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Asignatura pendiente

El nivel académico medio de las universidades españolas es equivalente al norteamericano. Nada tiene que envidiar cualquier universidad pública en nuestro país a la mayor parte de las universidades estatales estadounidenses.

  • Miguel Ángel de la Rosa

  • Editor de SEBBM

Hace unos meses la prensa se hizo eco de la situación de los “anecados”, así llamados los candidatos que no consiguen superar el nivel de la ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación) para acceder a los cuerpos docentes universitarios. El hecho de que algunos anecados fueran investigadores responsables de proyectos financiados por el prestigioso ERC (del inglés, European Research Council) dio pie a titulares como el siguiente: “Científicos de élite rechazados por la universidad española” (El País, 4 agosto 2019). 

 

En este contexto puede resultar ilustrativo el caso de Venki Ramakrishnan, galardonado con el Premio Nobel de Química y socio de honor de SEBBM, quien tomó la decisión en 1999 de abandonar su cómoda posición en la Universidad de Utah-USA y mudarse al Laboratorio de Biología Molecular (LMB) de Cambridge-UK, a fin de poder profundizar en sus estudios sobre la estructura del ribosoma. El pasado mes de julio, en el congreso FEBS en Cracovia, tuvimos ocasión de hablar de su reciente libro —y su interés en traducirlo al castellano, idioma que domina— titulado Gene Machine: The Race to Decipher the Secrets of the Ribosome (Basic Books, 2018), en el que relata la razón de su traslado: «Yo no tenía los cristales [de ribosomas] pero pensaba que tenía una idea sobre cómo conseguirlos (…) Podría imaginar las carcajadas del comité de evaluación mientras arrojaban mi proyecto a la papelera (…) Pero el LMB era diferente. Allí entendían que algunos problemas requieren mucho tiempo y, lo que es más importante, había mucha gente que sabía qué hacer para solucionarlos.» En efecto, el LMB es sencillamente diferente: con 16 laureados y 12 descubrimientos reconocidos con el premio Nobel, sobran explicaciones.

 

Migrar de USA a UK no dejaba de resultar paradójico, pues la punta de lanza de la ciencia lleva la etiqueta “made in USA” desde la segunda guerra mundial. Y así es, pero en Utah, con una universidad de nivel medio, Ramakrishnan tenía que financiar sus investigaciones con proyectos “seguros”, de resultados ciertos y previsibles, como sucede aquí en España. Un proyecto “seguro” es aquel en el que los resultados —milestones y deliverables, según la jerga en inglés al uso— se van obteniendo en base a un plan escalonado de cumplimiento de objetivos. ¡Pero la previsión de resultados es precisamente todo lo contrario a cualquier aventura científica, cuya imprevisión es la característica esencial! Es como si a Magallanes y Elcano, ahora que celebramos el quinto centenario de la circunnavegación de la Tierra, se les hubiera pedido un cronograma detallando los puertos de arribada previstos en su viaje alrededor del mundo. 

 

Un movimiento como el de Ramakrishnan sería impensable si el destino fuera una universidad española, y mucho menos siendo norteamericano el centro de origen. Pero ello no implica que nuestras universidades desmerezcan en el concierto internacional. Antes al contrario, según los últimos datos del Center for World University Rankings (CWUR), 53 universidades españolas aparecen entre las 2.000 primeras en una tabla dominada por Estados Unidos (358), China (249) y Japón (130). En relación a la población de cada país, España supera a los tres países de cabeza al disponer de 1,13 universidades destacadas en el CWUR por cada millón de habitantes, en tanto USA, China y Japón tienen 1,09, 0,18 y 1,03, respectivamente. 

 

El nivel académico medio de las universidades españolas es, de hecho, equivalente al norteamericano. Nada tiene que envidiar cualquier universidad pública de capital de provincia en nuestro país a la mayor parte de las universidades estatales estadounidenses. En conjunto, el sistema universitario español constituye una red de educación superior más que suficiente para satisfacer la demanda de la sociedad en cuanto a capacitación profesional y formación intelectual de ciudadanos. La diferencia radica en los centros académicos de vanguardia —léase Berkeley, Cambridge, Harvard, Oxford, Stanford, Yale, entre otros, por citar solo algunos anglosajones—, los que cruzan la frontera hacia lo desconocido y realizan descubrimientos rompedores que marcan época. 

 

El problema, pues, no es que las universidades españolas, como la de Utah, no den cabida a científicos de élite, más bien el problema es que no existen universidades de élite en España. Seguimos con la asignatura pendiente.


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