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Estados Unidos-China: la ciencia mundial en el aire

El grave deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y China plantea una serie de desafíos, no solo para el orden comercial global a medio plazo, sino para el desarrollo científico mundial a más corto plazo. 


Mayo de 2015. En una operación policial sin precedentes, doce agentes del FBI armados entran en el domicilio familiar del físico Xiaoxing Xi y se llevan al investigador asiático ante el juzgado por un supuesto delito de espionaje. Xi, presidente del departamento de Física de la Universidad de Temple (Filadelfia), fue puesto ante la Justicia estadounidense acusado de compartir “ilegalmente secretos de alta tecnología con China”. Este reputado científico gestionaba hasta entonces nueve proyectos de investigación del Gobierno y más de un millón de dólares procedentes de fondos federales, amén de las subvenciones que otorga la National Science Foundation (NSF). Precisamente, por orden de la NSF, Xi se vio obligado a abrir líneas de colaboración con otros colegas chinos, lo que se interpretó —por la Fiscalía— como una forma de “exportar ilícitamente” tecnología estadounidense innovadora. 

 

En septiembre del mismo año se retiró el caso y el profesor terminó por demandar al agente del FBI involucrado en la falsificación de las evidencias. Xi perdió su puesto, dejó por el camino varias subvenciones millonarias y llevó a su familia casi a la bancarrota. Recientemente, la Sociedad Estadounidense de Física le ha reconocido con el prestigioso Premio Andrei Sakharov por “una defensa firme en apoyo de la comunidad científica de los Estados Unidos y el intercambio científico abierto”.

 

A pesar de este y otros atropellos judiciales, el miedo de EEUU al gigante chino viene rozando la esquizofrenia desde hace varios años. Cabe recordar otro caso similar al de Xi y que fue protagonizado por Sherry Chen, hidrólogo del Gobierno, quien también fue acusado de filtrar información a las autoridades chinas. A pesar de que se retiraron los cargos, Chen todavía no ha recuperado. 

 

Según las hemerotecas, desde 2012 hasta ahora, el Departamento de Justicia de los EEUU ha retirado cargos contra cinco científicos de origen asiático acusados por los mismos delitos. “El hecho de que sospecharan de que estamos robando secretos para China es muy ofensivo”, aseguró Xi. “Somos estadounidenses”.

 

LA GRAN AMENAZA ASIÁTICA

La fuga de conocimiento hacia China se ha convertido en una obsesión para la Administración Trump. El director del FBI Christopher Wray subrayó este pasado mes de julio ante el Comité Judicial del Senado que China es una amenaza para toda la sociedad estadounidense “Nuestra agencia tiene más de 1.000 investigaciones en curso sobre robos de propiedad intelectual. Todas están vinculadas a Beijing. Así que nos encontramos ante una amenaza profunda”. Wray dijo que espionaje asiático se centraba en empresas del sector aeroespacial y la agricultura, así como a otras startups de Silicon Valley.

 

Pocos días después de la intervención del máximo responsable del FBI, el director de los NIH, Francis Collins, remitió una carta a las más de 10.000 instituciones estadounidenses financiadas por la agencia, mostrando su preocupación porque “algunas entidades extranjeras estuvieran interfiriendo en el control económico, la investigación y la revisión por pares de proyectos respaldados por NIH”. Tras esta medida, Collins aseguró que investigaciones realizadas en 55 universidades estadounidenses habían hallado infracciones “atroces” con relación al cumplimiento de las normas que rigen la concesión y gestión de las ayudas que proporciona la agencia, incluidos sus beneficiarios y cómo se disponen de estas cantidades, si reciben subvenciones de otros países o desvían la propiedad intelectual.

 

Así, el director de los NIH advirtió de que las universidades anunciarían acciones contra aquellos científicos extranjeros que han violado las reglas. Por ejemplo, el doctor Anderson despidió a tres investigadores como consecuencia de la investigación, mientras que hay otros dos implicados. Según la revista Nature, “cuatro de los científicos han sido acusados de compartir indebidamente información confidencial sobre solicitudes de subvención, y uno de ellos de enviar —al menos— una solicitud de subvención que contiene información patentada a un científico en China”.

 

 

UN APARTHEID CIENTÍFICO

Otra de las cuestiones que más se está viralizando en la comunidad científica es la restricción de la visa a estudiantes graduados procedentes de China. Hasta hace un año, se podían obtener visas de cinco años que normalmente cubrirían el tiempo necesario para obtener un doctorado. Sin embargo Trump ha estrangulado el tiempo de la visa a un año. Según se apunta desde Washington, con esta medida se pretende “proteger la seguridad nacional” y prohibir a los chinos a que formen parte de investigaciones “sensibles”.

 

Sin embargo, pocos caen en que este apartheid podría dañar, al fin y al cabo, el sistema de innovación estadounidense y que, a mayor aislamiento, más aceleración de China en cuestiones de ciencia y tecnología. Así, hay varios factores que podrían propiciar este último escenario: la composición de la Academia de Ciencias de EEUU (en su gran mayoría formada por extranjeros), o la procedencia de entre el 50% y el 80% de los estudiantes de posgrado relacionados con los campos STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), también foránea. Esto significa que una parte crítica del capital financiero e intelectual para las universidades estadounidenses depende de gente que viene de fuera. Y, dentro de este colectivo, el formado por los chinos es el más numeroso.  

 

Por ello, si los investigadores extranjeros no se sienten bienvenidos, llevarán su capital intelectual a otra parte. Paradójicamente, en los últimos años se ha dado a conocer el fenómeno conocido como “tortugas marinas”, estudiantes chinos que vuelven a su país después de estudiar en el extranjero pese a rechazar carreras lucrativas en Wall Street o Silicon Valley.

 

El físico y divulgador estadounidense Michio Kaku se refiere a esto como una consecuencia de una mala planificación académica en EEUU, “país que cuenta con el peor sistema educativo conocido por la ciencia”. En su opinión, sin inmigrantes que vengan a América para educación e investigación, el establecimiento científico y la economía tecnológica de los Estados Unidos colapsarían, y podríamos “olvidarnos de Google o Silicon Valley”.

 

Este cuello de botella llega a deparar, por otro lado, situaciones anedóticas. Por ejemplo, el físico cuántico Jian-Wei Pan (University of Science and Technology of China in Hefei) comentó en una entrevista reciente que se había perdido este año dos conferencias en los Estados Unidos, incluyendo la reunión de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS), en la que iba a haber recogido el prestigioso Premio Newcomb Cleveland por un papel sobresaliente publicado en Science. El motivo, que no se le concedió una visa a tiempo. 

 

Son miles los científicos titulares que desde EEUU están regresando a China a medida que Beijing financia la investigación científica como parte de su intento de estimular la innovación nacional.  Y los investigadores chinos están dando pasos de gigante. Por ejemplo, el año pasado Jian-Wei Pan y su equipo de la Universidad de Ciencia y Tecnología en Hefei, establecieron un récord mundial en teletransportación cuántica, o el envío de información cuántica de un lugar a otro. Este y otros resultados confirman las predicciones de que la inversión china en investigación y desarrollo superará a los EE. UU. como el mayor inversor mundial a partir del próximo año. 

 

Y EL FUTURO...

El futuro es incierto y lo que sabemos es la antigua y floreciente relación bilateral en ciencia y tecnología se ve ahora empañada por cuestiones como la seguridad nacional y la protección de la propiedad intelectual. 

 

En su artículo titulado Chinese science and the US–China tech war, Richard P. Suttmeier, profesor emérito de Ciencias Políticas de la Universidad de Oregón, subraya varias características del desarrollo científico chino que condicionarán su respuesta a una guerra tecnológica con EEUU.Para Suttmeier, “hasta hace poco, el sector empresarial chino carecía de una fuerte orientación de investigación y buscaba tecnologías testadas en el extranjero en lugar de fortalecer la transferencia de conocimiento. Por ello, y a pesar de la presión de las autoridades chinas, el sistema de investigación se ha convertido en una comunidad que produce publicaciones reconocidas internacionalmente y tecnologías novedosas”. Y así, se hace valer la frase “que inventen otros”. 


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