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Desde la guardería

El sistema educativo y el sistema social de valores en el que hemos elegido vivir, intenta a toda costa mantenernos en una infancia permanente, siempre incapaces de tomar las riendas de nuestra vida, perpetuamente ajenos a la mera posibilidad de tomar decisiones de fondo.

  • Félix M. Goñi

  • Presidente SEBBM

Queridos consocios:

 

Os escribo estas líneas desde el establecimiento de enseñanza donde trabajo. Es un lugar limpio y alegre, rodeado de verdes praderas, en las que pastan vaquitas y ovejitas. Ingresar en el centro es fácil, hay un examen de entrada pero lo aprueban más del 90% de los presentados. No todo el mundo puede ir a la clase que prefiere, pero al final a todos los acomodan en algún sitio y eso es lo importante, entrar. Eso de que no todo el mundo pueda ir a la clase de la seño preferida tiene algunos inconvenientes. De hecho, matricularse requiere, en bastantes casos, tomar decisiones sobre la clase elegida o sobre la menos deseada, pero para eso normalmente los chicos suelen ir acompañados de sus mamás, para que no se equivoquen. Luego resulta que para rellenar el formulario las mamás se lían bastante con el ordenador, pero los niños les ayudan y es de mucha risa.

 

En las clases los niños hablan bastante entre ellos y hacen poco caso de los profes. Es normal, porque a los profes no se les entiende, porque piensan que los niños han estudiado cosas que no han estudiado y los niños se aburren, y miran el móvil, o hablan de cosas. Los exámenes son muy difíciles, pero si se penca una, uno puede volver a examinarse todas las veces que quiera. Y luego puedes ir a “revisar” el examen, que quiere decir que puedes dar el coñazo a la seño hasta que te sube unos puntitos. La seño siempre está disponible, nunca puede faltar porque si van los niños y ella no está le arman una gorda.

 

Siempre es posible que un profe se ponga superborde y no apruebe a un niño, pero entonces el niño, o sus papás, pueden quejarse a los jefes del profe, y hasta hay una cosa que se llama “Defensor del alumno”, para cuando el profe se pone tonto. Otra cosa que pasa a veces es que el niño, con todo el agobio de los exámenes y eso, se deprime o hace cosas raras, y entonces en el centro ponen a un médico para que le cuide.

 

Ah, la comida es asquerosa, y los niños siempre se quejan, pero las mamás muchas veces no hacen caso, o les dan dinero para que se compren un donuts a la hora de la comida…

 

Bueno, como es natural, la guardería a la que me refiero es la universidad. No precisamente aquélla en la que presto mis servicios, sino cualquier universidad de nuestro país, y, me temo, de los países a los que nos gusta parecernos, por no hablar de los otros. Hace unos días, en la High Table de una gran, grandísima universidad inglesa, me hablaban de la necesidad de que los nuevos Professors tuvieran una Research Culture. Yo pensaba, en mi simpleza, que en esa universidad todos los profesores serían también unos al menos decentes investigadores. Pero resultó que la cosa no iba por ahí, que lo de la Research Culture es, sobre todo, que haya un buen rollo entre los investigadores, y que se lo cuenten todo unos a otros (“transparencia”), y que no maltraten a los doctorandos, para cuya eventualidad la universidad dispone de psicólogos y psiquiatras especializados.

 

Pues bien, seré un asno hispánico, o un bruto apátrida, o un ignoramus universal, pero creo que ese no es el camino. La sociedad humana necesita niños, pero en la edad infantil, y necesita adultos en la edad juvenil y madura. Sin embargo, el sistema educativo y, en realidad, el sistema social de valores en el que hemos elegido vivir, intenta a toda costa mantenernos en una infancia permanente, siempre incapaces de tomar las riendas de nuestra vida, perpetuamente ajenos a la mera posibilidad de tomar decisiones de fondo, eternos negacionistas del dolor e ilusos perseguidores del próximo capricho.

 

En fin, os dejo, que se me está apeteciendo un donuts


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