financiación a la investigación y la educación en nuestro país. Esto, junto con un buen comentario de un alumno en una encuesta, me parecen los mejores reconocimientos sociales que uno puede tener. 

 

 

Pero no todo es libertad, mi trabajo también es evaluado por parte de agencias especializadas cada cierto tiempo y por mi propia institución. Hasta hace poco se decía que un profesor universitario debía repartir su tiempo por igual entre docencia, investigación y gestión. Personalmente nunca he entendido este reparto, los límites entre estas tareas me parecen demasiado borrosos. Pasando esto por alto, ahora las evaluaciones parecen ir encaminadas a que realizar dos de estas tres actividades con eficiencia es suficiente para promocionar en nuestro nuestro trabajo. Hasta ahí de acuerdo, hacer correctamente estas tres labores resulta casi imposible y entiendo que debe haber profesores con diferentes perfiles para un buen funcionamiento de la institución. Sin embargo me llevo una gran sorpresa cuando miro la retribución económica de estas tareas. Mientras las tareas de gestión (directores de departamento, decanos, secretarios…) llevan asociado un complemento salarial y una disminución de horas de docencia, no se aplica lo mismo a la actividad investigadora. Realizar una exitosa carrera investigadora en la universidad ni tan siquiera revierte en una reducción de horas de docencia y apenas incrementa la nómina del investigador. Esto no incentiva en absoluto la investigación en la universidad. Es más, a veces dan ganas de quedarse en casa ante tal panorama. En este aspecto los investigadores me recuerdan a los documentales de La 2, todos los alabamos pero nadie los ve. 

 

Aun con esas, algunos inasequibles al desaliento seguimos al pie del cañón. No sólo eso, si no que vamos añadiendo nuevas tareas a nuestros quehaceres diarios. En mi caso mi último hobby es realizar tareas de divulgación enfocadas a animar a los jóvenes (especialmente a las jóvenas) a dedicarse a esto, qué temeridad. Pero es que a pesar de todas mis frustraciones me mantengo en mis trece, me sigo considerando una afortunada. Hago lo que me gusta con bastante libertad. Ahora que no me oye nadie tengo que confesar que a veces me asaltan las dudas y pienso que me sostengo sobre una sola pata, pero al final vuelvo a ser la niña que fui y me digo a mi misma que lo más importante de mi trabajo es divertirme con lo que aprendo. 


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