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Mariano Barbacid Montalbán. Bioquímico especializado en investigación oncológica molecular.

“De haber empezado ahora me hubiera decantado por las neurociencias”

  • Ismael Gaona Pérez

MARIANO BARBACID (Madrid, 1949)

Es uno de los bioquímicos más prestigiosos del mundo en investigación del cáncer. Doctor en ciencias químicas por la Universidad Complutense, en 1974 se instaló en el Instituto Nacional del Cáncer de los Estados Unidos donde realizó diversas investigaciones que le llevaron a aislar el primer gen oncogénico de un tumor humano y establecer su mecanismo de activación (1982). Estos descubrimientos sirvieron para establecer las bases moleculares del cáncer y abrir un campo nuevo de investigación que hoy en día conocemos como Oncología Molecular. En 1998 regresó a España para crear y dirigir el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas en Madrid. En la actualidad, su investigación se centra en la identificación de dianas terapéuticas en tumores de pulmón y páncreas inducidos por oncogenes KRAS. 

 

 

¿Cómo empezó todo?

Mi origen como investigador se lo debo a dos profesoras que tuve en bachillerato, en particular a Doña Carmen Michelena. Me regalaron un libro en francés (Los ácidos nucleicos), lo que me llevó a despertar mi curiosidad. Siempre tuve dos curiosidades: el origen del universo, el origen de la materia, lo que somos, qué es lo que hace que el universo no parezca tener tiempo; y una segunda, el origen de la vida. Quizá por un defecto —ya que la matemática, aunque no se me daba mal, no la dominaba como la química— me decanté por la investigación biomédica y no por la astrofísica.

 

Es decir, su vocación arrancó con un libro…

Sí. El gusanillo empezó con este libro. Michelena era una mujer extraordinaria. Uno de sus hijos era compañero de clase. A él le daba clases de refuerzo junto a otros dos compañeros… y como se me daba bien estudiar, ella me explicaba cosas nuevas, me contaba cómo se formaba la materia, los números cuánticos, me hablaba del principio de indeterminación de Heisenberg, temas que si bien no llegaba a comprender totalmente, me iban despertando la curiosidad. La combinación de ambas cosas fue determinante.

 

¿Hablamos de qué edad?

A los 13-14 años. Una época en la que apenas había televisión, ni teléfonos móviles, ni videojuegos… Tenía mucho tiempo para estudiar y hacer alguna barrabasada de vez en cuando. Jugaba siempre que podía al fútbol, si bien con más voluntad que acierto. 

 

Su vida avanza y poco después se convierte en uno de los científicos más prometedores de España.

Tuve suerte, pero parafraseando aquello de que “lo importante es que la inspiración te llegue cuando estés trabajando”, hay que saber administrarla. Cuando terminé la carrera no sabía muy bien como iniciar mi carrera investigadora. Quería marcharme de España, pero no hablaba inglés. Esto me cortó. Un compañero de clase me informó de la existencia del Centro de Investigaciones Biológicas (en la calle Velázquez, Madrid) y en un curso cuatrimestral de último año conocí a Eladio Viñuela y Margarita Salas. Esto me dio información de que había investigadores de muy alto nivel en España y, finalmente, me quedé. No pude hacer la tesis con Margarita Salas —porque cogió a otro becario y me dijo que no tenía sitio— pero sí con David Vázquez, un gran científico que falleció muy joven —con 58 años— como consecuencia de un cáncer de colon. Con él empecé a acumular un buen curriculum (14 publicaciones solo en la tesis doctoral), y fue cuando decidí irme a Estados Unidos al terminar mi tesis. A partir de ahí empecé a dedicarme a lo que me gustaba: la investigación en cáncer, que era el campo donde se abrían más caminos. Tengo que decir, por otro lado, que si empezara de nuevo me hubiera dedicado a las neurociencias, que es donde está la frontera, pero entonces mandaba el cáncer. En aquella época los investigadores mas relevantes trabajaban con virus oncogénicos ARN o ADN. Finalmente me decanté por los retrovirus, que fue otro golpe de suerte, porque ahora sabemos que los oncogenes retrovíricos son los mismos oncogenes que tienen en el cáncer humano, mientras que los virus ADN, como el virus del papiloma, solo están implicados en el cáncer de cérvix.

 

 

Se ha ido transmutando en Ciencia el sistema de creencias…

En general, los modelos de aquella época no tenían mucho que ver con el cáncer humano.

 

Ya estamos en Estados Unidos...¿en qué momento despega?

Llegué en 1974 para realizar una estancia posdoctoral. Nada más llegar e incorporarme al laboratorio de Stuart Aaronson coincidí con otro posdoctoral (cuyo nombre ya no recuerdo), que sugirió asistir a la reunión anual que el Instituto del Cáncer organizaba en Hersey (Pensilvania) con todos los investigadores que recibían financiación de este instituto para exponer allí sus progresos, sus proyectos. Aparte del atractivo científico de asistir (eso sí “de extranjis”) a esa conferencia se unió la novedad de ir a Hersey en una avioneta particular que alquiló el compañero posdoctoral. Allí nos plantamos en poco más de una hora. Este viaje, me permitió no solo escuchar mi primera conferencia en Estados Unidos, sino una conferencia histórica, ya que en ella se presentaron los descubrimientos de Michael Bishop y Harold Varmus sobre los oncogenes retrovíricos que posteriormente les valió el Premio Nobel. Allí describieron que estos oncogenes no eren genes de origen vírico propiamente dicho, sino formas mutadas de genes celulares presentes en todos los vertebrados. Esto implicaba que, al menos en teoría, era posible que nuestros propios genes pudieran convertirse en genes de cáncer mediante mecanismos o mutaciones similares a las introducidas durante su incorporación a los retrovirus, un concepto totalmente novedoso en aquel momento. Tuve esa idea rondándome la cabeza hasta que en 1978 Stuart Aaronson me dio independencia para formar mi propio grupo. Esto me permitió empezar a trabajar por mi cuenta con el virus del sarcoma felino. La cosa no iba mal pues en poco tiempo pude publicar tres o cuatro trabajos ya con mi propia línea de investigación. 

 

Pero el punto de inflexión vino gracias a mi amistad con Ángel Pellicer. A Ángel le había conocido en Madrid cuando coincidimos como becarios predoctorales en la cuarta planta del Centro de Investigaciones Biológicas. En aquella época, Ángel estaba haciendo un postdoc en Nueva York con Richard Axel. Ellos pretendían aislar genes basados en su actividad biológica. Es decir, usaban células deficientes en una actividad enzimática y les introducían DNA genómico. Si la célula adquiría el enzima de la que era deficitaria gracias a la entrada del DNA genómico, estas células podrían crecer en un medio selectivo y a partir de ahi sería posible aislar el gen que codificaba para el enzima en cuestión. 

 

Ángel me llamó una noche para decirme que había encontrado —justo cuando iba a tirar las placas— dos colonias de células que estaban creciendo lo cual indicaba que habían adquirido el gen de esa encima del ADN genómico. No salían los números, pero sí el experimento. Aquello me inspiró y me dije: si ellos son capaces de detectar un gen por una actividad que produce una selección positiva (de crecer a no crecer), quizás fuera posible identificar oncogenes que hicieran que mis células se transformaran y cambiaran su morfología, pudiéndolas detectar de esta forma. Se puede decir que esto también fue un golpe de suerte… Sin pensármelo dos veces cogí mis células transformadas por el virus del sarcoma felino y me fui un fin de semana a Nueva York, al laboratorio de Ángel a intentar poner en práctica su metodología. Allí aislé el ADN de mis células y me lo traje a Bethesda junto con el protocolo y todos los consejos que me dio Ángel y que habían hecho que a él le funcionara su experimento. Una vez en Bethesda, hicimos el experimento y vimos como aparecían cinco o seis áreas de células transformadas, que tras aislarlas pudimos demostrar que todas contenían el oncogén del retrovirus felino integrado en el ADN genómico celular. Es decir demostré que de haber oncogenes en los tumores humanos, esta técnica me permitiría detectarlos. 

 

Como éramos solo tres personas en el laboratorio, le pedí a una técnico de Stu Aaronson si me podía pasar células de todas las líneas celulares humanas que ella crecía de forma rutinaria. En un principio le pedí solo aquellas células que tuvieran una morfología muy distintiva pensando que así sería mas fácil detectarlas en los ensayos de transfección. Irónicamente, entre las 30 líneas celulares que me pasó, había una línea cuya morfología no era la más adecuada, pero lo que son las ironías del destino, fue la que primero nos funcionó. En concreto, una línea derivada de un carcinoma de vejiga denominada T24. Estas células transformadas fueron el material de partida para que, ya con Eugenio Santos incorporado al laboratorio, pudiéramos empezar a intentar clonar el oncogén allí presente, algo que pudimos hacer en un tiempo record, especialmente teniendo en cuenta que ni Eugenio ni yo teníamos experiencia previa sobre como clonar genes, algo rutinario ahora pero muy complejo en aquellos días de 1981. El oncogén resultó ser un miembro de la familia RAS, H-RAS, lo que nos permitió poder publicar a lo largo de 1982 una serie de trabajos (Nature llamó a 1982 “the year of the oncogen”) que pusieron a nuestro laboratorio en el mapa de la investigación del cáncer.

 

Y se vuelve a España en 1998.

En 1988 decidí irme a la compañía E.R.Squibb donde como vicepresidente de Oncology Drug Discovery pude compaginar mis líneas de investigación básica con el fascinante mundo del descubrimiento de fármacos. Desgraciadamente en 1997 llegó un nuevo presidente de I+D que no era en lo absoluto partidario de que se hiciera investigación básica en la empresa por lo que decidí volver al mundo académico. En verano de 1997 firmé una oferta para trabajar en el MD Anderson en Houston. Mira por donde, el edificio donde iba a estar mi laboratorio era nuevo y aún no tenía el permiso de habitabilidad, por lo que hubo un retraso de seis meses en mi marcha a Houston. En ese mismo año hablé durante unos cursos de verano con José Antonio Gutiérrez Fuentes, entonces director del Instituto de Salud Carlos III, y me planteó la posibilidad de hacer realidad un centro de investigación sobre el cáncer, el futuro CNIO. Puse sobre la mesa dos condiciones: la primera, que no fuéramos funcionarios y que la gestión recayera en una fundación; y la segunda, que recibiéramos directamente la subvención nominativa para tener una administración independiente. El Ministerio de Sanidad dio el visto bueno por lo que decidí no ir a Houston y volverme a España. El CNIO se construyo en poco mas de tres años y 10 años más tarde éramos ya un centro de excelencia considerado entre los 15 mejores del mundo en todas las áreas, no solo en biomedicina, según el ranking de calidad utilizado por el Scimago Institutions Ranking. 

 

Otro indicador de la excelencia alcanzada por el CNIO en aquella época es que cuando se crearon los proyectos del European Research Council (ERC) en 2008/09, llegamos a tener 8 ERC en los 26 grupos que entonces tenía el CNIO, es decir casi uno de cada tres. En aquella época no hubo nadie en Europa que tuviera más de 8 ERCs, solo el Karolinska (Suecia) y el Weissman Institute (Israel) nos igualaron. Realmente, fue una época espectacular. 

 

 

¿Y qué pasó después?

Una vez que el centro iba ya casi a velocidad de crucero, la verdad es que me cansé de ser director. En España no tenemos cultura de centro. La gente trabaja muy bien en su laboratorio, pero el centro le importa poco siempre que sus necesidades estén cubiertas. Nadie me ayudó a seguir contratando gente ni a identificar grupos extranjeros de primer nivel que fuera posible atraer a Madrid como fue el caso de Erwin Wagner o de Christopher Heeschen. Todo lo contrario a lo que sucede en Estados Unidos donde lo que quieren es que su organización sea la mejor del mundo. Esta mentalidad de contribuir a que tu centro sea cada vez mejor no la encontré entre mis colegas en el CNIO. Por ello decidí que mi tiempo como director se había acabado.

 

¿Sigue perdiendo peso la ciencia en España?

La ciencia española está devastada desde que empezó la crisis. En 2019 tenemos niveles de financiación de hace más de dos décadas. Como todos sabemos, los presupuestos para el I+D se han recortado todos los años desde 2009. Incluso hay una parte importante del dinero dedicado a proyectos, los créditos financieros, que casi nadie puede usar y se terminan devolviendo al Tesoro. A pesar de ello, se siguen incluyendo todos los años en los Presupuestos Generales del Estado, incluidos los últimos presupuestos fallidos que llevaron a la convocatoria de elecciones. Hay que confiar que una vez se conforme el nuevo Gobierno, reine la cordura y se corrijan este y otros muchos otros desatinos que todos sufrimos en nuestro día a día de querer seguir investigando en condiciones cada vez más difíciles. Es esencial que, de una vez por todas, el estamento investigador pueda tener su propias normas en aquellas áreas que nos diferencian del resto de la Administración del Estado. Además, no podemos seguir sin que haya un aumento significativo en los presupuestos de esta legislatura que ahora empieza para que la financiación del sistema de I+D recobre los niveles de 2008 en el menor tiempo posible. Pensemos que si los recobráramos en cuatro años, esto implicaría haber perdido cuando menos, una década y media. Y mientras tanto, la diáspora de investigadores jóvenes sigue creciendo sin esperanzas de poder volver un día a España con las garantías con las que pude volver yo, o al menos con la posibilidad de poder seguir investigando al nivel que lo están haciendo ahora fuera de nuestras fronteras.

 


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