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CÉSAR NOMBELA Rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP)

«Hay que propiciar el segundo despegue de la ciencia española»

César Nombela ocupa, desde primeros de 2013, el cargo de rector en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), un observatorio privilegiado, como él mismo lo define, para pulsar la realidad académica, científica y cultural del país. Desde esa atalaya mantiene igualmente la vista puesta en los avatares del sistema de ciencia y tecnología español, para el que reclama un impulso que lo sitúe en la élite que entiende le corresponde. Es lo que define como «segundo despegue», tras un primero que sitúa en la década de 1980.

Xavier Pujol Gebellí

  • Xavier Pujol Gebellí

Por lo que cuentan, sigue usted muy conectado a la realidad del sistema de ciencia y tecnología español.

Lo sigo muy de cerca, efectivamente. Además, mi actual cargo en la UIMP me permite formar parte de nuevo del circuito de rectores de universidad, como cuando desempeñaba mi labor en la presidencia del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas).

 
¿Y qué opinión le merece el momento actual?
Como científico de a pie que he sido, responsable de un grupo de investigación y también como gestor de ciencia en los distintos cargos de responsabilidad que he ocupado, vivo el momento actual y expreso mi opinión de forma crítica tratando de ser realista en la formulación de ideas que puedan ser constructivas.
 
¿Como cuáles?
Mi opinión es conocida y la vengo expresando desde hace un cierto tiempo. Estamos en el momento en el que hace falta, y deberíamos hacer lo posible para lograrlo, lo yo llamo elsegundo despegue.
 
¿Segundo?
Tuvimos ya un primer despegue cuyos inicios sitúo en los primeros años de la década de 1980 y que empieza a declinar hacia 2006. Visto en perspectiva, este fue un período de incremento de la productividad científica en el que se multiplica por tres nuestra contribución a la ciencia mundial. Asimismo, de incremento de la visibilidad, de proyectos que cristalizaron en un notable avance en las universidades, de la envergadura y relevancia del CSIC como organismo de modelo integrador, y de creación de nuevos centros de élite, en general muy bien dotados.
 
Describe un largo período de crecimiento, lo cual es cierto, pero no siempre al mejor de los ritmos ni en las cuantías deseables y protagonista también de graves desajustes.
Lo comparto en buena medida. Por ejemplo, de los nuevos centros de élite siempre he pensado que tenían su lugar natural en la universidad o en el propio CSIC, y no fuera como así ocurrió. En mi opinión, es uno de los grandes desajustes. Por otro lado, a la universidad se le dio una autonomía que ha acabado siendo una autogestión. Los distintos gobiernos, de un signo u otro, no han sabido o no se han atrevido a intervenir decididamente en esta cuestión.
 
¿Qué implicaría un segundo despegue?
La movilización de un esfuerzo importante en forma de nuevos recursos pero también en nuevas fórmulas de gestión para ganar en eficacia, atraer a partir de recursos públicos al sector privado, para equipararnos de una vez con los países más avanzados. Si miramos nuestras cifras, ahí vemos claramente los objetivos que deberíamos lograr y no hemos conseguido. En inversión global seguimos en el 1,30 % del PIB, cuando se lleva muchos años hablando del 2 % e incluso se habló del 3 % en la estrategia de Barcelona 2002.
 
Promesas de incremento traducidas en recortes.
El descenso presupuestario, según puede constatarse en los datos que publica el Instituto Nacional de Estadística (INE) arranca curiosamente con la última creación de un Ministerio de Ciencia, en 2008. En cuanto a la participación del sector privado seguimos en mitad y mitad cuando lo deseable serían los dos tercios. Nos falta todavía mucho recorrido.
 
Pues no parece este el momento más propicio para postular un segundo despegue.
Pues sí porque podemos trabajar sobre algo que ya tiene mucha validez. Pero tenemos que hacerlo con decisión, con políticas adecuadas para aspirar a que el despegue se produzca realmente. Tenemos una parte de objetivos cubiertos, gente formada, infraestructuras. Aunque en ciencia la inversión nunca es suficiente, son necesarias políticas adecuadas que tengan impacto real.
 
¿Qué entiende por impacto real?
El impacto que tuvo en 1986 la Ley de la Ciencia, que fue magnífico. Siempre he alabado el proceso que se hizo entonces, tal como se hizo y los resultados que se lograron. La actual Ley de la Ciencia aprobada en 2011 me pareció poco relevante, que aportaba muy poco. Y así lo estamos viendo.
 
Es una Ley a la que le queda mucho por desarrollar, por cierto.
Efectivamente. Ni siquiera se han desarrollado aspectos fundamentales de esa Ley mientras que la anterior se puso en marcha de inmediato seguida con planes movilizadores, planes nacionales, con una CICYT (Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología) modélica en su funcionamiento al integrar a diversos ministerios, con gestores muy eficaces.
 

Fotos: Pablo Hoyos / UIMP

Lo suyo suena a crítica hacia el sistema actual.
No lo digo como crítica sino como definición de nuestro punto de partida. Entiendo que se necesita una política decidida para avanzar cuanto antes hacia ese segundo despegue.
 
Definamos las condiciones para ese segundo despegue que reclama.
Se nos está diciendo que tenemos un éxito notable en la iniciación del programa Horizonte 2020. A mí me parece una excelente noticia, es más, si se hubiera puesto en marcha un organismo gestor como el que plantea la nueva Ley, probablemente podríamos tener más éxito. Tenemos suficiente base como para que con las reformas adecuadas, y eso sí, una priorización mayor de la inversión en ciencia, podamos dar los pasos para el segundo despegue. El objetivo es ese; y entender que pronto podríamos estar en línea para alcanzarlo.
 
Dado este contexto, ¿cómo valora nuestra posición en Europa?
Si se confirma el éxito de la ciencia española en la convocatoria del Programa Horizonte 2020 significaría que, al menos, podemos hacer valer nuestros intereses, porque la política europea, en ciencia, también está necesitada de unos impulsos nuevos.
 
¿A qué se refiere?
Europa es muy desigual, especialmente en ciencia. Hay países que tienen muchos y mejores programas, infraestructuras, premios Nobel –una ciencia más avanzada, en definitiva–, mientras que otros van mucho más rezagados. La política científica europea tiene que tender a una integración, pero no reduciendo el nivel de los que lo tienen más alto, sino promoviendo a los que lo tienen inferior. Aspectos como la priorización temática o mejoras en la gestión pueden contribuir a ello. Vengo abogando por que la Europa del sur en cuanto a sus posibilidades científicas pese más.
 
¿Qué aportaciones podría hacer el sur de Europa y España en particular?
En la Europa del sur, y en particular en España, concentramos la mayor cantidad de recursos naturales, hemos desarrollado aspectos culturales clave vinculados con la salud y la nutrición. En España concentramos también buena parte de intereses asociados con la gestión del medio ambiente que requieren respuesta, como la erosión del suelo o la desertización. Podemos ser pioneros en desarrollos y nuevas tecnologías en energías renovables, sin ir más lejos. Son cuestiones que podrían pesar más en las políticas europeas.
 
Uno tiene la sensación de haber oído esa misma música otras muchas veces, que se desanda el camino andado. Si la I+D es tan importante como reconocen todos, ¿por qué no se prioriza?
La música suele ser la misma o muy parecida, pero luego están circunstancias de cada momento que nos dan un panorama de movimientos muy espasmódicos. Esto no es exclusivo ni de España ni de Europa. Ocurre también en Estados Unidos y así lo vemos en los análisis que se publican. La tendencia de los gestores y el momento determinan mucho lo que se hace. La política es cosa de humanos y los humanos también nos equivocamos, sea cual sea el nivel que ocupemos. Abunda la falta de visión de futuro.
 
¿Entonces?
Las políticas científicas y tecnológicas deberían tener su propio papel al margen de las coyunturas económicas y es ahí donde podría estar el acierto de mirar el futuro. Teniendo en cuenta, eso sí, que muy a menudo la política es el arte de lo posible.
 
 

De Schrödinger a Cervantes 

 

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os años ya como rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y encarando el tercero. ¿Cómo lo lleva?

El esquema de la UIMP permite que pueda incorporar las facetas más creativas del mundo académico convocando a los expertos más interesantes de universidades, de instituciones científicas o del mundo profesional. Esta capacidad es lo que me atrae como rector. Es un reto reunir el mejor talento y proyectarlo en el ámbito internacional.

 

¿Y cómo capean el temporal de la crisis?

Esta universidad es muy tributaria de desarrollar lo que podríamos llamar proyectos patrocinables. Nuestra actividad, que es grande, depende de nuestra capacidad de captación de recursos, sean públicos o privados. Por el momento, los resultados nos han acompañado. En 2014 trajimos a Santander más de 2200 ponentes y conferenciantes, un 20 % más que el curso anterior. Y tenemos mejores expectativas para este año 2015. Nuestra voluntad es seguir creciendo para entrar de lleno en el circuito internacional, siempre en la vanguardia del conocimiento.

 

Su entrada coincidió con un año de recortes y grandes impactos sociales. ¿Se pulsó este estado de ánimo desde la UIMP?

Claramente, la crisis y sus efectos se han percibido desde esta Universidad. Este es un observatorio muy cualificado, por lo que incluso podemos apreciar los cambios de tendencia. A mi llegada se notaba la crisis y la austeridad en los patrocinios y otras formas de captación de recursos.

 

¿Se percibió también en los contenidos?

En el volumen, tal vez, pero no en la calidad y la orientación. Estamos siendo muy proactivos en la incorporación de las temáticas de mayor interés como la biomedicina o las nuevas aproximaciones farmacéuticas, el mundo sanitario en general; la energía, con el vehículo eléctrico como gran protagonista; y el análisis social, económico y político. Este último, siempre desde la perspectiva académica.

 

César Nombela acompañado por el economista alemán Christian Pattermann, que ejerce labores de asesor del Gobierno alemán y de la Comisión Europea en materias como bioeconomía. Pattermann recibió en el verano de 2014 la insignia de plata y diploma, por la vinculación que mantiene con la institución académica desde hace medio siglo. Foto: Juan Manuel Serrano / UIMP

Como rector de universidad vuelve a estar donde se cuecen las habas…

Esta es una Universidad muy particular, por cuanto no tiene ni alumnos ni profesores fijos. Es cierto que cuenta con diez sedes, cada cual con su esquema particular fruto de convenios con municipios y comunidades autónomas, pero también lo es que los rectores del resto de universidades públicas tienen problemas muy inmediatos a los que deben hacer frente, mientras que en la UIMP el día a día deja espacio para soñar y para la creatividad. Ello nos permite seguir aspirando a estar en el núcleo donde se lidera el análisis académico, científico y cultural. Esta casa provoca una enorme satisfacción intelectual.

 

Para eso también se necesita inversión, imaginación e innovación.

La implantación del nuevo modelo basado en proyectos patrocinables ha llevado incluso a una cierta especialización en algunas sedes que, en su conjunto, determinan un modelo integrador como en su día, y salvando las distancias, se consiguió con el CSIC durante mi presidencia. Los contenidos, con la reciente incorporación de cursos reglados de posgrado, la enseñanza del español, recuperando las raíces fundacionales de la Universidad Internacional de Santander de 1933, y los cursos avanzados de verano abiertos cada vez más a la ciencia y a la tecnología, son nuestros pilares esenciales.

 

Como toda institución, la UIMP ha tenido también sus etapas de grises. ¿Las ve superadas?

La UIMP marcó pautas y provocó que hace entre 15 y 20 años se pusieran en marcha otros muchos proyectos de universidades de verano que llegaron a ser tal vez demasiadas. Con el cambio de pautas que se está dando, sobre todo en público asistente, se está volviendo donde se debía. Las estadísticas nos dicen que hoy acuden a los cursos de verano muchos profesionales, científicos e investigadores que superan los 40 años. Ya no son solo estudiantes jóvenes como antaño. Este cambio de circunstancias ha contribuido a que la UIMP se asiente otra vez como el gran referente en España.

 

¿Qué puede destacar en los contenidos de este año?

Este verano va a destacar la programación de temas biosanitarios. La biomedicina y las ciencias de la vida en general representan hoy el 60 % de la investigación que se lleva a cabo en todo el mundo. No se puede ser ajeno a esa tendencia, como tampoco a las ciencias sociales y las humanidades, con una vertiente cultural ya de por sí muy relevante y que se está potenciando. En especial, en Santander durante el verano, con ciclos de música antigua, teatro, literatura, cine, arte… Recorremos el camino desde Shakespeare hasta Cervantes o la más rabiosa actualidad con autores de primera fila internacional. Sin olvidarnos de Schrödinger y sus siete lecciones dictadas en 1934, es decir, las raíces fundacionales y el futuro tecnológico que se perfila en el mundo.

 

¿Cómo será la UIMP en unos años?

Espero que sea una Universidad con campus propio en América, que tenga una tarea de foro global en el que se debata lo que salga de España pero con vocación de universalidad; ser una universidad verdaderamente internacional que tiene algo que decir en materia de lengua, cultura y ciencia desde España.

 


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