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Evangelina Palacios. Una trayectoria compartida

Escribir en este momento sobre ti, querida Eva, me sumerge en un ambiguo mar de sensaciones. De un lado una melancolía infinita al pensar que nunca más volveré a escuchar tus consejos, temores o alegrías. De otra parte, la inmensa suerte de haberte conocido y, al evocar muchos de los momentos compartidos, me invade esa paz interior que tu sabías inculcar y que me transporta a una rara felicidad donde se mezclan dolor y alegría. Han sido cuarenta y dos años de una trayectoria compartida tanto científica como humana que conforman una parte de mí. 

  • Prof. Jesús de la Osada García

  • Prof. Emérito de Universidad de Zaragoza

 

Sirvan estos trazos para elaborar una perspectiva científica, docente y humana. Caí en tus manos por puro azar, aunque habías sido mi profesora de Bioquímica en la Facultad de Farmacia en el curso 1977-1978 junto con la profesora Ana María Galarza. Con esta última había solicitado una beca colaboración y cuando fui a comunicarle la concesión, me encontré que se había trasladado. Aún recuerdo la sensación de pobre estudiante huérfano preguntándome: “Y ahora ¿qué hago?”. Por no sé qué razón me quedé bloqueado a la puerta de tu despacho, y en ese instante apareciste y te comenté mi problema. ¡Qué bien escuchabas! Ipso facto me condujiste a tu laboratorio y me presentaste a tus colaboradores. Con el tono de autoridad que transmitía tu verbo, estableciste los términos del contrato con estas palabras para mí “empezarás a ayudarles en lo que te encarguen” y para los colaboradores, “es un estudiante y debe estudiar”. Perfectamente puedo rememorar la emoción del momento. A partir de entonces, el poder ir al laboratorio en los huecos que me dejaban las clases era todo un goce. Llegó el momento de realizar la tesina y me invitaste a efectuarla. Tu magisterio científico tenía unos rasgos peculiares. Si algo no salía como se esperaba, tu comentario era “¿es eso así?”. Esa duda bastaba para forzar la confirmación y cuando se confirmaba, apostillabas: “¿Has revisado bien la bibliografía?, no estemos descubriendo la rueda”. Además, había que convencerte y superar tus múltiples interpretaciones intelectuales encaminadas a crear brechas en mi ingenuo entusiasmo juvenil y todo ello me moldeaba en la discusión científica. Las incógnitas no resueltas de la tesina, el entusiasmo por los resultados de los fosfolípidos en las hepatopatías y tu ilusión potenciada por la Dra. María Cascales que era nuestro modulador alostérico hacia lo positivo y más allá, fueron la trampa perfecta para embarcarse en la Tesis Doctoral. Sería tu primer doctor y ese magisterio sin imposiciones en búsqueda del conocimiento honesto y sólido es mi esencia.

 

En docencia, tu saber estar y responsabilidad para con los estudiantes han sido otra fuente de inspiración. Aún recuerdo cuando entrabas en el aula, cerrabas las puertas y permanecías en silencio. Ese tiempo de concentración inicial, en el que en palabras de un compañero “hasta las moscas dejaban de batir las alas porque estaba Dña. Eva”, era tu código secreto para centrarnos. Preparabas las clases con meticulosidad, con la documentación actualizada y acertadamente nos aconsejabas “no ir a clase sin repasarla antes, ya que se divaga y eso distrae al estudiante”. Y por último destacaré tu disponibilidad para recibir a cualquier estudiante, escucharles y tu predisposición para ayudarles, incluso con pruebas extraordinarias, mientras nos reprochabas a tus doctorandos la desconfianza que mostrábamos al escuchar sus excusas, en ocasiones francamente peregrinas. Años más tarde, he sabido que para algunos farmacéuticos esa mano tendida tuya fue crucial. 

 

En el plano personal cómo no aprender de ti. Tu perseverancia para vencer mi renuencia a la hora de ensayar las exposiciones de los congresos fue notoria. Con una ingenua duda formulada, “esta es la última vez ya que quiero comprobar este u otro aspecto” se efectuaban los ensayos. Nunca olvidaré cómo lograste que la rebeldía adolescente contra mis padres se esfumase. Una vez más, una sencilla y precisa afirmación “son tus padres y te han permitido que estés hoy aquí”. Tan certera frase supuso un punto de inflexión para ampliar las cortas miras de veinteañero.

 

Fuiste siempre una Maestra sin pretenderlo. Por ello, no hubo distancia física, ni temporal, aunque cambiase de ciudad o de país. Siempre supimos que estábamos ahí y eso trascenderá también en este momento. 


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