A+ A-


Fertilización cruzada

Alucinaciones

Javier Sancho

Olé Libros

València (2019)

62 p.

  • Carlos Briones

  • Centro de Astrobiología (CSIC-INTA)

Siempre es una buena noticia que se publique un nuevo libro de poesía. Más aún si esos versos nos hablan sobre la vida y están escritos por un bioquímico. Porque no es habitual que un investigador y profesor universitario “de ciencias” publique un poemario, nos muestre su mundo interior, decida compartir el fruto de sus conexiones neuronales y del ATP que ha movido sus dedos. Por eso he leído Alucinaciones con gran interés: con la sed de quien espera del agua el frescor de un torrente cristalino, pero también buscando una red de moléculas enlazadas por puentes de hidrógeno.

 

Y la experiencia ha sido muy gratifi cante. Estamos ante un poemario editado con esmero por el grupo Olé Libros, en el que cada poema va precedido por una refl exión gráfi ca del pintor y escultor José Lapasió, quien con sus trazos y su tipografía ha sabido recorrer –y recrear– las palabras del poeta. Los versos de Javier Sancho, profundos y meditados, comienzan envueltos en la nostalgia –“Hay recuerdos que duran lo que dura una vida”– para terminar lamentando la muerte de los nenúfares, que fi nalmente quedarán “fl otando inmensamente solos”. Vivir, morir, amar: tres verbos que el poeta conjuga con la destreza de quien ha crecido entre la realidad y el deseo.

 

 

A lo largo de este viaje vital y literario encontramos poemas con gran variedad estilística, desde sonetos a sucesiones de versos libres, ya que cada uno ha nacido en un tiempo diferente, con el fondo y la forma que dictaba su momento creativo. “La poesía se escribe cuando ella quiere”, decía nuestro añorado Pepe Hierro. Javier Sancho lo sabe, y ha convertido ese álbum formado por instantes irrepetibles en un presente único, pero a la vez poliédrico, que nos envuelve desde el principio hasta el fi nal de estas inspiradas páginas. Así, pueden salir a nuestro paso momentos oníricos y surrealistas como los que encontramos en los poemas Rinocerontes o La vaca, para toparnos a continuación con el sobrecogedor Osario: una fosa común en la que se pudren los recuerdos.

 

También hay poemas desconcertantes, como Violencia de género, en el que nada es lo que parece. O tal vez sí. Una historia de amor y desamor, de abandono y alcohol, en la que se esconde uno de los versos más largos y sugerentes de este libro: “Y viajan siempre juntos, les encanta Venecia, tomar café con Hölderlin, con Proust, con madalenas”. Paul Valery nos enseñó que la poesía es una vacilación entre el sonido y el sentido: cuánto oído y cuánta refl exión hay en versos como éste de Javier Sancho.

 

Y en el devenir de los días, en el camino de dudas y alucinaciones que recorremos sin descanso, con frecuencia aparece la mirada del científi co, esa que escruta la realidad preguntándose por lo que se esconde bajo su piel. Tal es el caso de Fantasía, que comienza con una petición que sólo un bioquímico podría hacer: “Búscame por los puentes / de hidrógeno aromáticos, / donde las tirosinas / juegan con los triptófanos”. Y el autor tampoco ahorra reflexiones irónicas sobre la vida universitaria, como en El hábil poema, que está habitado por “catedráticos tristes” y “catedráticas mustias”. De hecho, no escatima el humor en algunos poemas… y a veces nos produce un escalofrío al revivir imágenes que estaban agazapadas en lo más profundo de nuestra infancia en blanco y negro: “La sevillana / sobre un sol de ganchillo / engendra tigres / con un Elvis de plástico”. Así, se van sucediendo versos destilados desde las profundidades del sueño o descubiertos por el insomnio, pero siempre recorridos por una suave brisa que acaricia la piel de la memoria.

 

Al terminar la lectura de este poemario, ya saciada la sed, merece la pena releerlo. Volver a disfrutar de los detalles de estos versos escritos “con la mano abierta / y arena en los dedos”. Meditar sobre el paso del tiempo gracias a poemas tan inspirados como el soneto Tú y tus fotos. Y confi rmar que este territorio de luz, nostalgia y aminoácidos es otro buen ejemplo de algo que ya sospechábamos: que en realidad no existe esa división entre “las ciencias” y “las letras” con la que siempre se intenta parcelar el conocimiento. Porque la ciencia, las humanidades y las artes están mucho más conectadas de lo que los planes de estudios pretenden mostrarnos. Como ocurre con las tres grandes ramas del árbol de la vida, entre ellas se establece una constante transferencia horizontal: de preguntas y hallazgos, de sueños y metáforas. El tronco de ese árbol se llama cultura, y la poesía de Javier Sancho nos muestra que sus raíces se sustentan sobre la curiosidad: la sustancia de la que estamos hechos.


¿Te ha gustado este artículo? Compártelo en las redes sociales: