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¿Dónde estabas el 21 de julio de 1969?

Si nos preguntan, de pronto, dónde estábamos el 21 de julio de 1969, es posible que pongamos cara de extrañeza. Nos tienen que añadir: “cuando llegó el hombre a la Luna”. Y entonces nos viene inmediatamente a la cabeza la larga vela ante el televisor.

  • Félix M. Goñi

  • Presidente SEBBM

Todos, o todos los que teníamos la edad necesaria, recordamos sin dificultad dónde estábamos el 23-F, o el 20-N, no hace falta decir el año. Mis padres y abuelos recordaban los detalles de su actividad el 14 de abril, o el 18 de julio, también sobraba el año. Obsérvese que solo a finales del siglo XX se establece el hábito periodístico, quizá de origen anglosajón, de nombrar las fechas por una cifra y una inicial. El 21 de julio de 1969 es un poco especial y, por alguna razón, la fecha no ha calado como las anteriores. Si nos preguntan, de pronto, dónde estábamos el 21 de julio de 1969, es posible que pongamos cara de extrañeza. Nos tienen que añadir: “cuando llegó el hombre a la Luna”. Y entonces nos viene inmediatamente a la cabeza la larga vela ante el televisor, la cháchara inagotable de Jesús Hermida y, finalmente, unas imágenes muy borrosas de algo que nos obligábamos a creer que era muy importante. Y que de hecho lo era. Ahora, por qué la fecha del 21 de julio no tiene la fuerza evocadora de bastantes otras, es para mí un misterio.

 

La memoria de aquella madrugada del 21 de julio tiene elementos comunes en todos nosotros. Yo tengo, además, dos recuerdos muy personales vinculados a aquella fecha que me dispongo a compartir con los hermanos. Uno es el comentario de mi abuela Trinidad Arreche, aldeana perfectamente instalada en su cosmovisión mítica, pero sobradamente lista como para saber que, delante de los demás, tenía que fingir su aceptación del mundo copernicano-racional (sin saber quién fue Copérnico, no hace falta decirlo). Bueno, esa madrugada dejó entrever un resquicio de su mundo cuando nos dijo. “Pero, ¿vosotros os creéis eso? ¿Cómo van a estar en la luna? ¡Eso es una película que han hecho en un descampao!” El famoso “descampao” se convirtió pronto, naturalmente, en uno de los estándar de las bromas familiares. ¡Qué lejos estábamos ella y nosotros de sospechar que, cincuenta años más tarde, miles de personas educadas suscribirían con gran aparato de pseudoargumentos que la famosa llegada a la luna había sido rodada, evidentemente, en un “descampao”.

 

El segundo de mis recuerdos es más profesional ya que, a la tarde del mismo día 21, Severo Ochoa daba una conferencia en el Colegio de Médicos de San Sebastián, invitado por algún galeno que había coincidido con Don Severo en la Residencia de Estudiantes. Hacía un calor espantoso y todos estábamos con un sueño tremendo. La afluencia de público fue enorme: acudieron allí todos los médicos de San Sebastián, acompañados por sus esposas, ellos y ellas de punta en blanco, bastantes de ellas con lo que entonces se llamaba abrigo de verano, y era requisito imprescindible para ser contado entre la gente bien. El salón de actos se llenó enseguida (afortunadamente yo fui con tiempo) y mucha gente se quedó fuera, oyendo pero no viendo, a través de unos altavoces descacharrados.

 

Todo fue bien hasta que Don Severo empezó, como es natural, a hablar de sus investigaciones y el público descubrió, como es natural, que no entendía ni palote de aquello. El aire acondicionado solo existía, por aquel entonces, en las películas de Hollywood y el ambiente en la sala era por demás sofocante. Aprovechando la oscuridad necesaria para exhibir las que entonces llamábamos filminas, comenzó lo que inicialmente fue una tímida retirada, para convertirse pronto en una desbandada total. Yo creo que no quedamos ni la cuarta parte de los asistentes iniciales. El pobre Ochoa no pudo seguir ignorando el espectáculo y, con gran elegancia, hizo referencia al sueño y al calor para disculpar a los fugitivos.

 

Bueno, y ¿qué fue para mí lo mejor de aquella conferencia? Pues, que la entendí toda. Toda, todita. Y eso que yo acababa de terminar primero de medicina y Don Severo había presentado allí sus últimos descubrimientos. No fui el único. A la salida me junté con Ana Gortari, una estudiante de Biológicas de Rentería. Ambos habíamos asistido al mismo curso de Bioquímica (entonces común para médicos y biólogos), dictado por mi recordado maestro Don José María Macarulla. Y este profesor insigne tenía la asignatura tan absolutamente al día que sus enseñanzas nos permitieron entender los experimentos, totalmente vanguardistas, de Ochoa. Recuerdo muy bien a Ana y a mí mismo comentando a la salida nuestra buena fortuna académica, que nos había hecho ser, a buen seguro, las dos únicas personas preparadas para seguir la lección del Nobel.


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