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Sofía Ramos González (1949-2018)

El azul es un color

Sofía Ramos realizó contribuciones originales en cada uno de los temas que abordó en su laboratorio, destacando su innovador e influyente trabajo sobre el gradiente electroquímico de protones en Escherichia coli.

 

  • Carlos López-Otín

  • Catedrático de la Universidad de Oviedo

Sofía Ramos, entrañable y querida profesora de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Oviedo, se despidió de la vida el pasado mes de marzo tras una larga y desigual lucha contra una devastadora enfermedad que, con infinita paciencia, fue destruyendo su privilegiada mente hasta dejarla “en nada y en olvido”. 

 

 

Sofía estudió Biología en la Universidad de Salamanca y se formó científicamente en el grupo del profesor Julio Rodríguez Villanueva. Después, trabajó con Ron Kaback en el Instituto Roche de Biología Molecular de Nueva Jersey, donde coincidió con el inolvidable profesor Severo Ochoa. A su regreso a España, junto a Pedro Sánchez Lazo, se instaló en la Universidad de Oviedo e impulsó el desarrollo de un grupo de investigación en el ámbito de la Bioquímica. La labor científica de Sofía Ramos abarcó temáticas muy dispares que comenzaron con estudios metabólicos en levaduras, se ampliaron al campo de la Bioenergética y la Endocrinología, y terminaron en el terreno de la Oncología. 

 

Sofía fue inteligente y dispersa, curiosa y desorganizada, pero sobre todo y por encima de cualquier otra cualidad, fue siempre una buena persona. Atendiendo a la petición de la SEBBM, podría extenderme en la descripción de sus proyectos, de sus trabajos, de sus ideas, de sus artículos, de sus logros y hasta de sus decepciones. Hoy es fácil encontrar estos datos y saber con certeza quién ayuda al progreso de la Ciencia y quién no lo hace, ni lo hará nunca. Sofía Ramos realizó contribuciones originales en cada uno de los temas que abordó en su laboratorio. Entre todas ellas, destacaría particularmente su innovador e influyente trabajo sobre el gradiente electroquímico de protones en Escherichia coli, el cual abrió el camino a numerosos estudios sobre los mecanismos moleculares subyacentes a la acción de distintas toxinas. De su trabajo más reciente, merece especial mención su detallado análisis de las funciones de la calmodulina y la melatonina en la modulación de la actividad del receptor de estrógenos. Fruto de su extensa labor científica, Sofía Ramos publicó varias decenas de artículos en revistas internacionales y fue una figura muy familiar en los congresos y cursos de nuestra Sociedad, de cuya Junta Directiva fue vocal durante varios años. 

 

Pero más allá de la marea creciente de números que ofrece el dataísmo actual, prefiero usar este espacio para compartir algo más difícil de cuantificar, y tratar de dibujar una visión personal de Sofía a través del relato de la última conversación que mantuve con ella. Fue una mañana de primavera de hace ya siete años, en la que Sofía apareció por sorpresa en la puerta de mi despacho. No la esperaba porque ya hacía muchos meses que su enfermedad la había alejado de cualquier actividad académica, pero aquel día, por un inconveniente doméstico, ella había tenido que acompañar a Pedro y acudir de nuevo al Departamento. Allí, logró distraer por un momento la exquisita atención de quienes la cuidaban y quiso volver a explorar por su cuenta alguno de los rincones que todavía permanecían débilmente anclados en su ya frágil memoria. Quiero creer que fue esa exploración interior la que reposicionó unas coordenadas espaciales largamente olvidadas e impulsó a Sofía a subir las escaleras que separaban su laboratorio de mi despacho y desde la misma puerta esbozar un tímido saludo. 

 

Con su natural candidez y con su sonrisa de siempre, Sofía comenzó a pasear su mirada por la colección de carpetas de colores que de manera masiva pero ordenada se acumulaban encima de la mesa, en las estanterías, sobre la ventana y hasta en el mismo suelo que nos sostenía a ambos. De pronto, entendí que algo se estaba iluminando en su mente y pensé que tal vez estaba asimilando el despliegue policromático de carpetas repletas de artículos científicos a la paleta de colores que durante años había usado para pintar los bellos cuadros de flores evanescentes que adornaban su casa. Y allí, sentados en las mismas sillas —ya muy desgastadas por el uso y la precariedad universitaria— en las que tantas veces habíamos discutido experimentos abstractos sobre las claves moleculares de las enfermedades, comenzamos una conversación que pronto adquirió una dimensión conmovedora. Como si estuvié- ramos deshilvanando el arco iris de la vida, hablamos de la luz y de los colores. En medio de un diálogo tan calmado y reposado que parecía atemporal, le conté que desde niño mi color favorito era el azul y que a medida que había completado vueltas alrededor del Sol, esa adicción se había acrecentado. Después, animado por su emotiva atención a cada palabra compartida, quise hablar del cianómetro que usaba Humboldt para medir la intensidad del azul del cielo durante sus expediciones naturalistas en busca de una percepción integral del mundo y de la vida. Fue entonces cuando Sofía me miró con la intensidad y profundidad que solo poseen las personas verdaderamente inteligentes y me dijo simplemente: el azul ¿es un color?.

 

En ese mismo instante comprendí que Sofía había emprendido en su mente el mismo viaje que Turner, Picasso o Utermohlen habían realizado previamente para despojar a sus obras de cualquier artificio superfluo, hasta conseguir representar con unos pocos trazos magistrales la fuerza del mar, la figura de un mítico animal o el retrato de su propio olvido. No hubo más que decir; acompañé a Sofía hasta el lugar donde durante años había puesto su imaginación al servicio de la Ciencia y me despedí de ella para siempre. Ahora, cuando Sofía Ramos acaba de culminar su temprano y a la vez lento adiós a la vida, acompañada por Pedro y sus maravillosas hijas Ana y Sofía, recuerdo con gratitud y cariño su apoyo crónico y generoso a nuestro trabajo desde que hace más de 30 años decidí presentarme a unas oposiciones en la Universidad de Oviedo e instalarme en Asturias. “Estos días azules, este sol de la infancia” ya nunca volverán, pero siempre guardaré la figura inteligente y sonriente de Sofía, como un gran referente entre las personas buenas que encontré en este lugar en el mundo. Hoy, quiero creer que es cierto que la memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados. Con la ayuda de una infusión virtual de factores de Yamanaka viajo atrás en el tiempo, rescato con emoción nuestra última conversación sobre la luz y los colores, e imagino que Sofía con la sola compañía de su inteligencia y de su bonhomía, habrá completado su camino definitivo hacia “los vastos confines orientales del azul” para descifrar “las secretas leyes que unen planetas y metales”.


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