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Revista: Experimentación animal


La experimentación con animales es todavía, por desgracia, la única esperanza para miles de millones de personas

En estos momentos, apostar por la experimentación con animales no es, sencillamente, una opción. Es un imponderable. Todos esperamos que las alternativas viables y eficaces al uso de animales lleguen cuanto antes. Pero mientras eso ocurre, por más desagradable que nos parezca, es nuestra única opción.

  • Josep Solves

  • Vicepresidente de ALBA. Asociación para la Ayuda a Personas con Albinismo.

 

En 2014 recibí una invitación para formar parte de un grupo de trabajo sobre la experimentación con animales que se había propuesto crear en el seno de la Confederación de Sociedades Científicas de España (COSCE), y cuyo objetivo principal era mejorar la transparencia de este tipo de investigación en nuestro país. Se me invitaba en mi calidad de secretario de ALBA, la asociación española de ayuda a las personas con albinismo, y como persona afectada por esta condición poco frecuente. También porque en aquel momento formaba parte como investigador del Observatorio de las Enfermedades Raras (OBSER) de la Federación Española de Enfermedades Raras (FEDER), que realizaba —y realiza— estudios sociales sobre la situación de las personas que tienen estas enfermedades o condiciones poco frecuentes en nuestro territorio. Se esperaba de mí que, en dicho grupo, representara –al menos en parte– el punto de vista de los pacientes acerca de la experimentación con animales, sus ventajas e inconvenientes, y la necesidad de ejercerla siempre con el máximo de transparencia.

 

Antes de aceptar, hablé con varias personas de confianza, todas ellas implicadas de alguna manera en procesos vitales e institucionales relacionados con la experimentación con animales: pacientes o padres de pacientes con enfermedades poco frecuentes, con tratamientos intensivos o crónicos mediante medicamentos caros y complejos en su aplicación, con efectos secundarios notorios y, en algunos casos, con riesgo para sus vidas o las de sus parientes. Les pregunté directamente qué pensaban sobre la experimentación con animales y obtuve siempre la misma respuesta. No era una cuestión sencilla para ninguna de esas personas, no respondieron inmediatamente, se tomaron siempre unos segundos para reflexionar. Y, sin excepción, respondieron que, mientras no existiera una alternativa mejor, estaban a favor de la experimentación con animales.

 

Así que acepté la invitación. Y tras un año de intenso trabajo, el primer fruto de aquel grupo de trabajo fue el “Acuerdo de transparencia sobre el uso de animales en experimentación científica en España”, que, partiendo del único ejemplo existente hasta entonces, el británico, lo mejoraba y concretaba –a mi modo de ver– porque era una propuesta específica y viable para que todas las instituciones y centros de investigación que utilizan animales para la experimentación en nuestro país, así como las asociaciones de pacientes que se benefician de este tipo de investigación, se comprometieran a hablar con claridad sobre cuándo, cómo y por qué se usan animales en investigación, proporcionar información adecuada a los medios de comunicación y al público en general sobre las condiciones en las que se realiza la investigación que requiere el uso de modelos animales y los resultados que de ella se obtienen, promover iniciativas que generen un mayor conocimiento y comprensión en la sociedad sobre el uso de animales en investigación científica, e informar anualmente sobre sus progreso y compartir experiencias y buenas prácticas. Es decir, y en definitiva, a ser transparentes en sus procesos de investigación con animales o en su relación con sus resultados.

 

En el documento en el que se presentó ese acuerdo de transparencia se partía de dos ideas muy claras: en primer lugar, que la experimentación con animales está absolutamente regulada en España (y en Europa), de manera que ha de seguir siempre protocolos muy rigurosos, así como procesos de presentación y aceptación de propuestas con enormes garantías éticas; y en segundo lugar, que todas las instituciones que llevan a cabo este tipo de investigación están comprometidas con las reglas de las llamadas tres R: reemplazar, refinar y reducir en lo posible y progresivamente —cuanto más rápidamente, mejor— el uso de animales en experimentación.

 

Hoy en día, son ya 140 las instituciones que se han adherido al acuerdo, lo que supone un auténtico hito. Y desde 2018, el grupo prepara y publica anualmente un completo informe en el que se detalla la actividad de todas estas instituciones en el uso de los animales para los procesos de investigación. Dichos informes constatan que, por un lado, el uso de animales en experimentación se va reduciendo en nuestro país y que, por otro, van creciendo las iniciativas de transparencia de las instituciones que llevan a cabo este tipo de experimentación.

 

Sin duda, uno de los aspectos que ha de mejorarse es la participación de las asociaciones de pacientes en el acuerdo. No se trata de una cuestión sencilla, porque, si bien todos estamos de acuerdo en la necesidad y en la inevitabilidad de este tipo de experimentación, no es sencillo manifestarse abiertamente a favor de ella en el discurso público. La investigación con animales no es una de esas cuestiones que se discuten en los bares. No es como el último gol de Messi, el anuncio que ha resucitado a La Faraona o los datos de la pandemia que nos azota. Forma parte de esas cosas que tenemos asumidas, que se da por sobreentendidas, salvo que uno sea un activista contrario a que se utilicen animales para fabricar cosméticos.

 

Y, sin embargo, la experimentación con animales, como otras tantas cosas que no se discuten en la plaza pública, es de esas que, precisamente, son las más importantes. Mucho más que el precio de la luz, más incluso que las pensiones, que son cuestiones importantísimas. Porque se encuentra entre esas cosas que inclinan la balanza entre la vida y la muerte y que, en muchos casos, hacen que la vida sea soportable, confortable y digna… o que no lo sea. Cuando nos referimos a ella, hablamos de curar o paliar los efectos, a veces devastadores, de enfermedades terribles que afectan a miles de millones de personas. Pero también de hacer más llevadero ir al dentista o pasar una tarde sin dolor de cabeza. La experimentación con animales afecta a casi cada momento de nuestras vidas, desde los más graves y dramáticos, hasta los más insignificantes inconvenientes de nuestro día a día. De ahí su inmensa importancia y su necesidad, su inevitabilidad. 

 

Todos somos conscientes de que la experimentación con animales no es la forma más deseable de investigación. Sabemos de los sufrimientos de los animales, de sus incomodidades. Sabemos que para obtener resultados válidos de esa investigación han de utilizarse procedimientos indeseados y desagradables. Y todos querríamos que eso terminara cuanto antes. Somos perfectamente conscientes de que, de hecho, ya se realiza un enorme esfuerzo por reducir al máximo el uso de animales en la experimentación. Y, desde luego, rechazamos de plano cualquier procedimiento agresivo con animales que no sea estrictamente inevitable o cuya finalidad no sea estrictamente imprescindible. Por supuesto, los pacientes no aceptamos el uso de animales en una experimentación cuyo objetivo sea el lucro o que pretenda mejorar productos como los cosméticos o los jabones. Nadie en su sano juicio aceptaría producir la más mínima molestia a un animal para mejorar la elaboración de productos superfluos. Esto está fuera de toda duda.

 

 

Por eso, son ilegítimas las agresiones a los animalarios y a los transportes de animales para la experimentación que se han vivido en los últimos años en algunos países de Europa. Por supuesto que es exigible que mejoren las condiciones de explotación de las granjas produc - toras de carne para el consumo humano y, sin duda, son odiosos y perseguibles algunos comportamientos con los animales que no pueden ser calificados sino de propiamente inhumanos. Pero confundir la defensa de los animales en esos contextos con la experimentación animal es, sencillamente, un error o, incluso, un inten - to de confundir a la opinión pública. Y comparar la experimentación con animales con la caza de especies en peligro de extinción, con la tauromaquia o con las “fiestas” en las que se maltrata de cualquier modo a los animales es, sencillamente, el fruto de la mala fe.

 

La experimentación con animales está indiscutible - mente comprometida con el cumplimiento del máxi - mo de garantías legales, con el máximo bienestar y confort de los propios animales y con la máxima trans - parencia en la divulgación de los datos de su uso, de los procedimientos utilizados para la investigación y con el esfuerzo de reducción, reutilización y refinamiento de todos los procesos.

 

En julio de 2019 tuve la oportunidad de visitar el centro Nacional de Biotecnología (CNB). El pro - fesor Lluis Montoliu nos enseñó su laboratorio, nos explicó las investigaciones en marcha de su equipo en este momento, y pudimos entrar en el centro de criopreservación y el de inseminación. Visitamos también el animalario, cumpliendo, por supuesto, con todas las medidas de seguridad. Durante la tarde, mantuvimos varias conversaciones con algunos de los investigadores del laboratorio, a los que pudimos hacer las pregun - tas que deseamos y de quien recibimos, siempre, res - puestas francas y detalladas. Fue, sin duda, uno de esos ejercicios de transparencia por los que está apostando decididamente el grupo COSCE de experimentación animal, y nunca agradeceremos lo suficiente a Lluis Montoliu y a su equipo la sinceridad y amabilidad con que nos trataron. Ojalá que este tipo de visitas pueda convertirse en una costumbre y que muchas personas, escolares, profesionales o interesados de todo tipo, pue - dan tener la experiencia que nosotros disfrutamos.

 

 

He de confesar, sin embargo, que no fue una visita “agradable”. Lógicamente, abandonamos el CNB con sensaciones contradictoras. Por supuesto, las personas a las que conocimos y con quienes hablamos, las instalaciones y el ambiente, eran todos muy agradables. Pero no lo es lo que allí ocurre. Todos somos conscientes de eso. También las personas que trabajan allí. Porque, a pesar de todos los esfuerzos, todos sabemos que la experimentación con animales implica hacer cosas que no nos gustan. 

 

Pero, a pesar de todo ello, y frente a las dudas que puedan producirse sobre el apoyo a esta forma de experimentación, me pregunto: ¿qué hubiera ocurrido con la actual pandemia del SARS-Cov-2 sin la experimentación con animales? Con todas las cautelas y matices que podamos ponerles a las vacunas que, en tiempo récord, hemos sido capaces de desarrollar y que ya se están aplicando a centenares de miles de personas, ¿qué ocurría si no las tuviéramos? En el último año han muerto como consecuencia de la Covid-19 millones de personas en todo el mundo. Pero ¿cuántas hubieran muerto o morirían sin los resultados de este tipo de investigación?

 

Mi conclusión es clara: de momento es ineludible, inevitable, seguir experimentando con animales para las finalidades propias de la mejora de la calidad de vida, o incluso para el mantenimiento de la vida, de muchas personas y, por cierto, de muchos animales. Cualquiera de las enfermedades que hoy día afectan a las personas, algunas de ellas letales, y la inmensa mayoría de los procedimientos que utilizamos para curarlas, mejorar las condiciones de vida de las personas que las sufren, reducir el dolor, la falta de movilidad o cualquiera de los efectos indeseables que estas enfermedades producen, se benefician de la experimentación con animales. 

 

Y este tipo de experimentación ha de mantenerse mientras no existan alternativas reales. No me refiero a procedimientos cuya eficacia o eficiencia no sea equiparable con la propia experimentación con animales. Me refiero a alternativas realmente válidas y cuyos resultados puedan defenderse como opciones igualmente sostenibles, válidas y viables que la propia experimentación con animales.

 

En estos momentos, apostar por la experimentación con animales no es, sencillamente, una opción. Todos esperamos que las alternativas viables y eficaces al uso de animales lleguen cuanto antes. Pero mientras eso ocurre, por más desagradable que nos parezca, es nuestra única opción. Hemos de continuar trabajando por reemplazar, refinar y reducir el uso de animales. Y por la transparencia cada día mayor, el conocimiento cada día más amplio y las exigencias cada día más rigurosas, de esa investigación. Pero hasta poder eliminarla de nuestras vidas, la experimentación con animales continúa siendo la única y mejor esperanza de vida y de calidad de vida a la que tenemos acceso. Y renunciar a ella es, desgraciadamente, imposible. 


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