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Carlos Alonso Bedate, científico y jesuita

A altas horas de una noche de miércoles en confinamiento leo la esquela en El País que me informa de la muerte, ayer, del Profesor Carlos Alonso Bedate. 

  • Elena Escudero Hernandez

  • Universidad Autonoma de Madrid

A altas horas de una noche de miércoles en confinamiento leo la esquela en El País que me informa de la muerte, ayer, del Profesor Carlos Alonso Bedate. No puedo evitar una muy profunda tristeza, no exenta de innegable egoísmo por mi parte. Ignoro si mi amigo ha muerto por el temible virus o por alguna otra devastadora causa. Ahora eso es irrelevante.

 

No pretendo glosar la carrera científica como magnífico biólogo del Profesor Alonso. Fuimos compañeros de facultad en la Universidad Autónoma de Madrid durante muchos años. Sirva su curriculum como argumento que justifica su excelencia profesional. Otros colegas con más autoridad científica que yo y más próximos a su área de conocimiento corroboran mi juicio y a ellos hay que remitirse.

 

Con mis palabras quiero recordar y homenajear a un hombre que, siendo científico y jesuita, supo vivir y compaginar ambas tareas exento de esas mal llamadas contradicciones que, como sostiene el biólogo Richard Dawkins y algunos otros científicos, harían incompatible creer en Dios y ejercer la ciencia con total conocimiento y maestría del oficio. Viene a cuento recordar aquí la palabras de John Gray, el pensador polímata y profesor de la London School of Economics quien, ateo confeso él mismo, tilda de “fundamentalistas seculares” e “ignorantes de la historia y de las religiones” al Dr. Dawkins y a sus seguidores.

 

Departí mucho con Carlos Alonso. Su profunda creencia en el binomio Dios/Trascendencia no le impedía, como hombre muy inteligente, preguntarse por las terribles paradojas que presenta la realidad cuando se cree en un Gran Hacedor que no parece haberse esforzado mucho en hacer de nosotros, sus criaturas autoconscientes, seres felices. Carlos y yo hablábamos sobre estas paradojas y otras similares desde posiciones diferentes pero libres de toda confrontación y solo aparentemente aporéticas. La exposición de mis dudas sobre la existencia de Dios las recogía y analizaba con una profunda comprensión empática, a la par que humildemente me hacia saber que su religiosidad era no otra cosa que una elección adquirida sobre la base moral del libre albedrío, sintagma este en el que creía quizás porque conocía la función fisiológica cerebral hasta donde hoy nos enseña la neurociencia, o tal vez a pesar de tal conocimiento. El gran debate moral siempre vivo. Recuerdo una larga conversación sobre la existencia del dolor en el mundo como la Sublime Paradoja a la que se enfrenta el creyente racionalista. Terminamos aquella charla con tristeza compartida. No es difícil adivinar la cercanía de nuestras soledades y sus diferentes orígenes.

 

Carlos Alonso me enseñó mucho pero sobre todo, me regaló conversaciones apasionantes, que no se repetirán. De ahí mi egoísmo por su marcha.

 

Lamento que en tiempos de juventud ya lejanos, algunos de nuestros colegas no supieran apreciar su valía intelectual y su vastísima cultura sobre el supuesto llamemos “dawkinsiano” propio, creo, de inmadurez cronificada y, en este caso, de una injusticia hija de la ignorancia . Subproducto, tal vez, de eso tan corriente y pertinaz de la vida nuestra de cada día, y que podría resumirse en los maniqueísmos simplistas que configuran lo que se ha dado en llamar “conjuntos ideológicos perfectamente cerrados”, donde ninguno de sus elementos puede emigrar al conjunto contrario sin perder su identidad de grupo. Si eres científico no puedes ser creyente, si votas a la derecha eres un fascista, si eres progresista no pueden gustarte ni las corridas de toros ni Chesterton… y así.

 

Querido Carlos que estás ya al otro lado del espejo y tal vez has despejado todas las paradojas que nos preocupaban. Cuánto siento que no puedas contármelo. La última vez que nos vimos quedamos en llamarnos. Se me ha hecho tarde. Me dejas en la duda insoluble. Imagino que estás con Spinoza y charlas con él. Dale mis recuerdos. Descansa en paz, amigo mío. Permíteme la expresión coloquial: eras un gran tipo y yo te quería.


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