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Ricardo Flores, Pedauyé (1947-2020)

Este diciembre se fue para siempre Ricardo Flores, excepcional científico, viroidólogo y virólogo, maestro de científicos, excelente persona, compañero de toda una vida de investigación y entrañable amigo. Los viroides también habrán sentido un gran vacío, pues nadie los trató con tanta sabiduría y cariño. Fue miembro de la SEBBM, a la que hizo un último regalo en su Congreso de Valencia (2015), participando centralmente en el simposio “The RNA World”, en el que yo lo presenté.

  • Vicente Conejero Tomás

  • Prof. Emérito de Bioquímica y Biología Molecular. Depto. de Biotecnología de la UPV

 

Nacido en Almoradí , con adolescencia en Játiva y bachillerato en los jesuitas de Alicante, estudió Agrónomos y Químicas en Valencia. Lo conocí el curso 1967-68, en Agrónomos: Ricardo fue el alumno más brillante que he tenido nunca. 

 

Acabadas sus dos carreras, se incorporó a nuestro grupo de Bioquímica Agrícola en el Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos (IATA) del CSIC de Valencia, dirigido por Eduardo Primo Yúfera, también catedrático de Bioquímica y Química Agrícola de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos (ETSIAV). Ricardo hizo la tesis doctoral sobre el virus de la “tristeza de los cítricos”, de efectos devastadores, entonces, para nuestra citricultura. En ese período se forjó nuestra amistad y comenzó una relación profesional y personal que duraría hasta su fallecimiento.

 

En 1971, la virología experimentó un tsunami: el descubrimiento, por Th.O. Diener, de que la enfermedad del “ahusamiento de la patata” no la causaba un virus, sino unas moléculas muy pequeñas de RNA desnudo, que más tarde se sabría que son circulares, a las que llamó viroides. Eran (y siguen siendo) los patógenos conocidos de menor contenido informacional y complejidad estructural. Hasta el momento, solo se han encontrado en plantas, en las que producen trastornos graves del desarrollo e, incluso, la muerte. Un año después, J.S. Semancik y L.G. Wheathers, en Riverside (California), aislaron un segundo viroide: el de la “exocortis de los cítricos”, enfermedad que, por estar presente de un modo latente en nuestras plantaciones, nos metió de pronto en el centro de la vorágine. Tanto, que hicimos sendas estancias en el laboratorio de Semancik (yo, en 1975-76 y Ricardo, en 1977-78). 

 

Allí obtuvimos evidencias a favor de la idea de que el RNA viroidal no codifica proteínas, pero activaba una respuesta proteica de la planta que, posteriormente en Valencia, demostré que era componente de un mecanismo general de respuesta.

 

Ricardo, a su vuelta al IATA decidió estudiar la estructura y el mecanismo de replicación y patogenicidad de los viroides, campos en los que ha hecho aportaciones importantísimas que le sitúan en un lugar de honor. 

 

También descubrió nuevos viroides causantes de enfermedades en cinco frutales, en el lúpulo y en el crisantemo. Fue pionero en descubrir que dos de estos viroides eran ribozimas de cabeza de martillo. Estudió el mecanismo del autocorte de estas ribozimas, anticipando sus potencialidades biotecnológicas y ahondando en el significado de los viroides en el contexto del origen y evolución de la vida.

 

En 1992, se embarcó con su grupo en la creación y puesta en marcha del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas “Eduardo Primo Yúfera” (IBMCP) de Valencia, Instituto Universitario Mixto CSICUPV. Ricardo era el alma y líder de uno de los laboratorios de viroides mejores del mundo, lo que contribuyó al prestigio internacional del IBMCP. 

 

Fue un gran científico y humanista, con enorme inquietud intelectual y vastos conocimientos. Su pensamiento era creativo, elaborado y de gran finura, como su humor. Excelente conversador y tertuliano, gran animador de discusiones en seminarios y conferencias, fue un verdadero referente para todos. 

 

Querido Ricardo, nunca olvidaré la sabiduría, entereza y discreción de tu despedida por teléfono, que también hiciste con otros compañeros y amigos, unos días antes de tu partida. Hablamos de todo, incluso nos reímos recordando… Pero no había remedio, lo tuyo por estos lares había terminado. Lo único que nos consuela y enorgullece es todo el legado que dejas y la seguridad de que, cuando llegaste al cielo el otro día, San Pedro debió flipar, al ver lo que habías hecho con tus talentos, aquí en la tierra. 

 

Hasta siempre, amigo


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