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El gran privilegio de mi amistad con Margarita Salas

Margarita Salas,  “la investigadora más relevante de la Ciencia en España”, una frase muy repetida que resume su magnífica contribución al conocimiento científico. 

  • Ana María Mata Durán

  • Catedrática de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Extremadura

No voy a describir aquí sus grandes aportaciones a la Ciencia, ni sus numerosos premios y cargos, doctorados honoris causa, etcétera, muchos de ellos siendo la primera mujer en recibirlos o desempeñarlos, ni las calles e institutos que llevan su nombre. Todo eso se ha descrito y se puede encontrar fácilmente en Internet. De hecho, la búsqueda de “Margarita Salas” en Google muestra 15 millones de resultados. Voy a aprovechar esta oportunidad que me brinda la SEBBM para compartir vivencias y experiencias personales difíciles de conocer por buscadores de Internet. He tenido el gran privilegio de disfrutar de su amistad, desde hace más de treinta años, cuando trabajé en el laboratorio de su marido, Eladio Viñuela. Disfruté mucho mis viajes a Madrid, compartiendo con ella y con su hija Lucía y su hermana Marisa visitas a museos, conciertos, celebraciones. Y no me sorprendía cuando la gente la reconocía y decían: “es Margarita, la científica”, y la paraban para decirle cuanto la admiraban.

 

Margarita era muy metódica, no sólo en su trabajo, sino también en su vida cotidiana. Viajaba constantemente para asistir a actos académicos, reuniones de trabajo, conferencias, entregas de premios. Pero pocas veces viajó por placer. Le gustaba ir a su querida Asturias, en la que había pasado su niñez y adolescencia, a Salamanca, y también a Extremadura, por la que sentía especial cariño, por ser la tierra natal de Eladio, y en la que tiene familia y amigos. En diversas ocasiones visitó la Universidad de Extremadura, para inaugurar el edificio de laboratorios “Eladio Viñuela”, ser investida doctora honoris causa, como miembro de tribunales de tesis, o para impartir conferencias, siendo este el motivo de su última visita en febrero de 2019. Pero el lugar preferido de Margarita era su casa de Valdemorillo, donde vivió la familia antes de instalarse en Madrid. Allí pasó el mes de agosto durante muchos años, un sitio precioso al que fui en repetidas ocasiones, compartiendo con ella y con su familia momentos inolvidables. A Margarita le hacía feliz invitar allí a sus amigos.

 

Otra actividad que disfrutaba enormemente eran los cursos que organizaba en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander, en memoria de Eladio Viñuela. De hecho, el mismo año del fallecimiento de Eladio, en 1999, Margarita propuso a la UIMP impartir la primera Escuela de Biología Molecular “Eladio Viñuela”, y desde entonces se ha celebrado de forma ininterrumpida. Puedo afirmar que vivía con intensidad esos días en Santander, junto a los profesores y los numerosos estudiantes que se sentían entusiasmados no solo por la calidad del curso sino también por poder conocerla personalmente y admirarla aún más, por su cercanía, sencillez y humildad que solo los grandes tienen. Echaré de menos los 19 cursos que compartí con ella (solo faltó un año), las tertulias en los descansos y al final de cada jornada. 

 

 

“Mi querida Margarita, siento la necesidad de expresar en estas líneas estas vivencias de índole personal y quizás, por esa fantasía que mi fe me permite, quiero creer que estás leyendo estas palabras con las que quiero agradecerte haber formado parte de tu vida. Aunque no he trabajado en tu laboratorio sino en el de Eladio, un gran maestro, tú has sido también mi maestra y gran amiga”.

 

Recientemente oí una bella frase con la que identifico la vida de Margarita: “el secreto para ser positivo y feliz es hacer en la vida lo que a uno le gusta hacer”. Conociendo a Margarita me atrevo a decir que fue realmente feliz porque hizo en la vida lo que le gustaba. Además, brilló con luz propia y sin apagar la luz de los demás como solo las grandes personas saben hacerlo.


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