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La compasión por los animales

El triunfo de la compasión. Nuestra relación con los otros animales

Jesús Mosterín

Alianza Editorial, Madrid (2014), 354 p.

  • Enrique Font

  • Grupo de Etología Institut Cavanilles de Biodiversitat i Biologia Evolutiva Universidad de Valencia

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El triunfo de la compasión, el filósofo Jesús Mosterín explora una vez más el complejo mundo de nuestras relaciones con los animales. Mosterín, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Barcelona, profesor de investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC y presidente honorario del Proyecto Gran Simio, es autor de numerosos libros sobre la ética en el tratamiento de los animales. Recientemente ha destacado por su defensa de la protección legal de los animales, que según él debería basarse en nuestra capacidad para la compasión y la empatía antes que en la existencia de supuestos derechos naturales, así como por su ardiente oposición a las corridas de toros, a las que califica de «anomalía moral intolerable». 

El triunfo de la compasión es un libro ameno, equilibrado y valiente, que no rehúye la tremenda complejidad y multidimensionalidad de los temas que trata. Mosterín defiende la idea de que los animales –todos los animales– merecen nuestro respeto y consideración moral en tanto en cuanto son seres capaces de sufrir. En los seis primeros capítulos, el autor utiliza la reflexión filosófica y la investigación científica para exponer los argumentos que apoyan su tesis. Los once capítulos restantes se ocupan de la problemática especial que plantean ciertos grupos animales (los caballos, los perros, los pollos, las vacas) o actividades humanas como la tauromaquia, la investigación biomédica y la caza. Mosterín explica que la crueldad y el desprecio de los animales eran características muy extendidas en Europa hasta que los pensadores de la Ilustración pusieron la compasión en el centro de sus preocupaciones. 
 
«La compasión es la capacidad de ponernos imaginativamente en el lugar de otro que padece y de compadecernos de su sufrimiento.»
La compasión es la capacidad de ponernos imaginativamente en el lugar de otro que padece y de compadecernos de su sufrimiento. Algunos, como Jeremy Bentham, defendieron hace más de dos siglos la necesidad de extender la compasión más allá de los confines de la especie humana. En su opinión, la pregunta que deberíamos plantearnos no sería «¿pueden razonar?» o «¿pueden hablar?», sino «¿pueden sufrir?». En la misma línea, Charles Darwin afirmó que la compasión es una de nuestras virtudes más nobles y su extensión a los animales un claro síntoma del progreso moral de la humanidad. Los hombres más primitivos solo se compadecían de sus amigos y parientes, pero con el tiempo ese sentimiento se ha ido extendiendo a otros grupos, naciones y razas. Darwin pensaba que llegaría un tiempo en el que el círculo de la compasión se extendería hasta llegar a abarcar a todas las criaturas capaces de sufrir. 

Uno de los principales obstáculos a la extensión del círculo de compasión de Darwin es el especismo –la discriminación basada en la pertenencia a una determinada especie o grupo de especies–. Los prejuicios especistas están detrás de la opinión de que solo es posible hablar de consideración moral o de derechos en el ámbito de las relaciones humanas. Los animales no humanos quedarían, según esta opinión, fuera del círculo de compasión únicamente por el hecho de pertenecer a especies distintas de la nuestra. Pero el especismo, igual que otros grupismos como el racismo, el sexismo o el fanatismo religioso, es incompatible con la ética: si una norma es aceptable en ciertos casos, necesariamente tendrá que serlo también en otros casos similares. Si consideramos que la esclavitud, el maltrato y la tortura de seres humanos son inaceptables, igualmente deberían serlo en el caso de los animales no humanos. Los argumentos especistas afloran por ejemplo en el debate sobre la capacidad de los animales para sentir dolor. Pocos se atreverían a dudar de que los animales sean capaces de responder a estímulos nocivos (¡hasta las bacterias lo hacen!). 

Pero la respuesta a estímulos nocivos –la nocicepción– es una capacidad sensorial básica distinta de la desagradable experiencia subjetiva que llamamos dolor. Algunos se apoyan en esa distinción para proponer que la capacidad de sentir dolor tendría una distribución filogenética mucho más restringida que la nocicepción. Incluso Mosterín afirma categóricamente que «la capacidad de sentir dolor es mayor en los vertebrados superiores (aves y mamíferos)». Pero la evidencia disponible no apoya una distinción entre las aves y los mamíferos y el resto de los animales. De hecho, parece probable que la mayoría de los animales, incluyendo los invertebrados, sientan dolor.1

La afirmación de que determinados animales, como los toros que masacramos en corridas y salvajadas pueblerinas o las langostas que arrojamos vivas al agua hirviendo, no son capaces de sentir dolor debería despertar nuestras sospechas, ya que aferrarse a ella tiene claros beneficios, incluso si no es cierta. Como dijo el psicólogo Stephen Lea (1999): «Durante mucho tiempo, los humanos hemos explotado a los animales: los criamos, nos los comemos, extraemos su leche, les quitamos la piel, los esquilamos, nos montamos sobre ellos, robamos sus huevos, les disparamos por deporte, los abrimos para ver cómo funcionan, les transmitimos enfermedades, los mantenemos en cautividad como objetos de curiosidad o ridículo, y les hacemos trabajar para nosotros. Podemos sentirnos algo menos culpables si creemos que son mentalmente inferiores a nosotros, quizás hasta el punto de ser incapaces de sentir dolor, vergüenza, humillación o auto-consciencia».2

Es cierto que en muchos casos el rechazo al dolor y al sufrimiento animal se justifica en la ignorancia, en la carencia de información relevante, pero es preferible pecar por exceso y conceder el beneficio de la duda a todos aquellos animales cuyas respuestas fisiológicas y de comportamiento ante un estímulo nocivo permitan sospechar que perciben dichos estímulos como dolorosos (aunque nunca lleguemos a saber si sus respuestas revelan dolor o simplemente nocicepción, o si su dolor es similar o distinto al nuestro).

La consideración moral que demos a los animales depende de nuestra empatía y compasión, y estas a su vez dependen en gran medida del conocimiento que tengamos de los animales, especialmente en su entorno natural. Mosterín encuentra difícil empatizar con un pez, pero un investigador que lleve toda su vida entregado al estudio de su comportamiento es posible que encuentre más fácil empatizar con un pez que con un chimpancé. Resulta desolador constatar, como nos recuerda Mosterín, que nuestro país está muy por detrás de otros de su entorno en cuanto al respeto y el cuidado de los animales. Falta de conocimiento sin duda. Por eso me sumo al llamamiento que cierra el libro: «Fomentemos el conocimiento, la sensibilidad y la compasión. Compadezcámonos de todos los que sufren, sin prejuicios, grupismos o fronteras. Trabajemos por el triunfo de la compasión».
 

Notas

1. Sneddon L.U., Elwood R.W., Adamo S.A., Leach M.C.: «Defining and assessing animal pain».Animal Behaviour 2014; 97:201-12.
2. Corballis M.C., Lea S.E.G.: «Preface». En: M.C. Corballis y S.E.G. Lea (eds.), The descent of mind: Psychological perspectives on Hominid evolution. Oxford: Oxford University Press, 1999.


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