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2020… un año para el recuerdo

El avance científico no puede ser marcado por la codicia de unos pocos, sino por la contribución desinteresada de miles de investigadores que han aportado su grano de conocimiento a resolver un reto sin precedentes de nuestra sociedad.

  • Antonio Vicente Ferrer Montiel

  • Editor de SEBBM

Poco me equivocaré al pensar que 2020 será un año para el recuerdo, principalmente por la pandemia que nos sorprendió a todos y que ha puesto en jaque nuestro modelo social. Con ella, han venido la imposición del distanciamiento social y familiar, las restricciones de movilidad, el uso de las mascarillas pero, sobre todo, el impacto sanitario y social que ha representado y representa el número de contagiados por el SARS-Cov2 y las muertes que ha ocasionado

 

Antes de emerger el Covid-19 nos estábamos recuperando de una profunda crisis económica que había tambaleado nuestro estado del bienestar, en parte por la gravedad de esta, y en gran parte por la visión sesgada y poco afortunada de nuestros políticos que carecieron de la capacidad de diseñar e instaurar programas que cimentarán un estado del bienestar diversificado, basado en el conocimiento y la innovación. Pensábamos a principio de año que la situación vivida anteriormente no se repetiría y que la próxima crisis no llegaría hasta mas adelante, confiados en que dispondríamos de una mejor situación para afrontar cualquier crisis económica. Pero como suele ocurrir con las causas sobrevenidas, aparecen sin avisar y suelen tener consecuencias imprevisibles. Quién nos iba a decir que una partícula nanométrica iba a ser capaz de recluir a la sociedad en casa y detener la economía mundial. Al igual que ocurrió en 1918, con la mal llamada gripe española, la pandemia Covid-19 nos ha recordado casi un siglo después la vulnerabilidad que tenemos frente a organismos infecciosos que se transmiten con eficacia y que tienen una relativa facilidad de contagio y de adaptación al huésped.

 

Que las pandemias tengan un origen zoonótico no es novedoso, pero sí lo ha sido lo abrupto que SARS-Cov2 ha impactado en nuestra sociedad, sugiriendo que una cosa es el reconocimiento oficial de un nuevo agente infeccioso y otra, muy distinta, el tiempo en que el agente ha estado circulando y adaptándose a los humanos. Los gobiernos debieran comprender que la mejor forma de evitar el pánico es reconociendo precozmente las amenazas para activar los mecanismos que permitan su neutralización. No soy virólogo y no voy a profundizar en este tema que está en investigación, aunque sí debiera servir para aprender que, cuanto antes se aprecie la evidencia científica, antes seremos capaces de anticiparnos a situaciones tan graves como la actual. Además, una detección y reconocimiento precoces permiten una mejor preparación para gestionar una crisis sanitaria y social, evitando la improvisación que conlleva a la frustración y desencanto social. 

 

Un hito que ha logrado la pandemia y que merece la pena subrayar ha sido la amplia colaboración científica a nivel mundial que, de forma unida y sinérgica, ha aportado los conocimientos y los medios para desvelar los mecanismos moleculares causantes de la alta infectividad y mortalidad del virus SARS-Cov2. Hemos visto como colaborar y compartir ha estimulado el progreso de forma exponencial. Así, en un tiempo récord hemos dispuesto del genoma del virus, del análisis de las variantes genéticas que han ido surgiendo, de la estructura de sus proteínas, y hemos explorado el reposicionamiento de medicamentos como estrategia para disminuir la gravedad de la infección en los colectivos mas vulnerables. Todo ello se ha traducido en un largo número de ensayos clínicos y de publicaciones diarias que han permitido avanzar en nuestro conocimiento del virus SARS-Cov2 y su patogenicidad hasta un nivel y rapidez sin precedentes en ciencia. Una clara lección de este esfuerzo colectivo es que la unión hace la fuerza y que el progreso científico no debe estar basado únicamente en la competencia. 

 

Un claro ejemplo que ilustra el esfuerzo colaborativo esta siendo el desarrollo de vacunas contra SARs-Cov2. Aparte del número de vacunas actualmente en desarrollo, hay que resaltar la velocidad con la que se están desarrollado gracias a la colaboración entre los científicos, las compañías farmacéuticas y las agencias reguladoras. En poco menos de un año disponemos de vacunas innovadoras, basadas en la tecnología del RNA, que según las notas de prensa de las compañías farmacéuticas han mostrado una eficacia del 95% en la prevención de contagios, sin mostrar efectos secundarios destacables. A las vacunas de PfizerBionTech y Moderna-NIH pronto se unirá la de AstraZeneca-Universidad de Oxford y, esperemos, que las que se están desarrollando en el CNB progresen a la clínica en 2021. Sin duda, un hito fármaco-sanitario, que permitirá disponer de un arsenal de vacunas sin precedentes. Aunque es una excelente noticia, hay que ser prudentes y esperar a conocer los detalles de los ensayos clínicos realizados y analizar los datos que se han obtenido para celebrar. También habrá que estar alerta a la posible evolución de mutantes de SARS-Cov2 que pudieran escapar a las vacunas en desarrollo requiriendo, como con el virus de la gripe, una actualización temporal de estas. La única nota negativa y censurable en este esfuerzo colectivo lo han dado, una vez más, algunos directivos que, con una actitud moral censurable, han aprovechado el anuncio de un hito socialmente relevante para incrementar su patrimonio con la revalorización de sus compañías. Aunque pueda ser una acción legal, es muy inoportuna y éticamente muy reprobable, particularmente por ser ejercidas por personas que poseen un patrimonio desorbitado. En cualquier caso, el avance científico no puede ser marcado por la codicia de unos pocos, sino por la contribución desinteresada de miles de investigadores que han aportado su grano de conocimiento a resolver un reto sin precedentes de nuestra sociedad. 

 


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