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Ciencia y Poesía

La ciencia hoy no es batallar individualmente al libre albedrío, como antaño fue, sino que requiere el abordaje concertado y sinérgico desde múltiples puntos de vista para hacer frente a los retos de la sociedad a la que se debe.

  • Miguel Ángel de la Rosa

  • Editor de SEBBM

En estos tiempos convulsos de pandemia e incierto futuro, en los que la gestión política recurre a la ciencia como tabla de salvación tras largos años de olvido, se hace evidente la necesidad del mantenimiento continuo de un sistema científico-técnico ágil y en alerta permanente, coordinado e integrado en la estrategia de defensa nacional e internacional ante cualquier tipo de ataque imprevisto; tan enemigo y mortal es el terrorista yihadista como el SARS-Cov-2. La afirmación es obvia, pero no lo parece a ojos de nuestros responsables políticos, que solo se acuerdan de santa Bárbara cuando truena. 

 

A pesar del recurso diario del gobierno a los expertos, frustración es el término que mejor recoge el sentir de los científicos por el papel secundario al que se les ha relegado en la gestión de la crisis. E impotencia al ver que trabas burocráticas y corporativismos arcaicos en una España de nuevo invertebrada han impedido poner de inmediato al servicio de la sociedad el enorme potencial del sistema público español de ciencia y tecnología en cuanto a infraestructuras, equipamientos y personal cualificado. Los médicos clínicos sanarán a los enfermos de coronavirus, pero serán los médicos científicos y los biólogos moleculares los que nos sacarán de nuestras casas con garantías de no volver a estar confinados.

 

De estos largos días de reflexión en reclusión surgen iluminadoras las palabras del etólogo y evolucionista Richard Dawkins, autor de El gen egoísta: «la ciencia es la poesía de la realidad». La expresión resume el interés secular del hombre por adentrarse en el estudio de su natural existencia en proyección hacia el mañana con las armas de la poesía, entendiendo esta última en su más estricto sentido etimológico y aristotélico (del griego ποιησις, “creación”) como transformación del pensamiento en materia. Mas es la poesía, no solo en el sentido “creativo” del término griego, sino también en el sentido “condensativo” de su etimología alemana (Dichtung significa “poesía”, pero la raíz es dicht, “denso”), la que marca la pauta de la investigación científica —y, en particular, bioquímica— tratando de desvelar los entresijos de la vida y del ser humano, así como de su conservación y mejora. 

 

Aunando creatividad y densidad, la ciencia actual se expande en poesía y se torna más orquestal, o coral, que solitaria. La ciencia hoy no es batallar individualmente al libre albedrío, como antaño fue, sino que requiere el abordaje concertado y sinérgico desde múltiples puntos de vista para hacer frente a los retos de la sociedad a la que se debe. Es esta aproximación científico-poética y solidaria la que permite al hombre escalar montañas y cumbres elevadas, avanzar por terrenos ignotos y alcanzar cimas de otro modo inalcanzables; y, en definitiva, explorar y entender la razón de ser como persona asentada en su envolvente y siempre cambiante realidad, ya sea esta natural o imaginada. 

 

La relatividad de nuestra percepción holística del individuo y el medio ambiente, la subjetividad de nuestro propio ser integrado en el universo quedan evocadas con asombroso acierto en un inteligente poema ancestral de los indios americanos:

 

Puedo perder mis manos, y vivo.

Puedo perder mis piernas, y vivo.

Puedo perder mis ojos, el pelo, las cejas, la nariz, los brazos y muchas otras cosas, y todavía estoy vivo.

Pero si pierdo el aire, muero.

Si pierdo el sol, la tierra o el agua, muero.

Si pierdo las plantas y los animales, también muero.

Todas estas cosas son más parte de mí, más esenciales e imprescindibles cada vez que respiro, que es lo que dicen que es mi cuerpo.

¿Cuál es mi cuerpo real?

 

La coincidente esencialidad vital de los cuatro elementos primordiales de los griegos —fuego, tierra, agua y aire— no deja de sorprender en un pueblo precolombino, de cultura mucho menos evolucionada. En todo caso refleja el innato interés científico-poético y la profunda preocupación existencial del hombre por sí mismo y la naturaleza, allá donde el hombre sea y esté, de forma tan simple y bella recogida por Ortega es su famosa expresión “yo soy yo y mis circunstancias”

 

Ciencia y poesía emergen a la par, en el contexto dual de una realidad dawkiniana y un todo orteguiano, como pilares esenciales de un mundo globalizado y, por ello, como armas imbatibles en la lucha contra el coronavirus, para salir de casa y volver a vivir en sociedad, para abrazarnos unos a otros y recobrar la libertad.

 

Nota: Sirva este mi último editorial como adiós y exponente de una forma de pensar y escribir la ciencia, faro y guía de estos ocho años al frente de SEBBM. Dejo el testigo en manos tan diestras como las de Antonio Ferrer, magnífico científico y brillante gestor, a quien le auguro el mayor de los éxitos. A todo el equipo editorial y colaboradores de la revista, por su continuo apoyo y desinteresada entrega en esta apasionante aventura, y a vosotros lectores, por siempre agradecido. 

 


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