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Los crímenes de la microbiota

El Síndrome de Herodes

Pedro Uris y Daniel Ramón

Algaida Editores

Sevilla (2019)

504 p

  • José Pío Beltrán

  • Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas IBMCP (CSIC-UPV)

Según el Evangelio de Mateo, Herodes I el Grande mandó ejecutar a los niños menores de dos años al sentirse amenazado por la llegada del Mesías. Esa ejecución convirtió a Herodes en el arquetipo del opresor que no duda en cometer crímenes por miedo a perder el poder. El Síndrome de Herodes es una novela policíaca que trata del miedo a perder el poder. Como diría Adela Cortina, xenofobia y aporofobia reflejan el espíritu de supervivencia de los egoístas. Nos oponemos al otro. El problema del “otro” —el concepto orteguiano de otredad— está en la base de lo que narra El Síndrome de Herodes.

 

Es una novela europea en su localización y en sus argumentos. La acción sucede en París, Ginebra o Bruselas. También es europea por los miedos que describe y por las acciones y reacciones que provoca. Cuando hablamos del Joker de Todd Phillips nos sobrecoge el mal causado por un Arthur Fleck ignorado por la sociedad. A diferencia de Joker, aquí el mal está causado por los poderosos. Es una novela trepidante a pesar de sus 500 páginas. Muy bien estructurada y fácil de leer: muertes de inocentes causadas por la enfermedad; terrorismo blanco de una élite europea cristiana sobre niños de un tercer mundo amenazante de fundamentalismo islámico; una enfermedad de origen desconocido cuya explicación persigue el ambicioso doctor Luca Neumann de la OMS. El lector, sin darse cuenta, termina familiarizándose con conceptos de la investigación microbiológica. Términos como “dermatitis atópica”, “microbioma”, “metagenoma”, “prebiótico”, “probiótico”, “secuenciación masiva” o “PCR” se integran en el relato. También aparece una referencia, —entiendo, en forma de homenaje— al microbiólogo alicantino Francis Mojica, descubridor del sistema CRISPR de inmunidad adquirida de las bacterias. En realidad, se trata de una historia de miedo y de ambición. Ambiciones científicas; ambiciones humanas. En la trama participan los científicos y el propio sistema de la ciencia, la búsqueda de la gloria y del reconocimiento a cualquier coste, el abuso del sistema, que expulsa a algunos mientras que no deja entrar a otros. La investigación policial está exquisitamente representada por las evoluciones de la inspectora Delarive. No en balde, la obra mereció el II Premio de Novela de la Policía Nacional.

 

 

Cuando nos fijamos en el autor de la novela resulta que son dos: un crítico de cine, Pedro Uris, y un microbiólogo, Daniel Ramón. Dos tipos muy distintos. Seguro que para Ramón carece de relevancia que Luca Neumann desayune todos los días en la misma cafetería; no obstante, para Uris es un detalle fundamental, ya que permite a Helena, la aspirante a científica del sistema de la ciencia, ponerse en contacto con él. ¡Y qué decir de lo que le debe parecer al crítico el problema de identidad de género que pueda tener un bacilo! Una situación que nos desliza en el texto Ramón, como quien no quiere la cosa.

 

Jackes Derrida fue el padre de la deconstrucción como filosofía o crítica literaria. Algunos chefs han llevado a nuestra mesa la comida deconstruida. Ferran Adrià habla así de la tortilla de patatas deconstruida: se utilizan los ingredientes de siempre, a los que se dan textura de espumas, y se termina comiendo la tortilla con una cuchara en vez de con un tenedor. Lo siento, pero el resultado no es una tortilla: es otra cosa. 

 

¿Qué pasa cuando intentamos la deconstrucción de El Síndrome de Herodes? Los ingredientes los manejan dos cocineros: uno domina la técnica narrativa y el otro la microbiología. La comunicación científica a través de la escritura suele tener un valor literario limitado. Utilizamos frases cortas evitando licencias especulativas. Se atiene uno a los hechos y trata de confirmar o refutar las hipótesis de partida. Si el lector trata de analizar los ingredientes que han manejado nuestros dos cocineros verá que alrededor de un quince por ciento podrían ser datos y explicaciones científicas. Sería como los huevos de una tortilla de patatas. El resto (las patatas, el aceite, la cebolla, la sal o, incluso, la nata líquida) corresponderían a la narración per se. La tortilla de patatas, sin embargo, es mucho más que la suma de sus ingredientes. ¡El resultado, su aspecto, su sabor, su color, su aroma, su textura, incluso la temperatura a la que la consumimos, todo al tiempo, eso es la tortilla de patatas! Pues bien, lo que quiero decir es que El Síndrome de Herodes no admite deconstrucción y no la admite porque es una maravillosa tortilla de patatas. Si separamos los ingredientes, destruimos la novela. Podría ser el producto de una cabeza, pero no, lo es de dos y el equilibrio gastronómico que presenta es una cualidad añadida. Yo les invito a degustar esta tortilla, porque, además, el placer que proporciona dura 500 páginas y más.


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